Carolina África dirige, escribe y protagoniza 'Una buena vida'. Foto: Paloma Sánchez Palomero

Carolina África dirige, escribe y protagoniza 'Una buena vida'. Foto: Paloma Sánchez Palomero

Teatro

Carolina África estrena una oda a los cuidados: "Debemos cuidar más la Seguridad Social"

La dramaturga, directora y actriz se encuentra en un momento dulce. Tras su gira con 'Casa-Miento', estrena 'Una buena vida' en el María Guerrero.

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Como un año de nieves, la última obra de Carolina África tiene título de una promesa futura: Una buena vida. “Es la magia de esta profesión, que te hace poder convertir lo terrible en algo artístico y bello. Pero fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida”, comparte la directora, actriz y dramaturga.

Era enero de 2021. Acababa de dar a luz a su segunda hija cuando, saliendo del hospital, en plena borrasca Filomena, se rompió la pierna por varios sitios. “En tiempo real, fue terrorífico”, recuerda ahora sobre esta caída que la mantuvo, en aquel Madrid pospandémico, diez días separada de su bebé recién nacida y de su hijo de dos años y medio sin saber cuándo podría volver a casa.

Siguiendo la estela de aquel recuerdo, en la obra que estrena en el Teatro María Guerrero de Madrid –del 13 de mayo al 21 de junio– la directora nos ingresa en un hospital público. Narra la historia de una mujer –interpretada por ella– que comparte habitación con Teresa (Ahimsa), una octogenaria con demencia senil. Asistidas ambas por un enfermero (Jorge Kent), las atenciones que este les dispensa forman parte del paisaje escénico que los tres trazan.

“Los espectadores verán cuerpos reales, no normativos, mostrando las heridas de una mujer mayor o de una recién parida. Son unos desnudos muy crudos, pero a la vez llenos de belleza”, señala África sobre su planteamiento estético. “Vivimos en el mundo del bótox y del filtro de Instagram, y en la obra vamos a la herida, a la grieta y a la arruga, al michelín y a las costuras. Porque se trata de enseñar un desnudo físico, pero también emocional, próximo a la realidad de todos cuando nos levantamos por la mañana y no al mundo de mentira que fingimos que es el nuestro”.

Tras ese golpe de realidad, Una buena vida representa una oda a las atenciones recibidas. “Los cuidados –dice su autora– sostienen el mundo, desde que somos bebés hasta el final de nuestras vidas. Es el círculo que lo mantiene todo y, sin embargo, son los trabajos invisibles y los peor remunerados”.

“El humor es lo que nos hace poder sostener el drama de la vida”

“Debemos cuidar más la Seguridad Social –desarrolla–. En la vida corremos como un hámster detrás de una zanahoria absurda y lo más importante lo estamos descuidando. Se habla de la externalización de ciertos servicios y eso va en detrimento del usuario. Hay una precarización que busca que la gente contrate un seguro privado, desmantelar lo público y favorecer la privatización, cuando lo bonito es que el derecho a la sanidad sea universal”.

Una buena vida plantea una especie de reivindicación. “Es un alegato amoroso”, matiza África sobre esta obra que nos habla de pandemias y de pérdidas, pero también de esperanza y de amor. Teresa es el contrapunto perfecto de esta historia. Cara y cruz. El inicio y el ocaso de una vida.

Nacer y morir comparten las mismas torpezas y los mismos mecanismos. El viaje de las dos mujeres de la obra son esos cuidados que se dan en el parto y los que se realizan también para despedir a las personas con dignidad”. Y en ese sentido, “esta obra es también un homenaje a esos ancianos que no pudieron ser cuidados en el final de su vida y que murieron en las residencias sin que fueran trasladados”, afirma.

Como es habitual en la obra de África –El cuaderno de Pitágoras, Verano en diciembre, Otoño en abril...–, toda esta solemnidad contrasta con el tono cómico de un texto donde el humor impera por encima del drama, convirtiendo el relato de la directora en pura ternura y emoción.

