El tenor Juan Diego Flórez. Foto: Gregor Hohenberg

El tenor Juan Diego Flórez. Foto: Gregor Hohenberg

Música

Juan Diego Flórez, tenor: "Aún me llaman para cantar óperas en las que se supone que tengo 17 años"

En plena madurez artística, el intérprete peruano presenta en España un recital que va de Mozart a la zarzuela. Lo acompaña el pianista Vincenzo Scalera.

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Nieto de una costurera que tocaba al piano los tangos de Gardel, Juan Diego Flórez (Lima, 1973) nace en una familia que venera la música criolla, espiando desde la escalera las guitarras y zapateos de las peñas a las que aún no puede unirse.

Adolescente en el distrito limeño de Barranco, toca sus propias canciones pop cuando un profesor del colegio le descubre la ópera y la zarzuela. Ingresa en el conservatorio y el Coro Nacional del Perú y, mientras, se forma clandestinamente en el Teatro Municipal, escondiéndose en los baños antes de la apertura para ocupar después cualquier butaca.

En 1992 convence a su madre para que venda el coche familiar a fin de volar a Estados Unidos, donde sobrevive a base de ramen y chocolatinas. Admitido en tres escuelas punteras, opta por el Curtis Institute of Music de Filadelfia, histórica alma mater de Leonard Bernstein o Samuel Barber, que le concede una beca.

Su encuentro con Ernesto Palacio y Luciano Pavarotti y una sustitución de última hora en el Rossini Opera Festival lo proyectan, con 23 años, a los principales teatros del mundo. En 2007, tras una ovación histórica, canta en La Scala el primer bis en cien años, consagrándose como adalid contemporáneo del bel canto.

Más enfocado en el repertorio romántico francés, La bohème o Los cuentos de Hoffmann, Flórez ha visto madurar su voz sin perder agilidad: a los 53 sigue arrebatando con su aria fetiche: Ah! Mes Amis, de La hija del regimiento.

En 2024 impulsa su propio sello, Flórez Records, con el disco Zarzuela, en el que le da voz a su proyecto social, Sinfonía por el Perú.

En Belcanto Songs, que lanzará a finales de marzo, es el turno de su fiel colaborador, el pianista Vincenzo Scalera, con quien recorre ahora España. En Zaragoza (día 9), Madrid (11) y Barcelona (19, Festival Ciutat de Clàssica) ya ha agotado las entradas y en Sevilla (13) apenas quedan unas pocas. En verano, de todas formas, volverá: al Festival Cap Rocat y a la Quincena de San Sebastián. Antes de todo esto, conversa con El Cultural.

Pregunta. El programa de la gira que hará por España une a Mozart con Rossini, Massenet, Verdi, Chapí y Vives. Escuchado del tirón, sintetiza la evolución del canto europeo en los últimos siglos. ¿Alude también a su propia historia vocal?

Respuesta. Sí, aunque nunca he cantado Mozart en ópera sí lo he hecho en concierto, así que refleja lo que he cantado en estos treinta años de carrera. Acabo de terminar una gira larga en Estados Unidos con un programa igualmente variado, y próximamente estaré en Londres con La hija del regimiento. El de España será un repertorio muy al estilo de Kraus, mezcla de arias de Mozart y Rossini con zarzuela y repertorio lírico francés. Creo que al público le gusta esa variedad en un recital. Y, al final, siempre saco la guitarra, que ya es tradición.

P. En sus recitales conviven páginas más luminosas con otras más íntimas, como Le Sylvain. ¿Tiene que ver con el momento artístico en el que se encuentra?

R. En los recitales hay que incluir canciones. Pero, aunque lo intento, termino cantando sobre todo arias; soy más cantante de ópera que de lied. El bel canto te enseña a conocer tu instrumento. Todo comenzó de manera inesperada en el Rossini Opera Festival, desde entonces he cantado en los mayores escenarios del mundo. Pero la clave ha sido mantener una relación honesta con mi voz. Rossini me ha permitido conservar frescura y abordar sin forzar un repertorio más romántico y lírico.

"Aunque intento incluir canciones, termino cantando sobre todo arias; soy más cantante de ópera"

P. ¿Y va a debutar con algún rol próximamente?

R. Ahora no me interesa tanto aprender nuevos roles como profundizar en los que ya he hecho. Muchas veces abordas personajes que luego no tienes ocasión de volver a cantar; por ejemplo, me encantaría retomar Manon de Massenet. Prefiero no acumular personajes, sino habitarlos. En primavera volveré a cantar Los pescadores de perlas en Viena, algo que me hace mucha ilusión. Lo importante es no perder la curiosidad ni el entusiasmo.

P. El recital devuelve la ópera a una escala íntima, casi privada.

R. Sí. Tanto en las óperas como en los recitales hay momentos muy íntimos, donde el oyente tiene que acercarse. Le Sylvain, aunque íntima, es también muy operística y difícil; en la última gira la cantaba al principio y me colocaba la voz para todo el recital.

»Hay partes muy íntimas —como "Del più sublime soglio" de Mozart, "Quell’alme pupile" de Rossini y también la romanza "Flores purísimas" de Chapí— y otras más extrovertidas. "La mia letizia infondere... Come poteva un angelo" de I Lombardi, con la que termina el concierto, tiene una cabaletta que casi nunca se escucha. En un recital tienes que mantener más de dos horas la atención del público: es casi una conversación.

