Ernestina González. Foto: Cortesía de People's World.

Ernestina González. Foto: Cortesía de People's World.

Letras

Ernestina González, la única mujer española víctima de la caza de brujas de Estados Unidos

Una biografía reconstruye, a partir de archivos desclasificados del FBI, la fascinante vida de esta activista e intelectual que luchó contra el franquismo desde el otro lado del charco.

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De bibliotecaria oriunda de Medina de Pomar (Burgos) a convertirse en la única española llevada a juicio por el Comité de Actividades Americanas, nada en la biografía de Ernestina González Fleischman carece de interés. Fue alumna de Unamuno, íntima de Buñuel, Dalí y Lorca, compañera de Victoria Kent en la Residencia de Estudiantes y una activa propagandista de la lucha antifranquista en Nueva York, donde llegó a ser investigada por el FBI en varias ocasiones.

Fue un artículo de La Voz, un periódico republicano que existió en Nueva York entre 1937 y 1939, lo que puso a Ana María Díaz Marcos, catedrática de Literatura Española en la Universidad de Connecticut, tras la pista de esta mujer que el 19 de diciembre de 1937 pronunció un discurso titulado Mujeres a la lucha en el Teatro Royal Windsor de la Gran Manzana. En él González clamaba por la incorporación activa de la mujer a la lucha contra el fascismo, “no con romanticismo, sino con realidades, por una vida mejor, por libertad, pan y trabajo”.

Combativa y comprometida, aquella mujer que había llegado a Nueva York tras enviudar de Leo Fleischman —el primer voluntario norteamericano caído en la Guerra Civil española— era además un gran misterio del que no se sabía prácticamente nada. “Me impactó por la fuerza de su discurso y decidí investigar qué había detrás de aquellas palabras. Tampoco había tantas españolas llenando teatros en Manhattan en aquella época. Y en el momento en que tiré un poco más del hilo me encontré con unas fotografías donde aparecía liderando una manifestación de tres mil mujeres que habían ido a Washington a pedir el cese del embargo de la venta de armas y que las naciones democráticas ayudaran a España”.

Lo que en un principio iba a ser una pequeña entrada de un blog terminó creciendo hasta convertirse en un apasionante libro que acaba de publicar Renacimiento bajo el título Ernestina González. Un pulso antifranquista. Una biografía posible, en parte, gracias a los archivos desclasificados del FBI a los que la catedrática tuvo acceso.

Amiga de la Generación del 27

Varias son las razones que apunta Díaz Marcos para explicar que apenas trascendiera la vida de esta mujer que luchó desde el extranjero contra el franquismo y protagonizó sendos artículos en la prensa. “Para empezar estuvo veinte años exiliada en Estados Unidos, pero es que además se acabó exiliando también de allí durante el macartismo. Se conjugan entonces una serie de circunstancias que hacen que aquí no supiéramos nada de ella y en España tampoco —comenta por teléfono desde el continente americano—. Además, el hecho de que fuera una mujer y que, a pesar de ser periodista, locutora de radio y activista, no fuera una pintora, una novelista o una artista puede que facilitara su ostracismo”.

Portada del libro 'Ernestina González, un pulso antifranquista' (Renacimiento).

Portada del libro 'Ernestina González, un pulso antifranquista' (Renacimiento).


Sin embargo, nada en la vida de esta mujer parece anodino. Bibliotecaria y periodista, Ernestina González inició sus estudios en la Universidad de Salamanca, donde junto a su hermana María Luisa parece que entabló amistad con las hijas de Unamuno, pero tras un breve paso por la ciudad castellana se trasladó a la Universidad de Madrid. Alumna de la Residencia de Señoritas, en la que ingresó a la vez que Victoria Kent, allí formó parte, también con María Luisa, del grupo de Lorca, Buñuel, Dalí y José Moreno Villa, junto a quien preparó las oposiciones a bibliotecaria.

“Buñuel cuenta en sus memorias que Ernestina fue la única mujer que él ordenó como miembro fundacional de la Orden de Toledo, con la que viajaban de fin de semana a la ciudad manchega a hacer teatro, cantar, beber o comer en tascas”, señala la catedrática que comparte, además, una divertida anécdota protagonizada por el cineasta y las dos hermanas, al acabar los tres una noche en el cuartel de la Guardia Civil.

Algunas de aquellas amistades, no obstante, terminarían por enfriarse con el paso del tiempo y el compromiso ideológico de Ernestina que nunca le perdonó a Dalí su acercamiento al régimen franquista, llegando a decir de él: “Los artistas que aplaudieron el asesinato de Federico son la tonadillera conocida por la ‘Argentinita’, el pintor Salvador Dalí y el pianista Iturbe”.

Este fragmento, cuenta Díaz Marcos, “es de un artículo donde Ernestina arremete contra él porque habían representado El café de Chinitas -canción popular sobre el mítico local malagueño que Lorca armonizó en 1931-. Ella mantuvo la amistad con Buñuel, pero con Dalí, aunque estoy segura de que fueron muy amigos de jóvenes en Madrid, no continuó. Y eso que los dos estuvieron al mismo tiempo en Nueva York, él como artista de éxito y ella como activista contra Franco”.

