Gonzalo Suárez

Gonzalo Suárez Esteban Palzuelos

Cine

Gonzalo Suárez, Goya de Honor 2026: un combate con su sombra

Procedente de París, llegó a Barcelona en 1958 para asesinar con alegría, entre 1963 y 1970, el realismo. Ahora recibe el reconocimiento de la Academia a toda una carrera.

Más información: Claves de los Goya: el duelo entre 'Los domingos' y 'Sirat' corona el gran momento del cine español

Publicada

Después de dieciocho largometrajes –más nueve o diez cortos, mediometrajes y películas para televisión– y veinticinco libros, Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) vuelve al lugar del crimen. Vuelve a Barcelona para recibir el Goya de Honor.

Procedente de París, Suárez llegó a Barcelona en 1958 para asesinar con alegría, entre 1963 y 1970, y mientras iban naciendo sus cuatro hijos, el realismo.

Su programa de crímenes consistió en dos cortos (El horrible ser nunca visto y Ditirambo vela por nosotros) y tres largos (Ditirambo, El extraño caso del doctor Fausto y Aoom) y en cinco libros (De cuerpo presente, Los once y uno, Trece veces trece, El roedor de Fortimbrás y Rocabruno bate a Ditirambo).

Ahí había algo, en el estilo y en la actitud, de un Jean-Luc Godard y de un Boris Vian. El despliegue entusiasmó a Julio Cortázar y a Sam Peckinpah, con quien escribiría en Los Ángeles un guion para llevar al cine su insólita novela de espionaje Operación Doble Dos (1974), experiencia lisérgica que Suárez recogería en Gorila en Hollywood (1980) y en su autobiográfico (por decir algo) La musa intrusa (2019).

Mientras subvertía el periodismo con sus artículos bajo el pseudónimo de Martín Girard –léase su recopilatorio La suela de mis zapatos (2006)–, Suárez tuvo un socio ocasional en la Escuela de Barcelona y en Vicente Aranda, con quien escribió Fata Morgana (1965) y que adaptó un cuento suyo en Las crueles (1969).

Procedente de París, llegó a Barcelona en 1958 para asesinar con alegría, entre 1963 y 1970, el realismo

Pero Suárez, un individualista acérrimo, no pretende cómplices, ni aprecia los grupos. Ni hace prisioneros. Eso sí, en su vida ha tenido cuatro aliados decisivos: su padre, el catedrático de Francés, traductor y escritor Gonzalo Suárez Gómez, que le impulsó a la libertad y a la aventura stevensoniana; su mujer, Hélène Girard, tierra y alas; su hermano Carlos, director de fotografía de diecisiete de sus películas; y su padrastro, Helenio Herrera, glorioso entrenador del Barcelona y del Inter, que le empleó como analista y le inició en el fútbol. Puede que de sus consejos haya ecos en El portero (2000), pero el principal fue uno que aplicó al cine y a la vida: no mires dónde está el balón, busca dónde está el hueco.

Buscando su hueco y, como buen billarista, en pos de carambolas, tuvo que pasar por filmar –quién lo iba a decir– dos de las novelas realistas españolas más importantes del siglo XIX: para el cine, La Regenta (1974), de Clarín; para la televisión, la exitosa serie Los pazos de Ulloa (1985), de Pardo Bazán.

Y el hueco que no estaba, pero que él abrió para sí mismo y para todos nosotros, lo llenó con su personalidad única, después de las tentativas innovadoras de Morbo (1971) y Al diablo con amor (1972), con películas como Parranda (1977), Epílogo (1984), Remando al viento (1988) –su principal encuentro con el público y con los premios–, Don Juan en los infiernos (1991), La reina anónima (1992), El detective y la muerte (1994), Mi nombre es sombra (1995) y Oviedo-Express (2007).

En estas películas, como en tantos de sus libros –y añado al cesto Ciudadano Sade (1999) y El hombre que soñaba demasiado (2005)–, quizá se encuentre la muestra integral de lo que Suárez, con su incurable gusto por los aforismos, las paradojas y los juegos de palabras –de jugar se trata–, escribió en Con el cielo a cuestas (2015): “para descubrir la verdad hay que empezar por inventarla”.

Los diálogos imaginativos e inesperados, los nombres de personajes y los títulos impredecibles, lo onírico, los mitos (Frankenstein, Don Juan, Fausto, Hamlet...), el doble, los procesos de creación –que son para Suárez un combate boxístico con la propia sombra–, el humor, el amor y el crimen, lo monstruoso, el tiempo, la fusión y voladura de los géneros, Asturias, el mar o la aventura son algunos de los temas y emblemas que atraviesan –siempre cabalgando en la frontera y en el límite– su cine y su literatura hasta confundirlos. Y siempre disparando con una pistola de mentira que mata de verdad.