Una escena de 'Alemania, año cero'

Una escena de 'Alemania, año cero'

Entreclásicos

'Alemania, año cero': del Reich milenario al vacío moral y existencial

La película de Rossellini, rodada entre los escombros del Berlín, pone de manifiesto que no hemos aprendido nada en el plano ético y seguimos estancados en impulsos primarios. 

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Roberto Rossellini solo necesitó 72 minutos para retratar el hundimiento moral provocado por doce años de nazismo. Hitler afirmó que el Tercer Reich duraría mil años, pero afortunadamente no se cumplió su profecía.

Eso sí, advirtió que si los liberales, los socialistas, los judíos y los bolcheviques frustraban su proyecto de crear un gran imperio llamado Germania, los nacionalsocialistas no abandonarían la escena sin desatar un ocaso wagneriano. Gracias a que algunos de sus ministros y generales desobedecieron sus órdenes, París y Berlín se libraron de una destrucción total como la que sufrió Varsovia, reducida a escombros por la Wehrmacht mientras se retiraba.

Berlín sobrevivió a la muerte de Hitler, pero convertida en un paisaje de escombros habitado por ciudadanos famélicos y desesperados. Algunos de sus habitantes se extraviaban en sus calles, incapaces de orientarse entre las ruinas. Los civiles formaban cadenas humanas para retirar cascotes o poner en circulación cubos de agua.

En otras ocasiones, simplemente esperaban durante horas en larguísimas colas para conseguir algo de comida o alguna medicina. Desolados y medio trastornados, muchos se limitaban a vagabundear entre los edificios destruidos por los bombardeos o se sentaban en cualquier piedra con la mirada perdida.

Rossellini rodó los exteriores de Alemania, año cero en el Berlín de la posguerra y los interiores en estudios cinematográficos de Roma. Le sorprendió que los berlineses ni siquiera repararan en su equipo de rodaje, pues sus mentes flotaban entre la perplejidad, la frustración y la impotencia.

El director italiano escogió a un niño de once años que trabajaba como acróbata en un circo para interpretar a Edmund, el protagonista de su película. Su elección se debió a que el chico se parecía a su hijo Romano, recientemente fallecido.

En el Berlín de 1947, el caos y la miseria convivían con espectáculos concebidos para aliviar el malestar de la población. Edmund hacía sus piruetas entre elefantes. Su motivación era conseguir unas monedas y los espectadores hurgaban en sus bolsillos para recompensar sus contorsiones, pues gracias a ellas lograban escapar durante unos minutos del horror cotidiano de la posguerra.

La trama de Alemania, año cero narra la trágica historia de Edmund, un niño que recorre las calles del Berlín arrasado vendiendo los objetos de valor de su familia para ayudar a su padre enfermo y a su hermana, una joven con una sexualidad precoz en riesgo de prostituirse para conseguir comida.

En el mercado negro, Edmund confraterniza con un grupo de delincuentes juveniles y se reencuentra con su antiguo profesor el Sr. Enning, un pedófilo que militó en el partido nazi y que aprovecha su indefensión para manosearlo y manipularlo.

Después de varias conversaciones con Enning, Edmund le confiesa que su padre está muy enfermo y que ya no puede levantarse de la cama. El profesor le contesta con un discurso de Hitler, según el cual las leyes de la naturaleza establecen que solo deben sobrevivir los más fuertes y que los débiles representan una carga.

Edmund entiende que su profesor le anima a matar a su padre y decide envenenarlo, pensando que es lo más correcto. Tras hacerlo, acude a Enning para contárselo, pero se topa con una reacción inesperada. Falsamente horrorizado, el profesor lo expulsa de su casa.

Aturdido, Edmund vagabundea entre las ruinas de Berlín. Al cruzarse con la fachada de una iglesia, agacha la cabeza apesadumbrado. Más tarde, se interna en un edificio que aún se mantiene en pie y, tras fingir que se dispara a la cabeza con un pedrusco, se arroja al vacío. Su suicidio es la metáfora del suicidio colectivo perpetrado por la sociedad alemana al secundar los planes militares y genocidas de Hitler.

