Arte

Carmen Laffón acaricia el abstracto en sus paisajes de la tierra y del alma

26 noviembre, 2021 17:46

Fue la inolvidada Juana Mordó la que se dio cuenta de que Carmen Laffón acariciaba el abstracto en sus paisajes de la tierra y del alma. Manolo Rivera me descubrió un día los secretos del grupo El Paso. Escribí yo entonces en el ABC verdadero, el 30 de abril de 1959, un artículo, titulado Arte abstracto, en el que elogiaba desde Miralles a Zóbel, con no poco escándalo de la crítica convencional de la época. Rivera pensaba que Carmen Laffón no se desprendería de la tentación realista, pero que había sido capaz de incorporar a su entendimiento de la pintura la tormenta abstracta que descargaba ya sobre los más destacados pintores.

Pedro Alberto Cruz ha escrito certeramente que “la relación de Carmen Laffón con la abstracción no ha sido de exclusión o de directa confrontación sino, antes bien, de interiorización a su lenguaje figurativo de elementos estructurales de ella”. Cirlot instalaba a la pintora en los aledaños del simbolismo y el expresionismo, es decir, del “arte producido por la insurrección desbordada del principio de expresión”.

Hace un par de años hablé en esta Primera palabra de la fuerza de las pintoras españolas actuales y las encabecé con Carmen Laffón. Recuerdo las largas conversaciones que cincuenta años atrás mantuve con ella en Madrid y en Sevilla. He asistido conmovido a su muerte y también a la justicia que se ha hecho en muchos medios de comunicación al situar su obra en el destacado lugar que le corresponde.

Recuerdo ahora, ante la pintora desaparecida, las pinceladas hembras de Mercedes Gómez-Pablos, la genial artista capaz de recrearse en el realismo crítico y en el expresionismo abstracto que tanto impresionaba a José Bergamín. Desde Cristina Iglesias a María José Bro, pasando por Esther Ferrer, Vicky Uslé, Almudena Lobera, Alicia Framis, Lita Cabellut, Antonia de Bañuelos, Rosario Weiss, Teresa Nicolau, Rosa Bonheur, Luisa de la Riva, Julia Alcayde, Isabel Guerra, Aurelia Navarro, Paula Varona y tantas y tantas pintoras en las nuevas generaciones… Habrá que reconocer el pulso de la mujer y su aliento indeclinable en las artes plásticas.

Con Carmen Laffón se nos ha ido una de las más destacadas y tal vez la más conocida y reconocida. Su muerte ha permitido recordar la calidad de su obra y el acierto de Juana Mordó cuando descubrió en ella la magnitud de una pintora excepcional. Ignacio Camacho, en un espléndido artículo publicado en ABC, la considera “maestra de la luz y la perspectiva, del don velazqueño de fijar el arte y el tiempo en la eternidad del paisaje”. Alberto García Reyes ha profundizado, tal vez más que nadie, en la subjetividad cromática de Carmen Laffón, porque “el espectro de tonalidades es en realidad invisible hasta que el pincel convierte en materia el sueño del pintor”. Y Juan Manuel Bonet, que es un sabio del arte y la cultura, ha escrito: “Carmen Laffón pintó como nadie la Sevilla intemporal”.

Carmen Laffón, en fin, sufría como Vlamink “por no conseguir un máximo de intensidad en el color”. Admiraba el fauvismo de Henri Matisse, con el desbordamiento cromático, tal vez porque esa preferencia contribuía a difuminar el arte figurativo. Solía meditar la excepcional pintora sobre esta frase de Juan Eduardo Cirlot: “El arte como el hombre se encuentra entre dos fuerzas contrarias que lo solicitan, una es la belleza de la serenidad absoluta, la otra la fascinación del abismo”. Carmen Laffón eligió para su creación, la serenidad absoluta.