Ensayo

Los ultras de las Luces. Contrahistoria de la Filosofía, IV

Michel Onfray

30 julio, 2010 02:00

Trad. M. A. Galmarini. Anagrama. 340 pp. 19'50 e.


La historia occidental es rica en construcciones ideales llamadas a perdurar con fuerza en el imaginario colectivo. El "milagro griego", por no hablar sino de una de las más representativas, fue una de las obras más perfectas del Romanticismo. Las Luces, por su parte, lo fueron de un notable grupo de pensadores y científicos que "a contracorriente del pensamiento mágico y místico" aportaron antorchas, candelabros, lámparas y linternas para superar -se supone- "la pequeña y endeble claridad de la vela". Y ésa es la imagen, una y otra vez reelaborada, que de sí mismos y de su gesta histórica legaron, con notable éxito, al futuro. Pues bien, con el gusto por la provocación y el infatigable olfato para los "ángulos muertos" que le caracterizan, Michel Onfray (1959) hace ver en este cuarto volumen de su Contrahistoria de la filosofía que los verdaderos autores intelectuales de aquella revolución fueron otros. Olvidémonos, pues, de Voltaire, Diderot, Kant, Roussean y demás deístas, a quienes la historia sólo debería, según el inclemente veredicto de Onfray, luces más bien pálidas. Y centrémonos en las luces radicales "que atacan el fundamento mismo de la sociedad, el Cristianismo, y que no reconocen Dios, Señor, Papa ni Rey" y que se revuelven contra toda posible restricción de la libertad de pensamiento y expresión a las capas privilegiadas de la sociedad, a los salones estilo Luis XV tan propios de la época. Verdaderos héroes, en fin, manipulados y perseguidos por los ilustrados oficiales, como bien revela -pa-ra Onfray- el caso de Jean Meslier, cuyo legado ateo, materialista y revolucionario no du-dó en falsificar Voltaire hasta convertirlo en un deísta partidario de la religión natural. Y, sobre todo, del Orden.

Con gesto iconoclasta Onfray cataloga, pues, en esta obra de lectura insólitamente amena, las quiebras y desfallecimientos de los "grandes" oficiales del siglo de las Luces. Pero, en realidad, tampoco añade Onfray mucho a lo sabido: ni sobre Voltaire y su odio a los ateos, ni sobre Rousseau y su genuflexión ante el "Ser Supremo", ni sobre la difícil coexistencia en Kant de la exaltación de la libertad de pensar como queramos con la exigencia de someternos sin protestar al Estado.

De haber algo nuevo en este catálogo sería, tal vez, su unilateralismo. ¿Fueron realmente estos ilustrados arquetípicos tan defensores de la esclavitud, tan apologistas de la religión y la monarquía y, en fin, tan "reaccionarios" o conservadores como se arguye en esta obra? Sea como fuere, Onfray dedica el grueso de su atención a los "otros" ilustrados, a los "ultras", a los protagonistas "radicales" de las Luces, que no se limitaron a hacer suyas las ideas de los aristócratas libertinos del Barroco. Esto es, que no se limitaron a cultivar "por una parte, un pensamiento privado libre, eventualmente rebelde, díscolo, iconoclasta y, por otra parte, un pensamiento público prudente, discreto, envuelto en circunspección".

Los ultras de las Luces ni se plegaron a aceptar que la religión cumple un papel decisivo a la hora de mantener a raya al pueblo bajo, ni se negaron a dar al pueblo medios para su emancipación. Es más: hicieron de ello su tarea. Su nombre fue legión: materialistas radicales, buscadores de la "felicidad temporal", hedonistas y utilitaristas… Todos ellos -Meslier, Maupertius, Helvetius, D'Holbach...- desfilan por las páginas de este libro, que en su recta final no duda en adentrarse en el oscuro reino del Marqués de Sade. Un reino en realidad pre-ilustrado: el del libertinaje feudal.

Onfray termina su obra con una vibrante reivindicación de la "otra" Revolución Francesa, la de los vencidos, la de los ciudadanos pasivos, que no son propietarios ni pagan impuestos, ni son capaces de subvenir a sus necesidades con sus propios medios. Exactamente esa revolución que los profesores de filosofía habrían silenciado desde un principio. Algo cuya lógica Onfray cifra en las señas de identidad de esos mismos profesores: "el odio a la vida cotidiana, [...] las emociones, las sensaciones y las percepciones, el refugio en el idealismo…" Podrá disentirse del enfoque de Onfray, sin duda. Pero difícilmente cabría negarle pasión. Algo nada desdeñable, sin duda, en esta época de subjetividades frías. Aunque ya se sabe que el exceso es muchas veces un recurso retórico. O estético.