El despertar político

Tras su estancia en la Residencia de Estudiantes y después de pasar un tiempo en París para investigar sobre una tesis doctoral que no llegó a defender, la joven se incorporó como lectora de español en la Universidad de Lincoln en Nebraska. “Pero Lincoln tenía que ser más pequeño que Salamanca en aquellos años y la vida en una ciudad tan pequeña no le debió de funcionar muy bien, puesto que al año ya estaba en Nueva York”, comenta Díaz Marcos que la describe, según muestra un informe del FBI, como "una joven que fumaba por el campus y acudía a fiestas". Fue allí, en la Gran Manzana, donde conoció a Leo Fleischman, un ingeniero de minas con quien contrajo matrimonio en 1932.

Sin embargo, todavía no había despertado su espíritu más combativo. “Ni ella ni el marido estaban muy ideologizados hasta que se mudaron a España. Los dos se implicaron en la República, en el Frente Popular, incluso en la Revolución de Asturias del 34, donde se dedicaron a pasar noticias para que los periodistas franceses dieran cuenta de la represión tras la revolución minera”.

Sin embargo, fue tras el trágico fallecimiento de su marido, víctima de una explosión en una fábrica de municiones en 1936, cuando comenzó la etapa más activa de la bibliotecaria quien, animada por su hermana y su cuñado, viajó de nuevo a Nueva York para trabajar desde allí, junto a su suegra, en el activismo y la propaganda contra el régimen de Franco. “Sabemos, por la vigilancia a las que las tenía sometidas el FBI, que las dos se carteaban con frecuencia con organizaciones humanitarias y con congresistas”.

Y a eso se dedicó durante casi dos décadas de una manera arrolladora y bastante efectiva. “Todos insistían en su carisma. En los 40, el periodista Joseph destacaba de ella su 'voz de ametralladora'. Era una mujer muy delgada y no muy alta, pero todo el mundo decía que se transformaba. Quintuplicaba su tamaño cuando se subía a un podio y empezaba a hablar en favor de la República”, explica.

Curiosamente, es gracias a su etapa en Estados Unidos que hoy se tienen más datos de González. Juzgada por el Comité de Actividades Antiamericanas por negarse a compartir documentación sobre donantes de la causa republicana, lo primero a lo que la catedrática tuvo acceso fue a la transcripción literal de aquel juicio. “Ella muestra entonces una tremenda valentía y no se amilana, llegando incluso a cuestionar la pertinencia de las preguntas”.

“Estamos hablando de 1946, pero ella había estado vigilada desde antes”, comparte Díaz Marcos que, animada por una compañera, solicitó entonces sus archivos al FBI. “Cuál fue mi sorpresa cuando, 15 días más tarde, aparecieron 600 folios de un documento que ya estaba desclasificado. Sobre ella eran solo unas 40 páginas. Había sido investigada por un caso tremendamente mediático de la época sobre un asesinato en el que se cuestionó a todas las personas afines a grupos de izquierda en Nueva York”.

Juzgada por el macartismo

Así, la catedrática descubrió que Ernestina había estado vigilada de manera prácticamente constante desde que se mudó a la urbe, en parte por su relación con comunistas y líderes sindicales. “De diferentes maneras, conseguí algunos resúmenes que me abrieron ya a un mundo más internacional por la preocupación que existía por el posible espionaje soviético en Estados Unidos. Era un círculo de personas que habían luchado en la Guerra Civil española, afines a ciertos grupos de izquierda, que se carteaban con gente de México y de la propia Unión Soviética, donde en esa época vivía, además, la hermana de Ernestina —sobre la que la catedrática ya se encuentra trabajando en otra posible biografía—”.

Sea como sea, el juicio ante el Comité de Actividades Antiamericanas, le otorgó a González y su amigo Manuel Magaña la curiosa distinción de ser “los dos españoles naturalizados americanos llevados a juicio, llamados a declarar a Washington y que fueron condenados a tres meses de cárcel, tras negarse a presentar la documentación sobre donantes y otros refugiados”.

“Ambos, como el resto de compañeros enjuiciados por esta causa, accedieron a ofrecer su documentación al Gobierno o a la Sociedad de Ciudadanos, pero no al Comité, por miedo a que, con la caza de brujas, más gente pudiera tener potencialmente los mismos problemas que ellos. No hay que olvidar que muchos de ellos tuvieron enormes problemas para vivir y trabajar en Estados Unidos después de su paso por la cárcel”.

“Si es un crimen ayudar y defender a las víctimas del fascista Franco quien, con la ayuda de Hitler y Mussolini ha eliminado a la mitad de España, asesinado a un millón de ciudadanos y destruido las instituciones democráticas, entonces soy culpable”, manifestó en un comunicado junto a los trece, ocho hombres y cinco mujeres, que formaron parte de este selecto grupo.

Tras este percance, González se exilió a México donde continuó con su apoyo al bando republicano antes de regresar a España, donde falleció en Madrid en 1976.