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Saludables

Colorantes alimentarios, ¿son realmente seguros?

Estudiamos con detalle los posibles riesgos del uso de algunos colorantes alimentarios naturales y artificiales presentes en muchos productos.

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En la sociedad de consumo en la que vivimos hemos llegado a un punto en el que parece que todo vale con tal de ofrecer productos, en este caso comestibles, que resulten más vistosos y atractivos y, por lo tanto, más apetecibles y más fáciles de vender.

Hoy en día, la industria alimentaria pone a nuestra disposición una incontable variedad de alimentos de sabores y colores variados que se consiguen gracias a colorantes y a aromatizantes que se obtienen en un laboratorio. Si queréis comprobar lo que os digo, probad a buscar un yogur con sabor a fresa que tenga esta fruta entre sus ingredientes (no valen los que pone que tienen trozos de fresas, que solo faltaría que en esos tampoco hubiera fresas).

Por resumir un poco, no conocemos con exactitud lo que realmente estamos comiendo ni lo que les estamos dando de comer a los más pequeños (tened en cuenta una gran parte de la comida coloreada va dirigida al público infantil), pero lo que sí parece estar claro es que se trata de un verdadero negocio dentro de la industria de la alimentación.

Os cuento todo esto porque el otro día alguien de mi timeline de Twitter retuiteó una imagen de un frasco  de colorante para paellas en el que aparecía una advertencia que resultaba un poco inquietante.

No soy consumidora de este producto, pero me faltó tiempo para bajar al supermercado y comprobar con mis propios ojos que la misma frase aparece en todos los frascos de colorante para paellas independientemente del fabricante y es la que podéis ver en la foto que encabeza este post.

Ante semejante situación, a mí me pasan por la cabeza dos preguntas:

  1. Los colorantes alimentarios, ¿son realmente seguros o pueden suponer un riesgo para la salud?
  2. ¿Son realmente necesarios?

Para contestar a la primera, antes de alarmarse o poner el grito en el cielo, hay que documentarse muy bien desde un punto de vista científico, que estamos hablando de un tema demasiado serio como para hablar por hablar o para fiarse del primer enlace que nos aparezca al hacer una búsqueda en Google.

Para contestar a la segunda, que se presta más a un debate abierto en el que espero que participéis, no me queda más remedio que mojarme y dar mi opinión al respecto. Vaya por delante que será una opinión estrictamente personal y que puede no ser compartida por el resto de mis compañeros de Cocinillas.es.

 Colorantes alimentarios más utilizados

Denominamos colorantes a aquellos aditivos de origen natural (ya sea de procedencia animal, vegetal o mineral) o artificial que se utilizan para colorear determinados alimentos con el fin de que resulten más apetecibles.

Colorantes naturales

E-100. Curcumina. Es de origen natural cuando se extrae de la raíz de la cúrcuma, aunque también puede sintetizarse de manera artificial. No se tiene constancia de posibles efectos adversos, pero aún así, la EFSA (European Food Safety Authority) establece la “ingesta diaria aceptable” para niños de 1 a 10 años en un valor máximo de 3 mg/kg de peso corporal.

E-120. Cochinilla. También llamado carmín, ácido carmínico o extracto de cochinilla. Se obtiene por trituración de los cuerpos desecados de las hembras del escarabajo Dactylopius Coccus y está presente en casi todos los productos con tonalidades rojizas como yogures, helados o caramelos con sabor a fresa, productos cárnicos y, fuera del ámbito de la alimentación, en muchos productos cosméticos (sí, esa barra de labios color rojo vibrante que guardamos en el neceser es más que probable que contenga carmín y en algún sitio he leído que alguien que se pinte los labios a diario al final de su vida se habrá comido unos 2 kg de pintalabios, no sé si será cierto pero es como para pensárselo).

Sobre este colorante, un estudio muy reciente (Dufossé, L., 2015) disponible desde hace solo unas pocas semanas en la versión digital de la revista Food Research International lo define como un “Dr. Jekyll y Mr. Hyde” dentro de la familia de colorantes alimentarios naturales, en el sentido de que tiene la ventaja de presentar una excelente estabilidad dentro de los preparados alimenticios en los que se emplea y, además, supone una alternativa segura y eficaz a otros colorantes rojos artificiales con posibles efectos adversos de los que hablaremos más adelante, razón por la cual entre 2004 y 2009 el número de productos que lo utilizan en la UE ha aumentado en un 76%.

