La chocolatería más famosa de Valencia que lleva casi un siglo elaborando trufas de culto

La chocolatería más famosa de Valencia que lleva casi un siglo elaborando trufas de culto

Reportajes gastronómicos

La chocolatería más famosa de Valencia que lleva casi un siglo elaborando trufas de culto

Trufas Martínez inició su andadura en 1931, en el mismo local que hoy ocupan en la calle Ruzafa. Casi un siglo más tarde, sigue conquistando paladares con sus trufas, cubanitos y chocolates.

Más información: La pastelería de una madre y su hija en un pueblo de Valencia que arrasa con más de 11.000 tartas al mes

Publicada

La gentrificación de las ciudades ha ido propiciando que muchas se queden sin negocios centenarios. En los centros, son pocos los que resisten y, cada día, asistimos al cierre de algún que otro que, tristemente, termina convirtiéndose en una franquicia o queda en el olvido.

A veces no hay continuidad generacional en el negocio, otras, la situación se hace insostenible a nivel económico. Afortunadamente los hay que resisten el paso del tiempo y de las modas y que casi un siglo más tarde, siguen, como en este caso, endulzando paladares y manteniendo una relación emocional con la ciudad.

En este caso, con Valencia. Ellos son Trufas Martínez, un negocio que abrió en 1931, en plena época de la Segunda República y que a día de hoy, sigue enamorando con sus trufas y sus chocolates en manos ya de la tercera y cuarta generación de la misma familia.

Los valencianos lo tenemos claro. ¿Un nacimiento? Una caja de trufas Martínez. ¿Un cumpleaños? Su tarta trufón. ¿Postre navideño? Lo mismo. Llevan tanto tiempo en nuestro imaginario que muchos no pensamos en otra cosa al celebrar. Y cerca de celebrar 100 años, seguimos eligiendo este lugar con mucha historia.

Un obrador nacido en la Valencia republicana

Trufas Martínez abrió sus puertas en 1931, en una Valencia muy distinta a la actual. El año no es un año más, coincidía con la proclamación de la Segunda República y con un momento de efervescencia industrial en barrios como Ruzafa, entonces salpicado de pequeños talleres, fábricas de caramelos y obradores de chocolate.

Fue allí, en el número 12 de la calle Ruzafa, donde Hilario Martínez Catalá y su esposa, Antonia Prieto, pusieron en marcha un negocio familiar dedicado a transformar cacao cuando el chocolate era, además de un placer, un alimento cotidiano.

El cacao llegaba desde la entonces Guinea española y entraba por puertos como Alicante o Valencia, lo que permitía a pequeños artesanos trabajar directamente con la materia prima. En aquellos primeros años, el obrador se centraba en tareas hoy casi desaparecidas. El tueste del grano, el descascarillado y la elaboración de productos básicos como tabletas, barritas o cacao en polvo para preparar chocolate a la taza.

Y aunque pueda sonar raro, aquella era una época en la que el chocolate formaba parte de la dieta diaria y no se entendía como un capricho, sino como una fuente de energía accesible.

La Guerra Civil y la posguerra pusieron a prueba la resistencia del negocio. La escasez, el racionamiento y las dificultades para acceder al cacao marcaron esos años, pero el obrador logró mantenerse abierto adaptándose a lo que había.

Cuando el chocolate pasó de alimento básico a capricho

El siguiente gran punto de inflexión llegó en 1948. Tras los años más duros, ya en manos de la segunda generación, apostaron por dar más empaque al negocio y elevarlo. Lo primero que hicieron fue dar una nueva cara al local, que se transformó con materiales nobles.

Mármol, bronce, madera... Y se incorporó un elemento que aún hoy preside la tienda, un retablo tallado a mano que representa a dos hombres machacando semillas de cacao sobre un metate, una escena que remite al origen prehispánico del chocolate.

La renovación no fue solamente del continente, también del contenido. El catálogo se amplió y el chocolate empezó a alejarse de la despensa básica para convertirse en un regalo, en protagonista de celebraciones, en capricho...

