Aplicación para el reconocimiento de alimentos.

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Reportajes gastronómicos

La nueva era de los ‘fake foods’: cómo la IA multiplica los bulos sobre alimentación

“Si lo dice ChatGPT es cierto” no es un argumento válido para justificar cada decisión que tomamos en torno a nuestra alimentación.

Más información: Chef Aiman, el primer chef hecho con inteligencia artificial del mundo: "No cocino con ego ni emociones, sino con datos"

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Durante décadas, la conversación sobre lo que comemos se ha construido entre recetas heredadas, estudios científicos, mitos populares y titulares más o menos alarmistas. Hoy, sin embargo, un nuevo actor ha entrado en escena con fuerza inusitada. La inteligencia artificial, un silencioso amigo la desinformación alimentaria.

Si lo dice ChatGPT es cierto” se ha convertido, casi sin darnos cuenta, en un nuevo argumento de autoridad. Un error peligroso. “La IA no tiene ni idea de lo que nos está diciendo”, advertía Luis Martín, director de Digital Business y de Soluciones de IA en LLYC, durante su intervención en la recientemente celebrada XVI edición de Madrid Fusión.

No porque falle siempre, sino porque su funcionamiento no se basa en comprender la realidad, sino en calcular probabilidades: qué palabra viene después de otra para responder a una pregunta de forma verosímil.

Agricultura inteligente.

Agricultura inteligente.

El impacto de esta aceleración ya se mide en cifras. Campañas de desinformación contra alimentos concretos —"como ocurrió con las fresas" — han provocado caídas de hasta un 15 % en las ventas.

Antes, este tipo de ataques requerían grandes recursos económicos, tiempo y una estrategia muy definida. Hoy, la IA permite generar contenidos falsos a escala, personalizarlos y adaptarlos casi a cada consumidor.

El problema no es solo la cantidad, sino la velocidad. “Cuando detectas que la campaña ya está en marcha, muchas veces llegas tarde”, explica Martín. La desinformación apela a emociones profundas —miedo, desconfianza, culpa— y una vez que se instala la idea de que “la leche es mala” o que “los huevos disparan el colesterol”, desmontarla con datos resulta casi imposible.

Jóvenes, redes sociales y una confianza ciega

En el ámbito gastronómico y alimentario, el riesgo se multiplica entre los más jóvenes. Para muchos, Instagram, TikTok o directamente la IA son su principal fuente de información.

El problema no es solo dónde se informan, sino que no tienen con qué comparar. Sin el hábito de la lectura crítica, sin referencias previas, el margen para dudar se reduce.

“El espíritu crítico se forma leyendo”, insiste Martín. Sin ese entrenamiento previo, la IA no es una herramienta de apoyo, sino un atajo cognitivo que sustituye el pensamiento propio. No solo confiamos demasiado en lo que dice, sino que empezamos a delegar en ella tareas básicas de análisis.

Un servidor de inteligencia artificial ofreciendo información.

Un servidor de inteligencia artificial ofreciendo información.

Un campo de batalla llamado inteligencia artificial

Durante años, las redes sociales fueron el gran escenario donde se libraban las guerras de reputación alimentaria: estudios dudosos, titulares manipulados, vídeos virales.

Hoy, el campo de batalla se desplaza hacia las respuestas que ofrecen los sistemas de IA. Lo que “dice” una IA sobre una marca, un producto o una denominación de origen empieza a pesar tanto como lo que aparece en Google.

Por eso, para las marcas alimentarias, reaccionar ya no es suficiente. “La confianza no se defiende reaccionando, hay que anticiparse”, señala Martín.

Monitorizar qué narrativas está aprendiendo la IA, de qué fuentes se nutre y qué imagen devuelve de un alimento es ya una necesidad estratégica. Igual que ocurrió con el posicionamiento en buscadores a principios de los 2000, quienes lleguen tarde lo tendrán mucho más difícil.

¿Regular? No es tan sencillo

La tentación de pedir regulación es lógica, pero técnicamente compleja. Los grandes modelos de IA son “cajas negras”: ni siquiera sus desarrolladores saben exactamente cómo se produce el aprendizaje interno.

Además, no es viable controlar todas las fuentes con las que han sido entrenados. La regulación, si llega, tendrá que hacerlo por otras vías, no por el control directo de la información de origen. Mientras tanto, la responsabilidad recae en usuarios, marcas y medios de comunicación.

El consejo es claro: no fiarse de nada a la primera. Revisar fuentes, contrastar, preguntarse quién habla y con qué legitimidad. Si una información no está respaldada por un medio fiable o por una fuente oficial, es una señal de alerta. Y, sobre todo, no compartir antes de verificar.

La IA también entra en la cocina (pero no prueba el pollo)

Paradójicamente, la misma tecnología que acelera la desinformación también puede enriquecer la creatividad gastronómica. La IA no huele ni saborea, no sabe a qué sabe el pollo, pero sí puede ayudarnos a pensar desde otros puntos de vista, a combinar ideas, culturas y técnicas. En ese “peloteo” creativo, chefs y estudiantes pueden encontrar un aliado poderoso.

La IA ha llegado para quedarse en la alimentación, en la gastronomía y en la forma en la que decidimos qué comemos. No se trata de ignorarla ni de obedecerla ciegamente, sino de mirarla con distancia, criterio y conocimiento.

“La IA nos ayuda a pensar mejor”, resume Martín, siempre que no le demos un cheque en blanco. Una persona creativa con IA puede ser extremadamente creativa, pero solo si mantiene el control.