Image: Los Románov, epistolario de un final anunciado

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Letras

Los Románov, epistolario de un final anunciado

17 julio, 2018 02:00

Nicolás II y su familia caracterizados como santos ortodoxos

Fue el irremisible ocaso de toda una época. Cuando se cumplen 100 años del asesinato de Nicolás II, el último zar de Rusia, junto a toda su familia, Páginas de Espuma edita Románov. Crónica de un final 1917-1918, una selección de cartas, telegramas y diarios que reconstruyen los últimos meses de vida de la familia.

Año 1991. Tras setenta años de férrea dictadura comunista, el edificio soviético se derrumbó con estrépito abriendo una nueva etapa para Rusia. De pronto, como si hubieran surgido de debajo de las piedras, el país se llenó de manifestaciones de nostálgicos de la época imperial, cosacos fieles al zar y fervientes católicos que portan retratos de los Románov, emblemas y banderas imperiales, e iconos cuajados de pan de oro donde el último zar y su familia aparecen santificados. El entonces presidente de Rusia, Boris Yeltsin, llegó a decir ante el féretro real en el funeral oficial celebrado en 1998: "Inclino mi cabeza ante las víctimas de un asesinato despiadado. Hoy se cierra una página vergonzosa de nuestra historia". Finalmente en el 2000, todos los familiares del zar y otros miembros del clan imperial fueron canonizados por la Iglesia ortodoxa.

El mito de Nicolás II, el último zar, salvajemente asesinado junto a su familia por los revolucionarios, se había venido gestando durante décadas, pero hasta hace unos años solo existían especulaciones y medias verdades sobre sus últimos meses e incluso sobre su final, pues siguiendo la tradición rusa, varias personas afirmaron ser alguno de los perdidos hijos del monarca. Tras la exhumación de sus restos en 1991, en 2007 aparecieron los huesos faltantes de dos de sus vástagos, y en 2015 se confirmó finalmente la autenticidad de los despojos. Desde su abdicación en febrero de 1917 hasta ese funesto final, del que ahora se cumplen 100 años, la familia real vivió un período de incertidumbre y cautiverio que ahora reconstruye la editorial Páginas de Espuma en Románov. Crónica de un final 1917-1918, una selección ordenada cronológicamente de cartas, telegramas y diarios que reconstruyen los últimos meses de vida de la familia hasta ese brutal asesinato que se convirtió en trágico símbolo del cambio de rumbo de la historia rusa.

Malas elecciones ajenas, como la compleja relación de su familia con el santón Rasputín o la incomprensible matanza del Domingo Sangriento, episodios de mala suerte, como la estampida que costó la vida a 1.389 personas durante las festividades de su coronación, tomada como un mal augurio, o decisiones directamente suicidas, como la guerra ruso-japonesa de 1904-05 o la entrada en la Primera Guerra Mundial, hicieron que Nicolás II se volviera paulatinamente un zar impopular y poco querido por su pueblo. Como asegura el historiador Simon Montefiore en su libro Los Romanov: 1613-1918 (Crítica, 2016), "No fue el más cruel ni el menos honesto de los zares rusos, pero sí el más incapaz, precisamente en uno de los momentos más duros de los 300 años de historia de la familia Románov".

Pero como se desprende de las cartas, telegramas, diarios y otros documentos, principalmente de los zares y sus allegados, la familia real no era consciente de esa antipatía y vivía en un mundo paralelo ajena a la realidad del pueblo ruso. A comienzos de 1917, cuando se desarrollaban ante sus narices los acontecimientos clave de la Revolución rusa, la última dinastía zarista no entendió nada y se aferraba a la ilusión de que todo volvería a la normalidad. Particularmente la zarina Alejandra, odiada por todos, pueblo y corte, insta a Nicolás a ser firme y violento con su pueblo ante las primeras algaradas revolucionarias de 1917. "¡Sé firme, muestra tu mano poderosa que es lo que necesitan los rusos! Tú nunca has perdido la oportunidad de demostrar amor y bondad, ahora dales a sentir tu puño. Ellos mismos lo piden. Cuántos me han dicho hace poco: 'necesitamos un látigo'. Es raro pero así es la naturaleza eslava. Tienen que aprender a temerte, no es suficiente el amor".

