Niño de Elche. Foto: Juan Trujillo

Niño de Elche. Foto: Juan Trujillo

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Niño de Elche: "Mi beligerancia con los flamencos está un poco más relajada"

De gira aún con 'Cante a lo gitano', Francisco Contreras Molina recorre España con su más reciente disco, 'Cru+es', a dúo con Raül Refree. En Teatros del Canal de Madrid le veremos también en la instalación de Cabosanroque 'Petrotuning'.

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En apenas quince días, Niño de Elche, nombre artístico de Francisco Contreras Molina (Elche, 1985), viajará a Barcelona y Valencia para presentar Cru+es, a Zaragoza con El amor brujo y a Madrid para intervenir en los Teatros del Canal en la instalación Petrotuning de Cabosanroque, una interesante reflexión sobre el autotune y su curiosa relación con el petróleo.

En abril visitará La Haya y Bogotá. En mayo volverá a París. En junio le veremos junto a Paul B. Preciado en Nave 10 Matadero. "Últimamente intento tomarme un día libre a la semana”, dice.

Toda una quimera, considerando cómo el tiempo se pliega ante su voz y sus trabajos –pasados, presentes y futuros– se solapan unos con otros.

Pregunta. Acaba de actuar en el Teatre de l'Escorxador (Lleida) con Cante a lo gitano (2024), donde explora el legado de Manuel Torre. ¿Qué siente al retomar este disco?

Respuesta. Siempre que hago repertorios de tiempos pasados no los hago con una mirada nostálgica ni como un intento de rememorar a la persona que cantó aquellas canciones, sino más bien con la idea de reformularme y revivir de nuevo las canciones. Son ejercicios que me hacen cuestionar constantemente cómo abordar estas canciones que he construido hace tiempo. Manuel Torre es un personaje, una formulación mítica y una construcción mitológica que tiene que ver mucho con lo que yo entiendo como flamenco. Desde ahí, entendí que me tenía que acercar no solamente a su repertorio, sino a todo lo que supone simbólicamente su figura.

P. En ese sentido, su carrera ha transgredido los límites del flamenco y lo contemporáneo. ¿Cómo define su relación con el género y cómo ha evolucionado desde sus primeros trabajos?

R. Mi relación con los flamencos –con las personas, su estructura comercial, su crítica...– siempre ha sido de amor y odio. Más odio que amor, hay que reconocerlo. No tanto por ellos como por mi beligerancia en muchos momentos. Pero todo llega a su fin y a su cansancio, por suerte, y ahora está un poco más relajada. En cuanto a la música flamenca, como campo de sentido y lógica artística, también ha pasado por sus momentos. En los últimos tiempos he utilizado mucho su repertorio y su simbología como un espacio de experimentación. Me interesa explorar un flamenco en evolución, siempre en inestabilidad, fuera del canon, de la idea y la tradición inmóvil. Ahí he encontrado grietas o fosos que me han resonado de forma edificante.

P. Su disco más reciente, Cru+es, lo ha trabajado junto a Raül Refree. ¿Cómo rompe este trabajo con sus anteriores proyectos?

R. Es el primer disco que hacemos a dúo después de seis años tocando juntos en Éxtasis, donde volcamos intereses relacionados con las músicas y los textos sacros, religiosos o espirituales. Cru+es es un disco que poco tiene que ver en el sentido formal y estructural con lo que hacíamos antes, pero tiene ese espíritu relacionado con la escucha y con una forma de construir canciones que nos interesaba.

P. Precisamente, últimamente se habla mucho de cierta vuelta a la espiritualidad en el arte. ¿A qué cree que se debe?

R. No soy partidario de entrar en este discurso populista actual, porque quien conozca un poco cualquier expresión artística –pintura, cine, danza...–, sabe que lo religioso y lo sacro ha estado siempre muy latente. El arte va directamente ligado a lo trascendental. La música sacra siempre ha estado muy presente en un montón de composiciones populares, en la clásica o el rock. Lo que pasa es que no hay que otorgarle el relato al mundo del pop solamente.

“No soy partidario de entrar en el discurso populista actual de la conexión del arte y lo religioso. Siempre fue así”. Niño de Elche

P. Tanto con Cru+es como con Cante a lo gitano viajará a Países Bajos, Bogotá o París en los próximos meses. ¿Cómo reacciona el público internacional a sus espectáculos?

R. La verdad es que yo siempre he tenido una relación muy particular con esta idea de los públicos. A mí me gusta más hablar en plural porque nunca he sentido que tenía un público afín. La gente que viene a verme fluctúa mucho, por edades, estéticas, sus mochilas culturales, sus ideologías políticas... En cada ciudad y cada sitio me puedo encontrar escenas y situaciones muy paradójicas. Lo que más valoro es cómo puede venir gente sin saber realmente lo que va a ver. Esa confianza en mí me sigue fascinando y me emociona. Siento máxima gratitud por la gente que viene a verme.