Pero también plantea serios inconvenientes para su uso, como son:

  • La presión por parte de la población vegana / vegetariana que ha obligado a algunas grandes empresas a posicionarse respecto a su uso ( Starbucks lo ha retirado de sus Frappuccinos de fresa, pero otras multinacionales como Danone han optado por seguir utilizándolo alegando que se trata de un colorante seguro, que indican su presencia en la etiqueta del producto y que el cliente tiene libertad para consumirlo o no según considere oportuno).
  • Las reacciones alérgicas agudas y choques anafilácticos que se han documentado en algunas personas alérgicas a determinadas proteínas y que, aunque no guardan relación directa con el pigmento en sí, están relacionadas con las impurezas que pueden quedar en el mismo durante el proceso de obtención.
  • La inestabilidad de los precios que ha hecho que en los últimos años haya llegado a cotizarse a 120 USD/kg. Como curiosidad, para conseguir un kg de pigmento son necesarios 160.000 escarabajos.
  • Lo que se conoce como “ick factor” que no es más que la repugnancia que puede causar en la población en general el saber que están comiendo algo aderezado con “zumo de escarabajos triturados”. No sé a vosotros, pero a mí me da repelús y asquete a partes iguales.

E-162. Betanina. Como alternativa para obtener el color rojo de manera natural, algunos países como Brasil han empezado a evaluar el uso del extracto de remolacha irradiada, tal como explican Junqueira-Gonçalves et al. (2011) en la revista Radiation Physics and Chemistry.

Al contrario de lo que sucedía con el E-120, el extracto de remolacha es mucho menos estable frente al calor, la luz o el oxígeno y, además, su elevado contenido en agua y azúcares hace que sea un perfecto caldo de cultivo para el desarrollo de multitud de microorganismos indeseables.

Para solventar estos inconvenientes se utiliza lo que se conoce como “pasteurización fría”, que consiste en irradiar al pigmento con una elevada dosis (en este caso, 5000 Gy) de radiación ionizante con el fin de inhibir la proliferación de los mencionados microorganismos. Para que os hagáis una idea de lo que significa una dosis de 5000 Gy quedaos con que una radiografía común supone una radiación de 0.001 Gy, un TAC entre 0.01 y 0.03 Gy y un tratamiento de radioterapia puede suponer, dependiendo del tipo de tejido en el que se encuentre el tumor a tratar, hasta 80 Gy, y siempre localizados de manera precisa en el tumor para no dañar las células sanas que lo rodean. Aún así, a pesar de lo que el método puede asustar a priori, se trata de un procedimiento aprobado en muchos países, incluídos los de la UE y que, en principio, no supondría ningún riesgo para la salud de quien consuma alimentos conservados por irradiación. Como es un tema que da para hablar largo y tendido y del que también merece la pena informarse bien, prometo volver con él en otra ocasión.

Colorantes artificiales

Con estos entramos en la parte verdaderamente controvertida en lo que se refiere al uso de colorantes en alimentación porque la comunidad científica no se pone de acuerdo a la hora de garantizar su completa inocuidad. Esta falta de acuerdo hace que, dependiendo del país en el que nos encontremos, la legislación sea completamente diferente.

Dentro del grupo de colorantes artificiales, los que tienen mayor protagonismo son los denominados colorantes azoicos. Estos aditivos saltaron a la palestra hace unos años a raíz de un estudio realizado en el Reino Unido (McCann, D. et al., 2007) y publicado en la revista médica The Lancet, que actualmente se conoce en la literatura científica como “Southampton Six” y en el que se alertaba de la posibilidad de que seis colorantes de este tipo de uso muy común hasta la fecha, si se usan conjuntamente con ácido benzoico o alguna de sus sales como el benzoato de sodio (es común su uso como conservantes), podrían producir hiperactividad y falta de concentración en niños.

