Muchos lectores recordarán el arranque de Si una noche de invierno un viajero (1979), de Italo Calvino. El narrador se dirige al lector en segunda persona y presume que este, nada más enterarse de la publicación de la nueva novela de Calvino (titulada precisamente Si una noche de invierno un viajero), habrá pasado por una librería para hacerse con un ejemplar. Enseguida conjetura que, nada más entrar en la librería, el lector se habrá sentido intimidado por la enorme cantidad de libros expuestos en los mostradores y estanterías. Afortunadamente, le dice, “entre ellos se despliegan hectáreas y más hectáreas de Libros Que Puedes Prescindir De Leer, de Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito”.
Pienso en esta graciosa retahíla siempre que, con motivo del Día del Libro, o de la Feria del Libro de Madrid, o de las fiestas navideñas, los suplementos culturales nos abruman con un abarrotadísimo escaparate de títulos amontonados de cualquier manera con el propósito, más que de orientar al lector, de contentar al mayor número posible de editores y de autores.
He aquí al lector, en estas ocasiones, obligado, sí, a filtrar por sí mismo –como en definitiva tiene que hacer a menudo, pues no siempre los reseñistas lo asisten responsablemente en esta tarea– los libros-que-puede-prescindir-de-leer, los libros-hechos-para-otros-usos-que-la-lectura y los libros-ya-leídos-sin-necesidad-siquiera-de-abrirlos-pues-pertenecen-a-la-categoría-de-lo-ya-leído-antes-aún-de-haber-sido-escrito.
Esta última categoría es mi favorita. Por lo demás, cada día se publican más libros pertenecientes a ella. Da lo mismo que para escribirlos se emplee o no la inteligencia artificial. De hecho, sería de esperar que la IA termine al menos por librarnos de un montón de escritores especializados en escribir este tipo de libros-ya-leídos-sin-necesidad-siquiera-de-abrirlos-pues-pertenecen-a-la-categoría-de-lo-ya-leído-antes-aún-de-haber-sido-escrito. Para qué tomarse el trabajo, nos decimos todos. Cabe sospechar que muchos de esos escritores ya hace un buen rato que han dejado de tomárselo.
Por paradójico que suene, consta que no pocos de ellos no se han leído siquiera su propio libro. Que se lo pregunten a Ana Rosa Quintana, sin ir más lejos, que ahí sigue, tan pancha. ¿Por qué demonios no habrá continuado escribiendo, quiero decir publicando? ¿Alguien teme que sus seguidores dejaran de comprar en tromba sus libros?
Es una fuente de tranquilidad saber que tantísimos de los demasiados libros que no dejan de acecharnos ya los hemos leído aunque no los hayamos leído
Pues el caso es que una parte sin duda importante de los libros que más se venden (¡y se premian!) pertenecen justamente a esa categoría de los libros ya leídos antes aún de haber sido escritos. Para quienes vivimos con la angustia de no dar abasto con tantos libros que nos quedan por leer (y aquí Calvino inserta otra humorística retahíla, en la que se cuentan, entre otros, “los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer, los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano, los Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras”, etc., etc.) es una fuente de tranquilidad saber que tantísimos de los demasiados libros que no dejan de acecharnos ya los hemos leído aunque no los hayamos leído. Así que me imagino –y quizás ahí resida la clave del enigma– que para quienes padecen con alguna incomodidad el imperativo cultural de la lectura, decepcionándose una y otra vez a sí mismos por lo poco o nada que leen, ha de ser toda una fortuna disponer de ese caudal inmenso de libros ya leídos sin necesidad de leerlos. El alivio de no tener ni siquiera que abrirlos bien vale, me digo, el gasto de comprarlos.