El zar junto a su familia y algunos soldados en 1916

Atrapados entre dos fuegos

Mucho más templado, Nicolás se tiene como un padre amado para su pueblo, opinión que mantendrá toda su vida. Finalmente en marzo es forzado por la Duma a dejar el trono. "La cosa es que para salvar a Rusia y mantener al ejército en la campaña hay que decidir con paciencia. Dije que sí. A la una de la mañana me fui de Pskov con gran pesar por lo vivido. ¡Traición, cobardía y engaño por todas partes!", escribe en su diario el 2 de marzo, día de su abdicación. A partir de entonces el mundo de la familia real comenzará a desmoronarse poco a poco. Sine embargo, para el zar, que siempre había visto el poder como una pesada responsabilidad heredada, supone un alivio dejar el gobierno. El íntimo y familiar relato epistolar que reconstruye el libro lo muestra como un gran padre, más interesado en su familia que en la situación y el futuro del país, que no por ello olvida.

Así lo refleja en sus memorias Kerenski, ministro del Gobierno provisional revolucionario y supervisor del primer encierro de la familia en el palacio de Tsárskoye Selo, donde la situación se asemejaba a la de un arresto domiciliario, aunque estuvieran en su casa, no podían salir y su correspondencia era revisada con rigurosidad. "En su posición de prisionero, Nicolás II disfrutaba de su nuevo modo de vida. Entendí que nada ni nadie le interesaba excepto sus hijos. Su indiferencia hacia el mundo exterior me parecía casi artificial", anotaba. "Se quitó el poder como quien se quita el traje de ceremonia para ponerse el de casa". En efecto, el tiempo pasado en Tsárskoye Selo fue feliz. Aunque viven con desasosiego y angustia por la falta de noticias del exterior y el saber que sus cartas y conversaciones son controladas, pasean y leen, van a misa y Nicolás II y juega con ellos, a cartas, al backgamonn... "Ahora paso mucho más tiempo con mi linda familia", escribe en mayo de 1917, tras cumplir 49 años.

Pero cada nuevo traslado de los últimos Románov significó un paso a peor para la dinastía que había llevado el peso de Rusia desde 1613. En agosto de 1917 la familia real fue llevada a una mansión en Tobolsk, la principal ciudad de Siberia, donde la casa no estaba arreglada para cuando llegaron y tampoco tenían un lugar para pasear. Cada vez más bolcheviques reclamaban la cabeza del zar y Kerenski quería alejarle de los principales focos de tensión. Su lujoso tren de vida descarriló. "Muchos cuartos no están arreglados y su estado es poco atractivo. Luego fuimos al supuesto jardín (una horrible huerta), examinamos la cocina y el cuarto de guardia. Todo se ve viejo y abandonado", narraba Nicolás en su diario.

La familia imperial en Tobolsk en agosto de 1917

Las cartas y anotaciones de esta época destilan el aburrimiento de una vida ociosa y sin responsabilidades. No tenían mucho que hacer y, por eso, los textos se vuelven repetitivos. Hablan del clima, de sus lecturas, del trabajo en el jardín, los paseos en bicicleta, la tala de árboles para calentar la chimenea o el deshielo de la nieve para obtener agua que beber. Otro aspecto importante en la rutina de los Románov era la iglesia, a la que iban todos los días gracias a un permiso especial. De hecho, Nicolás, creyente sincero al igual que su familia, se abandona a una postura fatalista de sometimiento a la voluntad de Dios como modo de encajar cuanto le ocurría. En esa época comienzan a sufrir las primeras humillaciones, como someterse a sesiones fotográficas y portar números de identificación. Pero el mayor padecimiento es la ausencia de noticias del exterior.

Sin embargo, en sus cartas y diarios se concentraban solo en lo bueno que les pasaba: fiestas, misas, una pieza de teatro que hicieron. Vivieron un momento sumamente difícil y estresante, pero con su devoción a Dios y la unidad familiar todavía esperaban lo mejor. En ningún momento ni el zar ni la zarina sospecharon su trágico final. Sin embargo, el zar comenzó a lamentarse de su abdicación, como recoge el tutor y profesor de francés de los niños Pierre Gilliard, compañero de encierro. "Tomó aquella decisión con la esperanza de llevar la guerra a un final feliz y salvar Rusia. Ahora sufría viendo que su renuncia resultó inútil y que él, movido por el bienestar de su patria, en realidad le dio un tiro de gracias con su partida. Esa idea la creó grandes remordimientos".