Un momento de 'Una buena vida', con Carlonia África, Jorge Kent y Ahimsa. Foto: Bárbara Sánchez Palomero

Un momento de 'Una buena vida', con Carlonia África, Jorge Kent y Ahimsa. Foto: Bárbara Sánchez Palomero

“El humor es lo que nos hace poder sostener el drama de la vida. A veces la comedia queda denostada, como si fuera un género menor, cuando es todo lo contrario. Si está bien hecha, nos permite ver simultáneamente varias capas de la realidad. A mí me gusta que surja de ver al personaje en una situación incómoda, que una risa de pronto se atragante y se convierta en una lágrima o, al contrario, que en una situación así puedas soltar una carcajada de alivio”.

De gira hasta ahora con Casa-Miento, la obra que también dirige, escribe, interpreta e, incluso, produce con La Belloch, África disfruta de su año de bienes.

Carolina África durante una escena de 'Una buena vida'. Foto: Bárbara Sánchez Palomero

Carolina África durante una escena de 'Una buena vida'. Foto: Bárbara Sánchez Palomero

“Es un momento dulce, soy muy consciente. Esta profesión es así de volátil. Era un año en el que no iba a tener proyectos y por eso saqué adelante este monólogo. Y, de repente, me llamó Antonio Najarro para dirigir Les ballets espagnols de La Argentina; después Laila Ripoll para la versión de El escondido y la tapada de Calderón con la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico y, finalmente, Alfredo Sanzol para esta producción del Centro Dramático Nacional. Ha sido una obra detrás de otra, pero he conseguido que no me aplaste la bola de nieve”.

Tal vez porque todo se ha deslizado de manera muy orgánica. “Me doy cuenta de que Casa-Miento y Una buena vida podrían formar un díptico”, reconoce. “Una parte importante del monólogo que realizo en la primera tiene mucho que ver con lo que me ocurrió en el parto de mi primer hijo, una preeclampsia grave, y mi decisión de que me casaba después de ver lo frágil que es la vida”.

"En teatro con una silla, el cuerpo de un actor y una voz puedes recrear una batalla"

Escritas y dirigidas ambas por ella misma, la actriz siempre está presente en todo lo que hace. “Fue muy gozoso dirigir desde fuera Vientos de Levante o El cuaderno de Pitágoras, pero tenía ganas de volver a interpretar. Además, en el caso de estos dos espectáculos se partía de una raíz muy íntima y personal que tenía que ver con los dos nacimientos de mis hijos. Hacerlo yo era un ejercicio de honestidad”.

Entre tanto proyecto presente, el futuro se aproxima de otro modo. Si en 2024 dio el salto al cine con su ópera prima, la adaptación de Verano en diciembre, no descarta volver en algún momento a la gran pantalla.

Son dos lenguajes y dos procesos radicalmente opuestos para hacer lo mismo. En teatro se ensaya mucho antes de realizar una toma única delante del público. Y en cine, el montaje va después de haber rodado. Los tiempos también son más difíciles. Son cinco años para levantar una película que, en cualquier fase del proceso, se puede caer”.

“Pero yo creo que el teatro me acompañará siempre –continúa–. En escena con una silla, el cuerpo de un actor y una voz puedes recrear una batalla, simplemente narrándola. En cine eso no es así, depende de muchos factores. Dirigir la película fue una experiencia arrolladora, fantástica y preciosa. Casa-Miento fue mi vuelta a lo pequeñito, un monólogo sin nada, con cuatro elementos cogidos del baúl de mi casa, quería volver a la esencia. Pero ahora ya me estoy cargando las pilas y tengo muchas ideas para el segundo largometraje, un guion a medio desarrollo y muchas ganas”. Mientras tanto nos queda su promesa. Cinco años después Filomena regresa a Madrid.