Image: Llega a las librerías la biografía de Nadal firmada por John Carlin

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Letras

Llega a las librerías la biografía de Nadal firmada por John Carlin

Adelantamos un fragmento del libro, que estará a la venta a partir del 21 de octubre

El Cultural
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Rafa Nadal.

Estas memorias, escritas en colaboración con John Carlin - galardonado periodista de El País, The New York Times y la BBC, y autor del libro sobre Nelson Mandela que se convirtió en la película 'Invictus'-, permiten vislumbrar quién es el hombre que empuña la raqueta y conocer de primera mano qué es lo que realmente hace vibrar a este atleta tan celoso de su privacidad. Con sencillez y franqueza, Rafael Nadal nos guía por el viaje de su vida sin perder nunca de vista el trofeo que más valora en este mundo: la unidad y el amor de su familia. A continuación les ofrecemos una páginas en las que se analiza su vinculación inquebrantable con su tierra natal.


Mallorquines

No fue ninguna sorpresa que Sebastián Nadal y su mujer, Ana María Parera declinaran la oferta, aparentemente atractiva, que recibió su hijo en la adolescencia para perfeccionar su tenis con una beca en Barcelona. Y menos sorprendente fue que él respondiera con un suspiro de alivio a la decisión de sus padres. La isla ejerce un poderoso magnetismo sobre Rafa Nadal: siempre la echa de menos cuando está fuera, compitiendo en torneos internacionales; y siempre vuelve corriendo en cuanto se le presenta la menor oportunidad, por el medio más rápido.

Dice mucho de su garra competitiva, y algo sobre la brecha que hay entre su personalidad deportiva y su personalidad privada, que sólo se sienta totalmente él mismo cuando está en casa. El tenista Nadal triunfa en las pistas de todo el mundo; lejos de Mallorca, el hombre Nadal se siente como un pez fuera del agua.

Las razones tienen que ver con el intenso sentido de la identidad que caracteriza a los isleños, pero también porque Mallorca es el único lugar del mundo donde se siente normal, donde el carácter de sus habitantes es tal que se relacionan con él como él cree que deberían relacionarse las personas: no según lo que ha conseguido en la vida, sino por ser quien es.

A los Nadal les gusta creer que reflejan la cultura mallorquina y son fruto de la misma, y en ningún aspecto lo manifiestan más que en la fuerza y firmeza de los lazos que unen a la familia, la base sobre la que se asienta el empuje y el aguante de Rafa. La fuerza del vínculo familiar en Mallorca es insólita incluso en el contexto de un país tan inmerso en la tradición católica como España. Otra característica de los españoles es la lealtad y sentido de pertenencia a la ciudad o pueblo de sus antepasados. Pero también en este aspecto llevan los mallorquines las cosas un paso más allá, particularmente en el caso de los Nadal, cuya red de relaciones íntimas se mantiene exclusivamente en los confines del lugar de donde son originarios, Manacor, la tercera ciudad más grande de la isla.

Sebastián y Ana María nacieron y se criaron allí, al igual que los padres y los abuelos de ambos; lo mismo cabe decir de Rafa y de su novia, María Francisca, con quien sale desde hace más de cinco años. Rafa se identifica tan estrechamente con su ciudad natal que sería difícil imaginarlo relacionado con una mujer de otra parte. Su hábitat natural es Manacor y, para él, tener una relación sentimental con alguien de Miami o de Montecarlo sería tan antinatural como el cruce de dos especies diferentes.

La familia extensa de Nadal, que abarca tres generaciones, vive en Manacor o en Porto Cristo, complejo turístico costero y población satélite de Manacor. Los amigos más íntimos del tenista también son casi todos manacoríes, por ejemplo Rafael Maymó, sioterapeuta. Dos íntimos que no son de la ciudad, Carlos Moyà y su preparador físico, Joan Forcades, nacieron cerca, en Palma, la capital de las Baleares.

Que haya dos catalanes, Carlos Costa y Jordi Robert, en el equipo trotamundos de Nadal también tiene su explicación. Para los mallorquines hay dos clases de "extranjeros": los catalanes y los demás. La raíz lingüística común del mallorquín y el catalán y la proximidad geográfica (Barcelona está a media hora en avión de Palma de Mallorca) concede a los catalanes la condición de primos hermanos. Benito Pérez-Barbadillo, también español pero de Andalucía, es valorado y apreciado en el equipo de Nadal, pero se mueve según códigos diferentes, es decididamente extrovertido -como corresponde a un andaluz- y en consecuencia es considerado, con distancia amable y con un atisbo de perplejidad, la excepción.