De déspotas a mártires

En abril de 1918, la revolución comunista de Octubre cuenta medio año de vida, Rusia ha salido de la Primera Guerra Mundial, tildada de "conflicto imperialista", con la firma del Tratado de Brest-Litovsk y está ya inmersa en una cruenta guerra civil. En este clima bélico los Románov son trasladados a la ciudad de Ekaterimburgo y los textos del zar se impregnan de incertidumbre. En Ekaterimburgo, los soldados ya no tuvieron ningún respeto por la familia, pintaron las ventanas y les prohibieron salir. "Los carceleros intentan no hablar con nosotros como si sintieran algo de preocupación o precaución! ¡No entiendo nada!", firmaba el zar en su diario el 28 de mayo de 1918.

Además, la alimentación era muy pobre, porque el gobierno ya no quería mantener a los zares y les torturaban enviando falsos mensajes que aludían a un posible rescate por parte de las tropas blancas, leales al zar. "Pasamos una noche llena de preocupación y nos desvelamos vestidos... hace poco recibimos dos cartas ¡en donde nos informaron de que nos preparemos para ser robados por la gente! Pero los días pasaron y no sucedió nada; la espera y la incertidumbre fueron muy dolorosas ", escribía el zar en junio, inconsciente aunque cauteloso sobre su futuro. Había sido una trampa de sus captortes para ver su reacción ante la proximidad del ejército Blanco.

Sótano de la casa Ipátiev donde fueron ejecutados el zar y su familia

Un mes después, en la noche del 16 al 17 de julio la familia fue llevada por sorpresa al famoso sótano de la casa de Ipátiev. Yákov Yurovski, el miembro del Soviet de los Urales que ejecutó la orden de asesinato de los siete Románov, tres de sus sirvientes y un médico, leyó un pedazo de papel: "Nikolái Aleksandróvich, en vista de que tus parientes continúan con su ataque a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido tu ejecución y la de tu familia". El zar, desconcertado, pidió escucharlo de nuevo mientras era tiroteado presa del desconcierto junto a su familia. Una vez asesinados, Yurovski y sus hombres se deshicieron de los cadáveres varios kilómetros al norte de Ekaterimburgo, cubriéndolos de ácido para que no quedasen restos, y enterrándolos en dos tumbas diferentes. Con ello, trató de no dejar ningún tipo de reliquia que honrar al ejército Blanco.

Aún hoy, la responsabilidad del crimen sigue en discusión. Los bolcheviques, en especial Trotski, se deleitaron con la posibilidad de juzgar públicamente a Nicolás II. Pero Lenin ya había pensado mucho en la alternativa del exterminio de los Románov, temiendo que ese tipo de juicio beneficiara al zar como ya había ocurrido con Luis XVI. Como siempre que tomaba decisiones sangrientas, Lenin se cuidó mucho de borrar sus huellas. La responsabilidad del asesinato de la familia imperial se atribuyó al soviet de Ekaterimburgo y se justificó con la proximidad de tropas del ejército Blanco. Cuando Trotski pidió información a Sverdlov, mano derecha de Lenin, éste le dijo que "Ilich" había tomado la decisión para evitar riesgos. "De hecho, aquella decisión no fue solo racional, sino necesaria. La severidad de la represión demostró a todos que llevaríamos la lucha implacablemente, sin detenernos por nada", escribió Trotski.

Con este brutal asesinato, un aviso del horror que vendría después, terminaban tres siglos de una dinastía cuyo legado sigue vigente en la actualidad en la creencia popular de que Rusia solo puede ser una gran potencia mediante la autocracia, que proporciona protección ante el exterior y evita el caos interno. En este sentido se explica la recurrente e innegociable popularidad del presidente Vladimir Putin, digno sucesor de los zares. Hoy en día la dinastía Románov se percibe en Rusia con la objetividad que se le negó durante las décadas soviéticas. No en vano, gobernaron durante 300 años y son inherentes a una historia rusa que, sin ellos, hubiera sido muy distinta.