Los últimos años conocen un notable incremento de literatura sobre el duelo, sobre la pérdida de seres queridos. No me es fácil encontrar una explicación al fenómeno, por mucho que entronque con una tradición de siglos. La muerte del padre o de la madre, la del compañero o compañera, la del amigo, la del hijo o la hija: todas estas pérdidas cuentan ya con un largo reguero de títulos que testimonian el dolor de quien las sufre.

De todas ellas, la más imprevisible y consternadora es sin duda la pérdida de un hijo o de una hija. De ahí que los libros dedicados a compartir su impacto constituyan, dentro de la narrativa sobre el duelo, un subgrupo caracterizado por su particular y desoladora intensidad, con títulos ya clásicos como Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett o Noches azules de Joan Didion. Menciono dos libros escritos por mujeres porque, dentro de ese subgrupo al que me refiero, pienso que, tratándose de la pérdida de un hijo, la condición de madre añade un desgarro específico a la tragedia que implica.

En cualquier caso, es este duelo en concreto –el que experimenta una madre por la pérdida de un hijo aún joven o niño– el que aborda un libro publicado hace ya unos años pero que pasó en su día casi desapercibido, a pesar de su valía. Me refiero a El tiempo vivido, sin su fluir (Alpha Decay, 2020), de la poeta y filósofa británica Denise Riley (1948). Lo leí recientemente por recomendación de una amiga y aspiro a contribuir desde aquí a su divulgación no solo entre quienes se interesen por un asunto tan peliagudo como el que aborda, sino también entre aquellos dispuestos a reconsiderar, como hace Riley, “la posibilidad de lo que es y lo que puede hacer una literatura del consuelo”.

Quizás por el incremento de libros sobre el duelo, hace años pasó casi desapercibido, a pesar de su valía, 'El tiempo vivido, sin su fluir', de la poeta y filósofa Denise Riley

En el apasionado prólogo que escribió para la segunda edición inglesa de este libro, de 2019, Max Porter dice haber llegado a él por recomendación de la poeta Alice Oswald. Esta había leído la novela que acababa de publicar Porter –“una novela corta sobre el duelo”– y le preguntó si había leído el ensayo de Riley “sobre la atemporalidad, sobre el duelo y el tiempo”.

Se lo preguntó después de haberle dicho: “Me interesa el ser del duelo, no el duelo como sentimiento”.

Portada de 'El tiempo vivido, sin su fluir', de Denise Riley (Alpha Decay, 2020).jpg

Portada de 'El tiempo vivido, sin su fluir', de Denise Riley (Alpha Decay, 2020).jpg

Eso mismo es lo que explora este ensayo: el ser del duelo. Y lo que encuentra, al reflexionar sobre ello, es un colapso de la relación que quien lo sufre mantenía con el tiempo: “la punzante sensación de que te arrancan de cualquier tipo de flujo temporal”.

“¿Cómo verbalizar un estado tan sorprendente?”, se pregunta Riley. “No digo que tu noción del tiempo se haya distorsionado. El cambio es mucho más radical. La cuestión es que ya no estás dentro del tiempo”.

En lo que empieza siendo una especie de diario y termina siendo una reflexión de gran calado filosófico y poético, Riley emprende con impresionante seriedad una indagación sobre esa “temporalidad alterada” que para ella caracteriza al duelo. Se trata de un tiempo sustancialmente inenarrable, dado que “la experiencia de la atemporalidad boicotea sistemáticamente su propia articulación”. De ahí que sea en la poesía, sobre todo, donde Riley busque los testimonios de esa traumática “ruptura” del tiempo, de ese destierro de la temporalidad a la que ella misma se sintió condenada.

La reflexión sobre el duelo desemboca así en una reflexión sobre la poesía, y esta, a su vez, en un poema justamente famoso, “A dos voces”, con el que se cierra este libro. El poema, publicado en 2012 en la London Review of Books, recibió ese año el Forward Prize, y es como la destilación del ensayo que lo precede, y es un canto de resurrección.