Como consecuencia de la publicación de este estudio, el Parlamento Europeo tomó cartas en el asunto y en el artículo 24 del Reglamento (CE) 1333/2008 de 16 de diciembre sobre aditivos alimentarios se obliga a advertir del mencionado riesgo en las etiquetas de los alimentos que contengan E-102 (Tartrazina), E-110 (Amarillo anaranjado), E-104 (Amarillo de quinoleína), E-122 (Carmoisina), E-129 (Rojo Allura AC) y E-124 (Rojo Cochinilla Artificial).

Si recordáis la fotografía que encabeza el post, ya os habréis dado cuenta de que los dos primeros de la lista son, precisamente, los que forman lo que conocemos como “colorante para paellas”, de ahí que en todos los envases deba aparecer el mensaje que ha dado origen a este post.

Respecto a este tema, en Estados Unidos, la FDA (Food and Drug Administration) también ha hecho públicos estudios al respecto en los que se llega a la conclusión de que niños con síndrome de hiperactividad y déficit de atención u otros problemas relacionados con la conducta podrían presentar intolerancias a diversos alimentos y componentes de los mismos incluyendo los colorantes alimentarios artificiales, pudiendo éstos aumentar la irritabilidad y el nerviosismo e inducir problemas de sueño más que potenciar la hiperactividad o síndrome de déficit de atención.

Como se puede observar, en este estudio no hay evidencia de que exista una relación directa entre el consumo de colorantes artificiales y  un aumento de la hiperactividad o el déficit de atención.

Respecto a esta disparidad de conclusiones en los distintos estudios realizados, la clínica Mayo norteamericana recomienda consultar con el pediatra en cada caso particular sobre los pros y contras de probar con una dieta que elimine aditivos alimentarios para comprobar si se observan cambios en el comportamiento del niño y, en cualquier caso, recomienda llevar una dieta que limite los azúcares y los alimentos procesados y que sea rica en frutas, verduras, cereales y grasas saludables como las omega-3.

A título de curiosidad, si os interesa profundizar en el tema:

  • En España es de obligado cumplimiento el Real Decreto 2001/1995 de 7 de diciembre, en el que se aprobó la lista de colorantes autorizados para su uso en la elaboración de productos alimenticios, así como sus condiciones de utilización y que aparece publicado en el BOE del 22 de enero de 1996.
  • En el marco de la CE, la EFSA (European Food Safety Authority) ofrece para consulta diversos estudios de evaluación toxicológica de distintos aditivos alimentarios así como la normativa europea aplicable.
  • Pensando en alternativas a los colorantes artificiales, también es posible encontrar estudios que analizan la viabilidad de otros aditivos de origen natural como este presentado en la International Halal Conference InHAC 2012 por Munawar, N. (2014).

Los colorantes alimentarios, ¿son realmente necesarios?

En el momento actual, en el que los estudios científicos no han llegado a resultados concluyentes y la completa inocuidad de estos aditivos sigue siendo una incógnita yo, personalmente, la pregunta que me hago es la de si realmente son necesarios en nuestra comida y, verdaderamente, llego a la conclusión de que lo que se dice necesarios, pues no lo son, o no deberían serlo porque, vamos a ver, ¿qué tiene de malo que un bizcocho tenga color de… bizcocho?, ¿es realmente necesario que para disfrutar de un bizcocho o una deliciosa galleta tengamos que teñirlos de rojo o de verde?, ¿creéis que tiene sentido comer un helado de fresa que no lleva fresas pero sí escarabajos?, y la paella, ¿tiene que ser amarilla por decreto?, ¿qué hay de malo en que el arroz quede blanco?

Y si a pesar de todo no queremos renunciar a cambiar el color de nuestros platos, nuestra gastronomía es lo suficientemente rica y nos ofrece auténticas joyas naturales con las que llenar de colorido nuestras recetas sin tener que recurrir a polvos de laboratorio como los habría llamado mi madre, para muestra de ello, las pizzas negras que os enseñábamos esta mañana, la pasta rosa que os enseñamos a preparar hace algún tiempo o alguna otra receta que pronto verá la luz.

Así que para terminar, contadnos, ¿qué opináis? Colorantes alimentarios, ¿sí o no?