La tendencia endogámica de los mallorquines ha animado a los demás españoles que visitan la isla a pensar que los isleños son muy "desconfiados". Una rápida ojeada a la historia de la isla quizás explique por qué no es del todo desacertada esta impresión. Mallorca, una pequeña mancha en el mapa de Europa, ha sido víctima de invasiones extranjeras desde hace por lo menos dos mil años. Primero fueron los romanos, luego los vándalos, más tarde los musulmanes, después los cristianos de la Corona de Aragón, y en los últimos cincuenta años, turistas británicos y alemanes: estos últimos, según la jerga local, "bárbaros del norte", muchos de los cuales se han quedado y han colonizado las partes más pintorescas de la isla. (La población permanente de Mallorca es de unas 800.000 personas; todos los años cruza la isla un mundo paralelo de 12 millones de turistas.)

Durante todo ese tiempo, y entre una invasión y otra, los piratas saqueaban las costas. Lo cual podría explicar hasta cierto punto por qué no era raro, a mediados del siglo xx, encontrarse con gente del campo a la que nunca se le había ocurrido acercarse al mar, o que no lo había visto en su vida, o que preguntaba: "¿Qué es más grande, Mallorca o lo que hay fuera de Mallorca?" La secular actitud adoptada para coexistir con los ocupantes extranjeros ha sido una pasividad tranquila y prudente.

Sebastián Nadal, que no discute esta impresión, invita a los forasteros deseosos de comprender la cultura de la cuna de sus ancestros a que lean un libro, muy conocido en la isla entre autóctonos y visitantes por igual, que se titula Queridos mallorquines. Sus páginas corroboran hasta cierto punto la opinión de los demás españoles, ya que en ellas se dice que los isleños son "flemáticos" y que están "siempre dispuestos a escuchar pero no siempre a hablar". Estos rasgos describen el carácter de Sebastián y de su hijo, pero no cuadran con el parlanchín de Toni, de aquí la idea de la familia de que tiene algo que rompe los moldes.

Sin embargo, si Rafa Nadal ha conquistado el mundo del tenis y ha alcanzado la fama en todos los continentes, es porque en algunos aspectos decisivos ha roto, al igual que Toni, con los estereotipos que definen a los isleños. "En Mallorca, la gente busca más el triunfo en el placer de vivir que en el trabajo y tiene un concepto del tiempo más vinculado al disfrute del ocio que a los resultados materiales del esfuerzo", nos informa Queridos mallorquines. Por su inusitada asimilación de la ética laboral protestante, Rafa Nadal tiene más cosas en común con los recientes colonizadores alemanes que con los tradicionales habitantes de Mallorca. Carlos Moyà, que también es mallorquín y también campeón de tenis, pero según confesión propia notablemente menos ambicioso que Nadal, hace hincapié en que el impulso y el deseo de triunfar que exhiben tanto Rafa como Toni no guardan relación con el carácter mallorquín, que según él es "relajado, casi caribeño".

Fuera del tenis, Rafa Nadal sí tiene lo que la biblia isleña caracteriza como una actitud típicamente indolente de los mallorquines ante el tiempo. Es impuntual por naturaleza y si está con los amigos en Manacor, no titubea en irse de marcha hasta las cinco de la madrugada. La diferencia entre él y sus amigos es que, en contra de las convenciones isleñas, se levantará sin falta cuatro horas después para ir a entrenar a la pista. Cuando el deporte al que ha dedicado su vida lo llama, deja de ser un hijo hedonista del Mediterráneo y se convierte en un modelo de disciplina y sacrificio.

Sus compatriotas mallorquines lo respetan pese al camino anómalo que ha seguido y por la fama que ha dado a la isla, pero no se sienten impresionados. "Mallorca no es un lugar que produzca muchos héroes -dice Queridos mallorquines-, pero los que produce no reciben ninguna felicitación". Esto es verdad y es el motivo por el que Manacor es el único lugar del planeta donde Rafa Nadal puede pasear por la calle a la luz del día o entrar en una tienda sabiendo que nadie lo abordará para pedirle un autógrafo o una foto, que no será acosado por desconocidos en la calle. Es otro ejemplo de la reserva habitual de los isleños. El exhibicionismo no está bien visto ("¿Quién se cree que es?", dirían si Nadal, a causa de su éxito, se diera aires de importante), y por ello mismo, elogiar vivamente a las personas, por mucho que merezcan el elogio, se considera de mal gusto. "Quien levanta la cabeza por encima de los demás -nos informa Queridos mallorquines- es decapitado en el acto". Cuando Nadal no juega al tenis no siente el menor deseo de levantar la cabeza por encima de nadie; más bien lo contrario. Por ese motivo, según dice su madre, Mallorca es el único lugar donde el tenista puede desconectar totalmente.

"Si no pudiera volver siempre después de los torneos, se volvería loco", afirma Ana María.

Para Rafa Nadal, cuya vida profesional es un torbellino, volver a Mallorca significa paz.