P. El día 11 colabora en Petrotuning, la performance que Cabosanroque exhibe en los Teatros del Canal desde el 4 de marzo. ¿Cómo será su participación?

R. Nace de la admiración y la amistad, llevamos años trabajando juntos y ellos siempre me invitan a este tipo de aventuras. Esto es una colaboración que ya desarrollamos en el Teatro Garonne de Toulouse: una instalación de 2021 que intervengo desde los códigos que se tratan en esa propuesta con una relectura más performativa y sonora.

P. Le gusta explorar estas colaboraciones multidisciplinarias entre la performance, el teatro, el arte sonoro... ¿Qué le aporta este enfoque interdisciplinar y cómo influye en su proceso creativo?

R. Más que interdisciplinar, que suena conservador, me gusta decir ‘indisciplinar’, porque añade esta noción de ‘entre’. Los ‘entre’ son una idea que desarrolla François Jullien, quien dice que la identidad cultural no existe, porque es algo móvil que está entre grietas. Es ahí donde yo me muevo y me relaciono con todo tipo de expresión artística. Eso me ha enseñado muchísimas cosas del tiempo, la improvisación, el espacio, la arquitectura o la estética. También de la escucha. Toda esta indisciplinaridad me ayuda siempre a estar alerta, a tener una atención que va más allá del oír o del hacer.

P. Es habitual verle con otros artistas. ¿Alguna colaboración ha representado un cambio significativo en su trayectoria?

R. Sería una lista interminable. Las colaboraciones han sido mi forma de aprender, mis universidades. Me he metido mucho en proyectos sin saber lo que me depararían, los veía como un abismo de no saber que siempre entendí como mi oportunidad para recoger experiencias. Soy muy seguidor de esta frase de ‘un elefante en una cacharrería’. Es mi forma de aprender. Muchas veces son desastres significativos, pero todos me han enseñado algo. No son cambios de visión del cosmos, sino pequeñas cosas que van construyendo una forma de estar en el mundo móvil y variable.

"En el mundo de la música lo arriesgado no es una cuestión estética, sino lo que tiene que ver con tu vida diaria". Niño de Elche

P. Habla de desastres significativos. ¿Hay alguno que recuerde particularmente?

R. No lo llamaría error, pero algunas veces, cuando he intentado establecer códigos no identificables, eso ha dificultado la comunicación, el flujo de ciertos discursos y propuestas. Pero tal vez la práctica artística tenga que ver también con el desastre, con la imposibilidad, con ciertas frustraciones. Ese abismo, que ahora suena muy poético, hay que vivirlo, es parte de esa construcción, deconstrucción o reconstrucción constante que el arte me ha ofrecido para seguir viviendo desde una fascinación absoluta.

P. Desde hace meses está en proceso de transformación. ¿Hacia dónde derivará la trayectoria de Niño de Elche?

R. Es una pregunta que me sigo haciendo. Siempre estoy en pleno cambio, pero la transformación del nombre es algo muy significativo. En mi caso, me acompaña y me atraviesa más que el nombre de pila. Entender que ya está en un proceso terminal me ha dado paz, pero no sé cuándo llegará su final. ¿Hacia qué o hacia dónde? No lo sé. Esto me obliga a transformar mi forma de estar y escuchar desde lo artístico. No es solamente un cambio de personaje, va más allá. De ahí el vértigo que me genera.

P. ¿Qué papel juega el riesgo en su práctica artística?

R. No solamente es una cuestión estética, tiene que ver con tu vida diaria. En el mundo de la música lo arriesgado no es que hagas ciertas disonancias o estructuras muy extrañas para la convención, sino lo que supone eso dentro de unos contextos concretos: que no te contraten, que tengas ciertas tensiones con cierta crítica, que haya siempre un interrogante hacia tus propuestas...

P. Mientras tanto, ¿cuáles son sus próximos proyectos?

R. Lo más inmediato es que voy a reformular de nuevo El amor brujo que hice con el Grupo Enigma en el Auditorio de Zaragoza [15 y 16 de marzo]. También tengo una colaboración con Proyecto OCNOS en el Festival Internacional de Música Contemporánea de Salamanca. Y ahora estoy haciendo la banda sonora de El mal hijo, la ópera prima como director del actor Jaime Lorente. Es un proyecto bastante gordo, porque es la primera BSO que hago para una película.

P. ¿Y cómo aborda esta nueva aventura?

R. Desde las guitarras, sobre todo, y también desde la voz. Me apetecía mucho volver a tocar guitarras. También porque la temática de la película tiene mucho que ver con la idea del hijo, del padre, de los cuidados, que he ido trabajando en otros proyectos.