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La Enciclopedia Británica y el saber que ya no ocupa lugar
El cese de la producción en papel de este símbolo histórico del conocimiento pone de relieve el imparable avance de la mediatización de la cultura.
Estantería con la desaparecida Enciclopedia Espasa. Foto: El Mundo
Darío Villanueva, secretario de la RAE; Ramón Pernas, escritor y ex editor de Espasa, y Enrique Vicién, de Larousse, hablan del fin del saber enciclopédico, un fenómeno que llegó a España con el milenio
Desde que el libro digital se hizo carne en tinta electrónica e internet el oráculo del mundo, todo el sector de las letras sabía que las primeras publicaciones de papel en caer serían las de consulta, que el saber que se despachaba en grandes tomos acabaría dejando de ocupar lugar. Es el turno ahora de la Enciclopedia Británica, todo un símbolo de la historia contemporánea y fundamental para la historiografía inglesa, que acaba de anunciar el fin de sus 244 años de celulosa para pasarse únicamente al formato digital. Natural y a la vez irónico en un contexto en el que el internauta escribe en Google el nombre de esta publicación y el buscador le remite directamente a su entrada en Wikipedia. Pero no es esta la única causa. Se cierra, en fin, un capítulo en la historia del libro y sigue cerrándose la historia de una revolución, la de la enciclopedia, que ya forma parte de otra revolución, la de la lectura digital.En realidad, el cese de la producción impresa se enmarca en una tendencia que arrancó con el milenio y en la que el género enciclopédico, que tantas cumbres había coronado hasta el boom de los 90 (aquellos señores que llamaban a la puerta con catálogos y la promesa de un televisor de regalo), se vio obligado a redefinirse con el advenimiento de las publicaciones digitales, como la citada Wikipedia o la ya desaparecida Enciclopedia Encarta, que cerró a finales de 2009 debido a su obsolescencia respecto a sus hermanas gratuitas de la red. Las posibilidades de estos almacenes del saber se multiplicaron primero con los CD-Rom y luego con las páginas web, pues permitían actualizaciones, la inclusión de nuevas herramientas y la ampliación de las posibilidades del contenido gráfico con el componente audiovisual. Pero, no obstante, hay un elemento que ha acompañado a la Enciclopedia Británica a lo largo de la historia, así como a similares como la Larousse en el caso francés o a la Espasa en el español: el prestigio. Si bien es cierto que todas estas publicaciones supervivientes adolecen de una pérdida de rigor en los últimos años, también lo es que las digitales son constantemente cuestionadas por su falta de erudición y por el carácter amateur de sus autores. Y, sin embargo, este mundo en el que la producción de tablets ha aumentado en un 256 por ciento el último año, no puede dejar de tender a lo digital.
Así lo atestigua Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española y responsable de los avances de esta institución en el marco electrónico. Asegura Villanueva que la RAE está "absolutamente centrada" en la incidencia que ya tiene la sociedad digital en sus actividades, que se plasman en el Diccionario, la Gramática, la Ortografía y la publicación de textos clásicos. Actualmente la institución trabaja en la XXIII edición del DRAE, que verá la luz en 2014, y que vendrá aparejado con un encuentro sobre el futuro de estas publicaciones en la era digital que, adelanta el académico, contará con grandes editores -entre ellos los de Oxford-, lingüistas computacionales y fabricantes de aplicaciones y dispositivos de la nueva tecnología. "Queremos saber cómo va a ser la XXIV edición y cómo va a continuar esto", explica Villanueva, que sin embargo mantiene que la Academia debe continuar apostando también por el papel: "Oxford ha dejado ya de editar en papel su diccionario. Nosotros tenemos también la oferta del diccionario en línea, que en los últimos dos meses ha superado los 62 millones de consultas mensuales. Estamos ante dos millones y medio de visitas al día. Así las cosas, puede que alguien piense que es una contradicción mantener el libro si tiene esta oferta abierta, pero nuestra postura es mantener las dos ediciones".
Con todo, la RAE no quiere perder comba y promete perfeccionar el diccionario online y pronto presentará sus aplicaciones para iPhone, iPad, Android (en Kindle ya están), pero su postura es que el diccionario es "un monumento de la cultura española" y que como libro "aún tiene vida". Futuro híbrido, pues, para las obras de consulta del español, que se rigen en la Academia por un plan estratégico que buscará las formas de rentabilizar las publicaciones conforme vayan ampliando su presencia en la red. "A diferencia de la Enciclopedia Británica, nosotros no somos una empresa. Estoy seguro de que su decisión se debe a que no han encontrado una opción mejor", concluye Villanueva, quien también confirma la pronta remodelación de la web de la institución.
¿Y las enciclopedias españolas?
La situación de las editoras que publicaban enciclopedias en España es aún peor que la vivida en la Enciclopedia Británica, pues muchas han desaparecido o se han especializado en otros campos. Así, Salvat, Planeta, Larousse... a esta última pertenece Enrique Vicién, hoy responsable de marketing del sello y, hasta hace unos años, editor de enciclopedias. Él señala que ambos casos, el británico y el español, son similares, aunque aquí se adelantó la desaparición porque el ámbito anglosajón goza de una mayor tradición enciclopédica. No obstante, considera que la creencia de que las publicaciones digitales han matado a la enciclopedia en papel no es del todo cierta: "Hay otros factores, como los puramente físicos". Con ellos se refiere Vicién a los cambios en los modos de vida, esto es, la disminución del tamaño de los hogares, el mobiliario tipo Ikea no pensado para albergar este tipo de tomos y, en general, a una menor capacidad económica en las familias.Pero hay otro factor, aporta Vicién, que se halla en el origen de estos cambios y que alude a un menor apego por el conocimiento: "Este tipo de artefactos que acumulaban 'todo el saber', como rezaba nuestro lema, ya no son tan imprescindibles para las familias, que antes estaban dispuestas a hacer un esfuerzo económico para que sus hijos pudieran tener esta herramienta de estudio en sus casas".