Obras de construcción del Círculo de Bellas Artes en 1925. Imagen del libro de José Luís Temes 'El Círculo de Bellas Artes. Madrid. 1980-1936'. A la derecha, el Círculo en 1926. Foto: Archivo Lladó, CSIC, Archivo del Centro de Ciencias Humanas y Sociales

Obras de construcción del Círculo de Bellas Artes en 1925. Imagen del libro de José Luís Temes 'El Círculo de Bellas Artes. Madrid. 1980-1936'. A la derecha, el Círculo en 1926. Foto: Archivo Lladó, CSIC, Archivo del Centro de Ciencias Humanas y Sociales

Arquitectura

Vicioso, virtuoso y solar: el Círculo de Bellas Artes de Madrid cumple 100 años

La sede del Círculo cumple un siglo. La efeméride cuenta con su propia muestra, 'La Casa de las Artes. Abierta desde 1926', que pretende arrojar luz sobre el proceso e historia de uno de los edificios más celebrados.

Más información: La exposición que muestra el giro ético y ecologista en el arte desde los años 60 hasta hoy

Publicada

Hay edificios que miran hacia fuera y edificios que miran hacia dentro. Luego está el Círculo de Bellas Artes, que bien puede marcar la equis en cualquiera de las dos casillas. Hacia Madrid, vigila desde hace un siglo la calle Alcalá, el arranque de la Gran Vía y hasta dos obras de su mismo padre, Antonio Palacios (O Porriño, 1874 - El Plantío, 1945): el ayuntamiento, antigua Casa de Correos (1919), y la sede del Cervantes, antiguo Banco del Río de la Plata (1918).

Como ven, solo el Círculo sirve para lo mismo que servía hace cien años, porque ha sido de todo, bar y teatro, en las alegrías, y checa, en las tinieblas de la Guerra Civil. Pero es hacia dentro donde el asunto tiene miga, como se verá. Primero, la historia.

Palacios lo tenía claro: ni pizca de “mezquindad” ni de “estilos provisionales”. Cuando se presentó en 1919 al concurso de la nueva sede del Círculo, ya era experto en “arquitecturas inauditas”, como tildó Ramón Gómez de la Serna a Correos. Dibujada con unas fabulosas perspectivas lunares en un Madrid azulado, su propuesta se presentaba como una rotunda masa babilónica, hendida por un torreón a poniente y con Minerva a levante, vigía de los amaneceres.

Tan impresionante fue el órdago que el jurado lo descalificó por pasarse de la altura de cornisa permitida, 25 metros. El vodevil solo acababa de empezar: aunque se seleccionaron tres finalistas, entre los que figuraba un proyecto de Eugenio Quintanilla y Secundino Zuazo, antiguo colaborador de Palacios, el concurso quedó desierto.

De forma un pelín confusa, nuestro hombre –que siempre sostuvo que sí cumplía con las bases– coló su propuesta en la votación final de los socios. En mayo de 1920, salió ganador por clara mayoría. Zuazo se lo tomó regular: “Fui ayudante suyo, pero procuré siempre no ser influido por él”, diría cincuenta años después. Tampoco la crítica fue muy entusiasta: “un templo de la Acrópolis, rebajado al papel de una casa de banca” (Margarita Nelken, El Fígaro).

Antonio Palacios: Sección longitudinal. Concurso de anteproyectos para la sede social del Círculo de Bellas Artes, 1919. Foto: Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid

Antonio Palacios: Sección longitudinal. Concurso de anteproyectos para la sede social del Círculo de Bellas Artes, 1919. Foto: Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid

El edificio resultó caro, más de 9 millones de pesetas, y aunque Palacios renunció a sus honorarios de proyecto –no a los de obra– y la Minerva quedó en el limbo, la prohibición del juego durante la dictadura de Primo de Rivera hizo mella en las cuentas de la institución.

Una merma aparente, en todo caso: se sospecha que el vicio pasó a la clandestinidad y, quizá como resabio, Andrés Trapiello apuntó no hace tanto que el Círculo conserva “un aire de casino de pueblo grande”. Fuera de sornas, el final ya se sabe. Tras su inauguración el 8 de noviembre de 1926, el número de socios casi se duplicó y la sede, desde entonces, aspira al cetro imaginario de mejor edificio moderno de Madrid. Es discutible y también legítimo.

Lo de moderno es un decir, porque lo moderno exhibe unos intereses por la integridad de forma y construcción que el Círculo escamotea, con su estructura metálica convenientemente oculta. Tampoco hay abstracción por ningún lado, por mucho que Picasso pasease por sus salones.

El lenguaje del Círculo es clásico a la manera hiperbólica de Palacios. En sus alzados se codean arcos pequeños y gigantes, órdenes pareados, una columna chiquitita en la esquina, pilastras achaparradas, abombamientos y una atalaya –para los estudios de los artistas– que se va calando del aire vivo y elástico de Madrid, que diría Azorín. Se trata de una obra monstruosa y bella, colosal, pero no confusa, simétrica, pero animada por decisiones y accidentes que van dirigiendo el ojo por su superficie; genial, en fin.

Antonio Palacios en su estudio de Madrid, 1924. Foto: Agencia EFE

Antonio Palacios en su estudio de Madrid, 1924. Foto: Agencia EFE

Aún hoy, cuesta acostumbrarse al virtuosismo de su interior. Google, nuestro Delfos, afirma que el Círculo se compone de ocho plantas. Google no tiene ni idea, ya lo decimos aquí. Palacios, como buen gallego, hubiese devuelto la pregunta: ¿desde dónde? Hacia Alcalá son 8, y un poco de aquella manera, porque está el lío de si contar o no el bastión del oeste. Si entramos por la calle del Marqués de Casa Riera, son 5.

El desajuste se debe, claro, a que en el Círculo no hay nivel sin sobresalto. Literal, que decimos en 2026: la depresión de la piscina en el sótano, el vestíbulo de acceso con sus mesetas o un teatro en la segunda planta, con una sala de baile de más de 10 metros de altura, orquestan una macla espacial alucinada, de forma que la cúpula del salón culmina como fuentecilla dos pisos más arriba tras perforar los forjados que quedan entre medias.

El apilamiento de usos haría fortuna a lo largo del siglo XX, si bien el Círculo cuenta con el atractivo de cualquier obra liminar: por sus dudas se entiende que el arquitecto tocó la pared sin romperla. Así, y contra la lógica de un edificio en altura, las comunicaciones se realizan por una escalera (imperial) y los ascensores quedan reducidos a simples apartaderos en la pared. Si alguna vez han hormigueado por sus entrañas, convendrán en que se trata de un defecto menor y hasta tierno.

Un recuerdo personal: hace casi veinte años nos llamaron de su radio para hacer un programa. Como la extinta piscina, los estudios habían perdido toda impronta de Palacios. Pero a los pies de la Minerva de Vassallo –se colocó en 1966, terminando así el edificio–, pudimos ver, estación tras estación, el ocaso de los jueves sobre la cordillera de Gran Vía y, al fondo, su gemela natural, la sierra de Guadarrama. Aprendimos así a querer a Madrid. Larga vida al Círculo.