Por poco que se haya asomado uno a la vida literaria española del primer tercio del siglo XX, le constará la frecuencia con que se celebraban banquetes en homenaje a tal o cual escritor. Cualquier pretexto parecía bueno para reunirse dos o tres docenas de comensales, a veces más, y celebrar al maestro o al amigo que acababa de publicar un nuevo libro, regresar de un viaje o recibir una distinción.

La historia literaria tanto de la Generación del 98 como la del 27 es un rosario de banquetes, de la mayoría de los cuales nos han quedado testimonios fotográficos. Esas suntuosas mesas con manteles blancos repletos de vajilla: a su cabecera, el homenajeado, con expresión cariacontecida; y a su alrededor, ya sentados o ya puestos en pie, apretujados para caber en el encuadre, los asistentes al acto, no necesariamente solemne.

Cabe preguntarse cómo y por qué se fue extinguiendo esta costumbre de los banquetes. No es difícil colegir las razones, pero ninguna es lo suficientemente poderosa como para descartar del todo la pretensión de recuperarlos, sobre todo si con ello se contribuye a desplazar la por lo general mecánica, fatigosa, rutinaria e inane ceremonia de las presentaciones de libros.

Es sabido que a estas ya nunca concurre la prensa, y que, salvo excepciones, su público suele estar constituido por un voluntarioso pelotón de familiares, amigotes y curiosos que no siempre, ni mucho menos, consigue llenar el escaso aforo disponible.

Por supuesto que los banquetes no cumplían la misma función que las presentaciones. Su relativa excepcionalidad los hacía más significativos, y es de suponer que también más halagadores para sus protagonistas y más satisfactorios para sus acompañantes. Por lo demás, constituían acontecimientos por sí mismos reseñables, tanto más en cuanto, como ya he dicho, su convocatoria podía obedecer a distintos motivos, desde desagraviar al autor en cuestión por una crítica injusta o demasiado despiadada, a celebrar el prolongado éxito en cartelera de un drama teatral.

Los banquetes servían para alinear a unos escritores con otros, cartografiar simpatías y afinidades. Eran un indicador de la vitalidad del sistema literario

Los banquetes, además, servían para alinear a unos escritores con otros, cartografiar simpatías y afinidades. Eran un indicador elocuente de la vitalidad del sistema literario, de sus eventuales tensiones y antagonismos, de la posición que determinadas figuras iban alcanzando, y del ascendente que ejercían.

Quizás el término mismo -banquete- haya quedado obsoleto y resulte en la actualidad intimidante, también para el bolsillo de quienes acudirían a estos actos pagando su propio cubierto. Pero entre el tedioso y profesionalizado “almuerzo con la prensa”, cada vez más en desuso, y los pomposos banquetes de un siglo atrás quizá cupiese un término medio todavía practicable, en el que editores, amigos, cómplices y admiradores homenajearan al escritor o escritora de turno, los celebraran o los reivindicaran, derivándose de ello lo que cabe entender por “política literaria”, destinada a destacar oportuna y acaso estratégicamente determinados nombres señeros.

Es cierto que los banquetes prosperaron cuando la sociedad literaria era aún más o menos abarcable y no se hallaba tan mediada por la mercadotecnia. En cualquier caso, constituían un genuino mecanismo de consagración, y una réplica a los dictámenes tanto del público como de las autoridades culturales. Por no hablar aquí de los banquetes concebidos como happenings con sesgo a menudo provocador, como los que organizaba la tertulia del madrileño Café Pombo, con Ramón Gómez de la Serna a la cabeza. Es famosa, en tal marco, la iniciativa de celebrar un banquete en homenaje a Don Nadie, en 1922. O previamente, en 1920, la de conmemorar la figura de Larra.

Movilizaciones espontáneas, con frecuencia marcadamente festivas y combativas, los banquetes contaban con las alianzas de una prensa cultural atenta y asimismo movilizada, que a través de sus crónicas daba cuenta del alcance de unas convocatorias a las que ocasionalmente se sumaba, por suscripción, una representación de los lectores y admiradores comunes.