Nacho Sánchez ('Una cabeza en la pared') y Andrés Roca Rey ('Tardes de soledad')

Nacho Sánchez ('Una cabeza en la pared') y Andrés Roca Rey ('Tardes de soledad')

Letras

Los toros saltan la barrera de los Goya: la brillante 'Tardes de soledad' de Albert Serra y un corto audaz y provocador

El documental del director catalán cuenta con la admiración de la crítica, pero ¿premiará la Academia su radical propuesta? Además, 'Una cabeza en la pared' es favorito entre los nominados a mejor cortometraje de ficción.

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Es evidente que los Goya no son el ecosistema más apropiado para los toros. Con mayor o menor intensidad, el discurso progresista y combativo –esencialmente de izquierdas– se ha impuesto en cada ceremonia a lo largo de cuarenta años. La gran fiesta del cine español está en las antípodas del mundo taurino, mayoritariamente vinculado a círculos sociales conservadores y, en el espectro político, defendido con especial vehemencia por la derecha.

La tauromaquia tiene las horas contadas, o eso creen quienes piensan que se trata de una fiesta anacrónica y no cesan en la lucha por su abolición. Sin embargo, dos películas que encaran el asunto de un modo frontal se han colado con muchas opciones en esta edición. En los tiempos del woke y, lo más reseñable, sin apenas precedentes.

Se trata del largometraje Tardes de soledad, de Albert Serra, que compite en la categoría de mejor documental; y del corto Una cabeza en la pared, de Manuel Manrique, que aspira a alzarse con el cabezón en la categoría de cortometraje de ficción. El primero, celebradísimo por la crítica, se llevó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián; y el segundo, protagonizado por Nacho Sánchez (Mantícora) y Ángela Cervantes (compite por la mejor actriz protagonista con La furia), fue el gran triunfador en los Premios Fugaz, los Goya del cortometraje.

Tardes de soledad, que sigue al torero peruano Andrés Roca Rey durante una intensísima temporada, es una propuesta radicalmente estética. El libérrimo Albert Serra realiza "un retrato microscópico de la esencia de la lidia", como acertó a señalar el crítico Carlos Reviriego en El Cultural.

La cámara se muestra discreta, pero tampoco se pierde ni un detalle. La sangre está en primer plano, por ejemplo, para que el espectador sienta, dude, interprete... Ahora bien, Serra se cuida mucho de mantenerse alejado de la mirada juiciosa, o sea, no toma partido en la controversia que arrastra la ancestral disciplina; antes al contrario, la exposición de la tauromaquia es puramente antropológica.

Ahí reside toda la riqueza de la película, concebida desde lo conceptual. Asistimos a la liturgia del matador antes y después de cada corrida: el silencio impenetrable que lo cerca mientras se viste ('tardes de soledad'), la seriedad que proyecta su rostro en la furgoneta de camino a la plaza, su solemne gestualidad en los lances...

El cineasta nos lo presenta vulnerable, con todas sus inseguridades al descubierto. "¿Lo habrán entendido?", se pregunta el matador después de una faena encorajada en Las Ventas. Se refiere al público, claro, del que Serra prescinde durante todo el metraje, para despojar de la capa folclórica su artefacto esencialmente artístico. A propósito, la inmensa labor del equipo de sonido eleva su magnetismo.

La verdad, en fin, recorre cada momento del documental, desde la escalofriante cogida contra las tablas hasta los comentarios alentadores de la cuadrilla, impagables, pues albergan todo lo que la disciplina invoca: el arrojo, la emoción, la solidaridad... Además, con algunas frases no puedes no reírte. Hasta en la danza de la muerte cabe el sentido del humor.

Eso es, la muerte. El abismo de la muerte 'real' termina de redondear una película hondísima, sin fisuras, que se sitúa entre lo celestial y lo humano. "No se puede eliminar de la vida la pulsión oscura, la irracionalidad, la muerte", dijo en una entrevista el director, que entiende que la riqueza de Tardes de soledad pasa por acercarse al corazón de la misma, los toros, "desde la inocencia".

El resultado es absolutamente inédito. Nunca antes había abordado nadie tan difícil empresa con tan original perspectiva. Será curioso también ver cómo se desenvuelve Serra en la fiesta del cine español, con el que mantiene una relación a lo sumo tibia. El cineasta, que también compite por el Goya a mejor director, competirá en la categoría de documentales con Todos somos Gaza, Eloy de la Iglesia. Adicto al cine y Flores para Antonio.

Por si fuera poco, otra película de toros se ha colado entre las favoritas a llevarse el cabezón. Una cabeza en la pared estuvo nominada al mejor cortometraje en los Premios Forqué, aunque se lo llevó Ángulo muerto, que apunta a ser su rival más duro en los Goya.

Nacho Sánchez encarna a un matador que ha perdido su sitio en el mundo desde que hace tres años se abolieran los toros. No le permiten adoptar a un perro en una protectora de animales, pues dan por hecho que su anterior oficio no es compatible con sentir apego hacia las mascotas.

Así arranca esta distopía –para muchos, sin duda, una utopía–, que sirve a Manuel Manrique para plantear un interesantísimo dilema acerca de los prejuicios, que alumbran estigmas, y de la visión que la sociedad arroja sobre lo nuevo, vestido de progreso, y lo viejo, tachado de rancio. La relación entre el torero (Nacho Sánchez) y la bailarina de sevillanas (Ángela Cervantes) es un reflejo de esa brecha, cuyas consecuencias podrían ser irreconducibles.

Ambas películas, la de Serra y la de Manrique, atienden a la psique del matador de toros sin juzgarlo y, siempre con delicado trazo, invitan al espectador a que al menos trate de comprenderlo. En los Goya no hay antecedentes, decíamos, que presenten similar enfoque. De hecho, el bagaje de películas con temática taurina que aspiraron al cabezón resulta pobre y en ninguna de ellas es un asunto central.

Antecedentes 'taurinos'

Con todo, es pertinente anotar aquellas que, desde 1987 –año en el que se celebró la primera gala–, optaron a algún premio. Precisamente la última, Blancanieves (2012), fue la única triunfadora. La película de Pablo Berger se alzó con diez goyas, incluyendo mejor película y actriz protagonista (Maribel Verdú), en aquella edición de 2013. La tauromaquia, sin embargo, no pasa de ser un telón de fondo en la adaptación del cuento de los hermanos Grimm.

En el caso de Hable con ella (2002) el tema era también muy tangencial –Rosario Flores encarna a una torera–, y solo Alberto Iglesias se fue con trofeo en una tarde que para Almodóvar resultó una escabechina. Un solo goya (mejor música) de siete nominaciones.

El de Jamón, jamón (Bigas Luna, 1992) es un ejemplo similar: seis nominaciones, incluyendo mejor película, y ningún premio. El protagonista (Javier Bardem) es aspirante a matador de toros y la estética taurina es relevante en la puesta en escena, pero el argumento central va por otros derroteros.

El Pasodoble de José Luis García Sánchez (1988) se alzó con el Goya a la mejor música original y la imaginería taurina solo se justifica desde la óptica ornamental, mientras que el protagonista de Justino, un asesino de la tercera edad (1994) era un puntillero retirado, pero más allá no había mucho que rascar de la fiesta. Saturnino García levantó el Goya al mejor actor revelación y Santiago Aguilar y Luis Guridi (La cuadrilla) ganaron en la categoría de mejor director novel.

¿Será este el año en el que triunfen en los Goya precisamente las películas que han afrontado la tauromaquia sin tapujos, mirando el tema de frente? Aunque no fuera así, la circunstancia, en pleno 2026, no deja de ser insólita.