Infografía de los monumentos españoles amenazados por el deterioro, según la catalogación de Hispania Nostra. Diseño: Arte EE

Infografía de los monumentos españoles amenazados por el deterioro, según la catalogación de Hispania Nostra. Diseño: Arte EE

Historia

El mapa de los monumentos en peligro: Hispania Nostra, 50 años protegiendo nuestro patrimonio

Una exposición conmemora medio siglo de labor dedicada a la defensa, salvaguarda y puesta en valor del legado cultural español. Araceli Pereda, su presidenta, nos explica los pormenores de la catalogación de bienes en tres listas –roja, negra y verde– en función del estado en que se encuentran.

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Decía el cardenal Roncalli, gran bromista toda su vida y también Papa, concretamente Juan XXIII, que uno de los misterios más difíciles para él había sido determinar el número de las órdenes religiosas femeninas. En España pasa otro tanto con las asociaciones culturales, inabarcables en su cantidad y fines, tan indescifrables en sus relaciones y solapamientos como imposible de determinar su filiación y genealogía por su a menudo corta vida.

Por eso es interesante poder hablar del cincuenta aniversario de Hispania Nostra, una de esas asociaciones que ha sabido permanecer en el tiempo y mantener sus objetivos a través de las vicisitudes políticas y sociales de medio siglo español. Para celebrarlo, la asociación acaba de inaugurar su exposición Hispania Nostra. 50 años comprometidos con el patrimonio en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid.

Nos cuenta Araceli Pereda, su presidenta, miembro de la Academia de las Bellas Artes de San Fernando y Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales, que Hispania Nostra surgió en 1975, a raíz de que aquel era el año del Patrimonio Histórico Europeo, y del hincapié que entonces se hizo en la importancia de la participación de los ciudadanos en la conservación del Patrimonio.

La asociación Europa Nostra había nacido en 1968 y se pensó entonces que podía tratarse de una buena iniciativa para España, bajo la presidencia, entonces, del Duque de Alba, aunque al principio se tratase prácticamente de un grupo de amigos que consiguieron algunos premios europeos. Los primeros de ellos fueron para Covarrubias y para Torre Don Borja en Santillana del Mar. Y desde entonces, las intervenciones y los premios se han seguido acumulando.

Con el tiempo, la asociación no ha dejado de crecer, a la vez que lo ha hecho su catálogo de bienes en peligro, conocido como lista roja.

La asociación mantiene un magnífico mapa interactivo de bienes del Patrimonio cultural y artístico, divididos en tres categorías. La lista negra se refiere a aquellos bienes que ya han sufrido un deterioro irreversible, sea porque se han venido abajo, o han sido desnaturalizados sin remedio; una lista verde, en la que figuran los que de momento están fuera de peligro; y una lista roja, en la que figuran los más de mil quinientos bienes culturales que necesitan algún tipo de intervención para no pasar, por sí mismos o por mano de alguien, a la funesta lista negra.

La verdadera utilidad de esta lista, nos explica Araceli Pereda, es que existe un formulario para que cualquier persona interesada pueda incorporar los elementos patrimoniales en peligro, de modo que salgan del abandono y el olvido al que a menudo están condenados.

Por ejemplo, entre las últimas incorporaciones, podemos ver los cubetos de agua de la estación de ferrocarril de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), la casa Bigorra en Nules (Castellón), la casa de Luciano Grisolía en Baza (Granada), la torre medieval de Cos de Mazuerras (Cantabria), el Castell de Almudéfer, en Caseres (Tarragona) o la ermita de Santa Sofía de Caserras del Castillo (Huesca).

Hablamos fundamentalmente de una lista viva que mantiene implicada a la sociedad, de manera que, con el tiempo y los recursos que se puedan conseguir, tanto instancias públicas como privadas participen en su conservación.

A pesar de las muchas deficiencias que padecemos aún en ese sentido, se ha conseguido con el tiempo que la gente se involucre en la conservación del patrimonio y que no sea ya tan común como en otros tiempos el expolio sistemático de los bienes patrimoniales, como cuando los antiguos castillos y monasterios eran asaltados para convertir sus ábsides y sus muros en cercas para las huertas, materia prima para las casas de los pueblos y puertas para las cuadras de vacas y ovejas.

En mi tierra, por ejemplo, casi desapareció de ese modo el antes grandioso monasterio de San Esteban de Nogales, que aparece hoy en la lista roja de Hispania Nostra, o el Monasterio de Carracedo, o el de la Granja de Moreruela. Por no hablar de castillos como el de Villanueva de Jamuz, Quintana del Marco, o Palacios de la Valduerna, rescatado a última hora y a su manera por Felipe Pérez Pollán, que fuera mi profesor de lengua y literatura en bachillerato, hace demasiados años, y que sigue hoy en la lista roja.

A lo largo de sus cincuenta años, Hispania Nostra ha servido para canalizar actuaciones, y muy especialmente para evitar el efecto adanista, que supone empezar desde cero cada vez que hay que emprender una actuación, de manera que se atesora experiencia y conocimiento a nivel técnico y administrativo, lo que acorta y facilita en gran medida el trabajo de quienes desean poner en marcha un proyecto de recuperación del Patrimonio.

La asociación, a la que cualquiera puede pertenecer por el simple procedimiento de inscribirse y pagar la cuota de cien euros anuales, sigue trabajando diariamente en mantener la lista de bienes amenazados y colaborar, en la medida de sus fuerzas, a su conservación.

Lo principal, por supuesto, es que los heridos (lista roja) pasen cuanto antes a la lista de los curados (lista verde) en vez de a la de los muertos (lista negra), pero su trabajo va mucho más allá, sobre todo en lo referente a la educación en el respeto y la valorización del Patrimonio, y cómo este puede constituir también un importante motor de desarrollo económico y social.

Afortunadamente, cada vez son menos los que en las viejas ruinas ven una cantera para sacar piedras, pero aún queda mucho trabajo por hacer.

La cuestión, ahora como siempre, es involucrar a todos los actores sociales que sea posible, ya sea señalando elementos en peligro, promoviendo su conservación o simplemente corriendo a boinazos a los cuatro energúmenos que destrozan lo que es de todos.

Cada compromiso cuenta. Cada boinazo cuenta.