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El Cultural

Walt Whitman, el divino impostor

Celebramos los dos siglos del poeta analizando todas sus aristas. Rafael Narbona se ocupa del hombre, ese impostor que construyó su pedestal.

24 mayo, 2019 14:53

Walter Whitman nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, un caserío rural de Huntington, en el centro de Long Island, Nueva York. Descendiente de varias generaciones de americanos con orígenes ingleses y holandeses, fue el segundo de nueve hijos del matrimonio formado por el carpintero y granjero Walter Whitman y Louisa Van Velsor Whitman. Desde su nacimiento, el poeta sería llamado “Walt” para evitar confusiones con su progenitor. Walt creció en un hogar con una religiosidad cercana a las ideas de los cuáqueros, según los cuales cada persona lleva en su interior una brizna de divinidad. El poeta nunca abandonaría esa convicción. El sincero patriotismo del padre se reflejó en los nombres escogidos para tres de sus vástagos: Andrew Jackson, George Washington y Thomas Jefferson. El poeta bromearía más adelante, asegurando que mantenía un estrecho parentesco con los padres fundadores de la nación.

Todo insinúa que el padre de Walt era un hombre autoritario, poco afectuoso, proclive a la violencia y aficionado a la bebida. En el poema autobiográfico “Hubo un niño que fue hacia delante”, el poeta lo describe como “un hombre fuerte, autosuficiente, varonil, perverso, iracundo, injusto”. Cabe alegar en su descargo que esos rasgos se repetían en la mayoría de los padres de la América obrera, azotada sin descanso por la escasez y la penuria. Su esposa Louisa, en cambio, fue una madre cariñosa y perseverante que mantuvo una estrecha relación con Walt. “¡Cuánto le debo! –reconocería el poeta–. Hojas de hierba es la flor de su temperamento, activo en mí”.

Whitman asumió el reto de ser el poeta de un insaciable y orgulloso país que aún no había hallado a su Homero

Walt nació el mismo año que Herman Melville y James Russell Lowell. Esa circunstancia venturosa contrasta con las tragedias que soportó su familia. Su hermano Jessie murió en un manicomio. Se especula que perdió la razón por culpa de una enfermedad venérea. Su hermana Mary se casó con un carpintero alcohólico y huraño. Hannah no tuvo más suerte. Neurótica e hipocondríaca, sufrió los malos tratos de su marido, un pintor de paisajes de tercera fila. Andrew se desposó con una prostituta y murió prematuramente a causa del alcoholismo y la tuberculosis. Edward, el más pequeño, nació con una severa minusvalía física y mental. Sólo George, que se convirtió en un heroico veterano de la Guerra Civil, y Jeff –el más querido por Walt e ingeniero de éxito–, escaparon de lo que parecía una maldición familiar. Walt nunca se casó y no engendró ningún hijo. En su vejez, afirmó que había sido padre de seis hijos ilegítimos. Se refería a sus hermanos, que llegaron a ver en él una figura paterna.

Se ha especulado mucho sobre la homosexualidad de Walt. El encendido erotismo y la deliberada ambigüedad de sus poemas ha propiciado toda clase de rumores, pero ninguna biografía ha logrado averiguar la verdad. Al igual que en otras cuestiones, el poeta prefirió alimentar la leyenda, quizás porque su vida no le parecía suficientemente interesante. Jorge Luis Borges ya advirtió que es inútil buscar al “vagabundo semidivino” honrado por la posteridad. No existe nada semejante. Walt era un hombre tímido que apenas viajó por Estados Unidos y que nunca salió al extranjero.

Whitman nació por segunda vez en 1855, cuando publicó la primera edición de Hojas de hierba. A partir de entonces, decidió vivir para el destino que él mismo se había impuesto: ser el poeta de la epopeya americana, encarnar ese papel superlativo que Ralph Waldo Emerson, al que tanto admiraba, había reclamado para la joven y ambiciosa nación: “Aún no hemos tenido al genio que, con ojo tiránico, aprecie el valor de nuestros incomparables materiales. […] nuestras pesquerías, nuestros negros e indios, nuestras fanfarronadas y nuestros rechazos, la cólera de los canallas y la pusilanimidad de los honrados, el comercio del norte, la plantación del sur, la conquista del Oeste, Oregón y Texas: todo eso no se ha cantado todavía”. Whitman decidió ser ese poeta, pero no llegó a esa determinación de forma inmediata, sino tras treinta y seis años de experiencias relativamente pueriles.

Abandonó la escuela a los once años. Trabajó en la construcción, se formó como cajista en un taller de impresión, impartió clases como maestro y ejerció de periodista y editor. Fundó el Long Islander y fue redactor del New York Aurora. En 1842, escuchó por primera vez a Emerson. Simpatizó de inmediato con el trascendentalismo, una doctrina que corroboraba la idea aprendida en su niñez sobre el alma individual como reflejo del alma sagrada del cosmos, pero sobre todo le impresionó la caracterización del poeta como “el que dice, nombra y representa la belleza; el soberano, el que está en el centro; el que anuncia lo nunca profetizado; el único sanador verdadero; el dios que libera”. De forma aún imprecisa, asumió ese reto, proyectando ser el poeta de un insaciable y orgulloso país que todavía no había hallado a su Homero o Dante.