P. Cuando su voz empezó a oscurecerse, ¿lo vivió como una crisis o como una oportunidad?

R. Si escuchas mis primeros discos y uno reciente como Zarzuela, notas que la voz ha cambiado: antes era más ligera, más fina. Pero eso no significa que se haya vuelto dramática. Todavía puedo cantar repertorio virtuoso de Donizetti o Rossini porque he cuidado mucho la voz: no cantar demasiado, dejar espacios entre funciones y no forzarla nunca. Eso ha permitido que siga fresca, aunque ahora me siento más cómodo en roles como el de Werther, que es un viaje expresivo muy profundo, o el de La bohème, que me ha dado muchas satisfacciones.

P. ¿Qué ha cambiado?

R. El abordar distintos repertorios me ha permitido trabajar con distintos directores y cantantes y absorber su experiencia. El bel canto ha sido mi elixir: ha logrado que mantenga mi voz flexible; diferente, pero fresca, y me ha permitido también compartir escenario con gente joven que está empezando. Estoy contento de que los teatros aún me llamen para cantar en óperas en las que se supone que tengo 17 años, como Romeo. ¡Lo que hace el maquillaje!

P. En 2024 lanzó Flórez Records.

R. El primer disco fue de zarzuela con la Orquesta Juvenil de Sinfonía por el Perú, mi fundación dedicada a ayudar a transformar la vida de muchos niños y jóvenes a través de la música. Ahora tenemos alrededor de 7.000 beneficiarios de zonas vulnerables o situaciones difíciles en orquestas o coros, es algo de lo que estoy muy orgulloso.

»Después grabé un segundo disco con canciones de Rossini, Bellini y Donizetti con Vincenzo Scalera, mi compañero de recitales desde hace casi treinta años. Tener mi propio sello me permite grabar a mi ritmo y dar oportunidades a nuevas generaciones de músicos.

"No quiero acumular personajes, sino habitarlos"

P. Su relación con la lírica empezó precisamente con la zarzuela. ¿Las romanzas representan una oportunidad para cantar en la propia lengua?

R. Sí. En el colegio mi profesor de música empezó a organizar conciertos que presentábamos en teatritos. A veces participaban cantantes profesionales y a mí me daba solos en zarzuelas como Luisa Fernanda. Yo quería ser cantante pop y pensé que el canto lírico me ayudaría a cantar mejor la música que ya componía y le pedí que me enseñara.

»Preparamos el Questa o quella de Rigoletto, de Verdi, y elAve María, de Schubert, y entré en el conservatorio. Me presenté porque quería aprender música en general y no podía pagar clases particulares. Luego me di cuenta de que allí todo era clásico, pero me gustó. Poco a poco fui entrando en el mundo de la ópera, ingresé en el Coro Nacional… pero la zarzuela fue la puerta de entrada. Me gustaba porque tenía ese sabor de distintas regiones de España y una conexión directa con el baile, con lo popular.

P. Su padre influyó mucho en ese sentido, ¿no?

R. Claro. Mi padre cantaba música peruana, sobre todo de Chabuca Granda, y todo eso —que adoro— forma parte del bagaje musical que llevo dentro. A principios de siglo muchos cantantes líricos interpretaban también música popular; Caruso lo hacía. Pero usaban la misma técnica lírica que permitía que la voz se escuchara por encima de un piano o de una orquesta, porque aún no había micrófonos.

»Ahora también es muy común entre los cantantes clásicos latinoamericanos, quien no canta tango canta rancheras, pero ya no se usa la misma voz para todo. Yo cuando canto con la guitarra utilizo una voz más suave, más pop.

P. Mirando hacia atrás, ¿qué aprendió sobre la profesión en aquellos primeros años, cuando todavía no sabía si todo iba a salir bien?

R. Llegué a Filadelfia pensando que me iba a pasar los próximos cuatro años cantando Lieds de Schubert y el primer día me dieron las partituras de tres óperas completas para que me las estudiara; en noviembre ya estaba cantando I Capuleti e I Montecchi de Bellini. No había cantado más de un par de arias seguidas y no sabía si sería capaz. Pero aprendí que este mundo siempre es un examen, y que tenía que dar lo mejor de mí mismo.

P. ¿Y eso ha influido en su manera de llevar su carrera y su arte?

R. Sí. Cuando estudio solo es casi como una meditación: utilizo el aire para dar vida a algo creado por Mozart o Bellini a medida, pensando en cantantes que eran unos fuera de serie y busco las mejores soluciones para revivirlo. Pero como cantante no puedes estudiar demasiado, porque la voz no es como el violín o el piano, que puedes darle, darle y darle; no puedes ni siquiera hablar demasiado.

»En el estudio, lo más importante es entender tu propia voz. Siempre me he grabado y luego escucho mis propias funciones para aprender. Es un estudio muy mental, muy espiritual. Hay que tener respeto, dedicación y amor por este arte. Subirte a un avión, estar fuera de casa, en hoteles lejos de tu familia… Esa es la parte difícil. Pero cantar es un placer.