La fotografía sucia y con grano de Alemania, año cero imprime a la película un aire documental. El neorrealismo no busca agradar al espectador, sino sacudir su conciencia. Su meta no es la belleza, sino la verdad. Rossellini consigue crear una atmósfera deprimente, similar a la de La peste, la novela de Albert Camus.

Un fotograma de 'Alemania, año cero'

Un fotograma de 'Alemania, año cero'

El nazismo no es un simple fenómeno político, sino una patología colectiva. Surge cuando los instintos más atávicos del ser humano se imponen sobre la razón, casi siempre a causa del miedo. En momentos de pánico y confusión, la sociedad acepta sacrificar su libertad a cambio de seguridad. La precariedad y el desamparo infantilizan a los ciudadanos, arrojándolos en manos de demagogos sin escrúpulos.

En las guerras, los niños suelen sufrir más que los adultos, pues son más vulnerables y carecen de recursos para interpretar los hechos. Se dice que su grado de resiliencia es mayor a largo plazo, pero mi experiencia no corrobora ese dato. Mi madre tenía once años cuando comenzó la guerra civil en España y nunca superó la experiencia del hambre y los bombardeos. Hasta el final de su vida, vivió en estado de hipervigilancia, siempre atemorizada por la posibilidad de una catástrofe inminente. La inocencia es la primera víctima de la guerra y la inocencia es la verdad, pues encarna esa pureza que no se ha dejado contaminar por la malicia, la mentira o la codicia.

La voluntad de poder es la raíz última del mal y solo se aplaca con humildad, compasión y frugalidad

Después de la derrota de la Alemania nazi, parecía que Europa se había despedido de la guerra, pero en los noventa reapareció en la antigua Yugoslavia y, desde hace cuatro años, no cesa de causar muerte y destrucción en Ucrania.

Las guerras de Bosnia, Croacia y Kosovo provocaron unas 150.000 víctimas. El secretismo y la propaganda que rodean a la guerra de Ucrania, calificada por Putin de "operación militar especial" en un ejercicio de cinismo superlativo, no ha impedido que los analistas aventuren una cifra de dos millones de muertes, de las cuales la mayoría corresponderían a combatientes de ambos bandos. Según Naciones Unidas, han perdido la vida unos 18.000 civiles.

En cambio, en la invasión de Gaza la mayoría de las 70.000 víctimas son mujeres y niños. Aquí no procede hablar de guerra, pues Hamás es una milicia con 20.000 efectivos mal armados y las Fuerzas de Defensa de Israel han movilizado a 500.000 soldados pertrechados con las armas más modernas y mortíferas.

Ahora el mundo contiene la respiración con la guerra de Irán. ¿No hemos aprendido nada? ¿Se puede aventurar que la especie humana ha progresado materialmente, pero no en el terreno moral, como ya advirtió Rousseau en su famoso Discurso sobre las ciencias y las artes? Creo que solo hace falta observar los gestos de desesperación de Edmund en el Berlín de la posguerra para concluir que continuamos estancados en impulsos primarios, incapaces de comprender que la violencia siempre acaba revolviéndose contra sus artífices.

Gracias a las armas nucleares, la humanidad dispone de los medios para destruir definitivamente la vida en la Tierra. Hay otras alternativas, pero gozan de escaso eco. San Francisco de Asís, que suplicó a Dios ser un instrumento de paz, nos dejó una valiosa enseñanza existencial al afirmar: "Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco". La voluntad de poder es la raíz última del mal y solo se aplaca con humildad, compasión y frugalidad, tres virtudes que la Alemania nazi pisoteó y escarneció.

Imagino que en este momento hay niños deambulando por las ruinas de Gaza y el sur del Líbano, con el alma tan devastada como la de Edmund. Su sufrimiento es el pecado de todos o, si se prefiere, el mayor fracaso de una civilización que —como apuntó Martin Luther King— ha logrado volar, pero no convivir en paz.