Trece años después y, tras escribir en media docena de periódicos y publicar un puñado de cuentos mediocres, se produciría “el punto de ebullición” que le hizo sacar a la luz la primera edición de Hojas de hierba, 795 ejemplares costeados por su propio bolsillo. Se ha interpretado el título como un símbolo trascendentalista de la naturaleza, pero la realidad es más prosaica. En los talleres de impresión, se llamaba “hierba” a las composiciones de dudoso valor, a las páginas que se imprimían a modo de prueba o experimento. Y “hojas” a los fajos de papel. El libro contenía doce poemas sin rima y “su aspecto era bastante tosco y casero”, según Jerome Loving, prestigioso biógrafo de Whitman.

'Hojas de hierba' no es la autobiografía de Whitman, sino la del poeta que señaló las virtudes y pecados de EE. UU.

El poeta envió un ejemplar a Emerson, que le contestó con una elogiosa carta, donde afirmaba que la obra auguraba “el comienzo de una gran carrera”. Whitman publicó la carta en la siguiente edición a modo de prólogo, sin consultar a su autor. Ya no era un simple periodista, sino el Poeta de la “gente verdadera”. Aunque era moderadamente abolicionista, Whitman no incluía en la “gente verdadera” a los negros o los indios, sino a los millones de trabajadores blancos que derramaban su sudor en las fábricas, los muelles y los campos. Escribía para “una nueva raza de hombres, mayor, más musculosa, más cálida, más democrática, sin ley, positivamente nativa de los Estados Unidos, de cuerpo dulce, más completa, intrépida, que fluye, magistral, de rostro barbado”. Su intención era igualar democracia y divinidad, cuerpo y espiritualidad. Sostenía que el sexo no era algo reprobable, sino la llave del perdido jardín del Edén. Whitman escribió varias reseñas elogiosas de Hojas de hierba, con nombres ficticios. Se justificó, argumentando que nadie conocía como él las virtudes y las insuficiencias de la obra. Añadió las autocríticas a las sucesivas ediciones. Sabía que escribía para el futuro. De hecho, su aspecto de vagabundo, que chocaba con la apariencia de caballeros de los poetas de su tiempo, no adquirirá la condición de estereotipo hasta la Generación Beat.

En 1860 aparece la tercera edición de Hojas de hierba, pero el estallido de la Guerra Civil hace que el libro pase desapercibido. Whitman escribe “¡Resonad! ¡Resonad! ¡Tambores!”, un poema incitando a combatir con las tropas de la Unión. Tiene cuarenta y tres años y es demasiado viejo para luchar, pero cuando hieren a su hermano George acude al frente. El sufrimiento de los soldados le conmueve profundamente y, al regresar a Washington, comienza a visitar de forma voluntaria a los heridos de guerra. Según sus cálculos, asistió a unos cien mil en tres años. En las tres ediciones que aún se publicarán en su vida de Hojas de hierba, incorpora poemas sobre el conflicto, llegando a manifestar: “Mi libro y la guerra son uno”. Su optimismo se oscurece al contacto con la muerte. La vida, la muerte y el amor componen una trinidad indisociable, pero quizás la última palabra le corresponda al silencio eterno que ha visto surcando el rostro de los agonizantes. El asesinato de Lincoln agudiza la sensación de “caminar en silencio por la transparente noche llena de sombras”.

Escasamente reconocido por la crítica norteamericana, Europa canta las excelencias de su poesía. La ciudad de
Boston responde prohibiendo Hojas de hierba por obscenidad. Encerrado en casa de su hermano George en Camden, New Jersey, prepara una última edición de Hojas de hierba, escribiendo poemas “desde el lecho de muerte”. Compra un mausoleo para sus restos y los de su familia, y lo visita en varias ocasiones. El 26 de marzo de 1892 muere de bronquitis. Tres mil personas acuden a honrar el cadáver. Ya no es Walter Whitman, un hombre inseguro e inestable, sino el Poeta de América. Nunca se despejarán las incógnitas sobre su vida. ¿Bebía a escondidas, a pesar de sus filípicas contra el alcohol? ¿Era misógino? ¿Practicaba el amor que no osa decir su nombre? ¿Decía la verdad cuando se refería a Hojas de hierba, advirtiendo: “Camarada, esto no es un libro, / El que lo toca, toca a un hombre?”. Hojas de hierba no es la autobiografía de Walt Whitman, sino la del Poeta que arrojó las virtudes –y los pecados– de los Estados Unidos sobre su espalda. Como creador fue un gigante; como hombre, un divino impostor.

@Rafael_Narbona