Las trufas que los hicieron famosos y mucho más

Llegaron los bombones, los primeros pralinés y los cubanitos, esos barquillos crujientes rellenos de praliné y bañados en chocolate que hoy siguen siendo seña de identidad de la casa.

Fue ya en los años 50 cuando aparecieron las trufas, el producto que acabaría definiendo a la casa. Antonia Prieto las desarrolló tras probar versiones catalanas y adaptarlas a su propio recetario. Y es que no son unas trufas cualquiera, son puro equilibrio, con un sabor que permanece intacto desde hace tanto tiempo. Y son tan importantes en su historia que hoy son el primer nombre del negocio.

Llevan un corazón de ganache elaborado con nata y chocolate, delicado y delicioso. Más tarde llegaría la versión cubierta de chocolate, ideada para facilitar el transporte y alargar su vida útil, especialmente en épocas como la Navidad. Se compran recién hechas y duran 8 días en el frigorífico.

Los cubanitos son otro de los mejores ejemplos de aquello por lo que la gente vuelve. Nacieron como un producto sencillo y adictivo, en una época en la que había mucha tradición de barquillos. Se trata de barquillos crujientes y lo que los hizo diferentes es que aquí van rellenos de praliné, con una mezcla de 50 % fruto seco y 50 % azúcar y bañados en chocolate puro.

Durante un tiempo dejaron de elaborarse porque no resultaban especialmente rentables, pero el público los reclamó con insistencia. Volvieron al mostrador y, desde entonces, se han quedado.

Por su parte, la bombonería y los pralinés se consolidaron a partir de los años 60, cuando la independencia de Guinea interrumpió el suministro de cacao crudo y obligó al obrador a adaptarse. Lejos de verlo como un retroceso, la familia apostó por especializarse en bombones de nougat, café o especias.

Teresa Ricart, la decisión de no cerrar y el cacao bean to bar

Aunque pareciese obvio y más sabiendo el tiempo que llevan en activo, lo cierto es que el relevo generacional estuvo a punto de no producirse. En los años 90, el negocio atravesaba un momento delicado y el cierre era una posibilidad real. Fue entonces cuando Teresa Ricart Martínez, nieta de los fundadores, decidió dejar su trabajo en el sector asegurador y ponerse al frente del obrador para evitar que una historia familiar de décadas desapareciera.

Su llegada supuso una continuidad que todos celebramos. Mantuvo las recetas que definían la casa, pero amplió el recetario con cacaos procedentes de Hispanoamérica, se modernizó la gestión y se apostó por crecer con cautela. En 2003 llegó la apertura de una segunda tienda, en la calle San Ignacio de Loyola, y poco después la venta online, una herramienta clave para que estos dulces llegasen a todo el país.

“Siempre hemos seguido innovando, es lo que nos ha hecho nombre”, resume Teresa. De hecho, en 2021 y ya con la ayuda de sus hijos, siguiente generación, se lanzó Caūma Cacao, una línea de tabletas de chocolate Bean to Bar, que controla todo el proceso, del grano a la tableta, y que trabaja con productores éticos y sostenibles.

Dentro de esta línea destaca el chocolate con chufa valenciana, que sustituye la leche por horchata y ha sido premiado en los International Chocolate Awards, que además se trata de un producto libre de lactosa y gluten y 100% vegano.

Reconocida como Comercio Emblemático de Valencia y galardonada con el Premio Artesanía Alimentaria, Trufas Martínez es algo más que una chocolatería. Es memoria, pertenencia, algo a lo que volver...

Mientras la cuarta generación se forma ya en cata y análisis de chocolate, el obrador sigue funcionando con la misma lógica que en sus orígenes, la de cuidar el producto, apostar siempre por el origen y adaptarse a los tiempos, todo ello mientras no pierden el vínculo con la ciudad.

Casi cien años después de abrir en plena Valencia republicana, el chocolate sigue cumpliendo la misma función, la de acompañarnos en los momentos importantes. Y no es poca cosa.