El historiador Antony Beevor (foto: Laura Fabregat). A la derecha, fotografía de Grigori Rasputín hacia 1910.

El historiador Antony Beevor (foto: Laura Fabregat). A la derecha, fotografía de Grigori Rasputín hacia 1910.

Historia

Antony Beevor, cara a cara con el fantasma de Rasputín: "Su asesinato fue un insulto para el pueblo"

Tras su anterior libro sobre la guerra civil rusa, el reconocido historiador británico se acerca a la figura del consejero espiritual del zar Nicolás II y su esposa para analizar el ecosistema previo a la revolución.

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Cuando estaba embarazada del heredero al trono, María Fiódorovna, esposa del zar Alejandro III y madre de Nicolás II, tuvo un mal sueño. En él, un muzhik (campesinos rusos que hasta 1861 habían estado en régimen de servidumbre) despedazaba a su hijo nonato. La imagen se le quedó grabada a la zarina, más todavía cuando lo consultó con una anciana conocida por su capacidad para interpretar sueños y esta le aseguró que su descendiente llegaría al trono pero sería asesinado por un campesino. Mal asunto.

Es fácil de entender, pues, que años después, con su hijo casado y coronado, la ya para entonces emperatriz viuda no acogiera con simpatía la idea de que un campesino siberiano casi analfabeto llamado Grigori Rasputín paseara libremente por el Palacio de Alejandro, residencia oficial del zar y su familia. Más aún, el stárets (algo así como un erudito dentro de la fe ortodoxa) se desenvolvía con una confianza que rompía con todos los protocolos: hablaba con las fórmulas coloquiales de "tú" en lugar de "usted", tocaba a sus interlocutores al hablarles y se otorgaba el derecho de aconsejar al zar en cuestiones de Estado a través de la zarina. Para colmo, los escándalos sexuales en torno a su figura no hacían sino acumularse.

Bien es sabido que el final de Nicolás II, su esposa y sus hijos no llegó de la mano de Rasputín, sino de unos bolcheviques en Yekaterimburgo la noche del 16 al 17 de julio de 1918, con el emperador depuesto y la guerra civil en marcha. El pueblo, tal y como auguraba el sueño de María Fiódorovna años atrás, se cobró finalmente la vida del último zar de Rusia, por mucho que el favorito de la zarina hubiera insistido, para liberarse de las sospechas que le rodeaban, en que sería la aristocracia la que propiciaría su muerte.

Curiosamente, tan solo dos meses separan la muerte del stárets de la abdicación del zar. Ello ha llevado a muchos historiadores y literatos a teorizar sobre esta posible relación. Famosa es, por ejemplo, la afirmación del poeta simbolista ruso Aleksandr Blok, en la que aseguraba que la bala que mató a Rasputín "impactó en el corazón mismo del Imperio". Por su parte, el jefe de la policía secreta zarista, Konstantín Globáchov sostenía que "fue un error grave que el muzhik se acercara tanto al trono y un error aún más grave que lo asesinaran en esas circunstancias".

A este último da la razón el historiador británico Antony Beevor (Londres, 1946) en su último título, Rasputín y la caída de los Románov (Crítica, 2026), sobre el que habla con El Cultural durante su visita a España. "La familia Románov estaba horrorizada por la forma en que el zar estaba tirando a la basura los 300 años de dominio y autocracia de la dinastía". En este sentido, "el asesinato de Rasputín en diciembre de 1916 llegó demasiado tarde. Todo el daño estaba ya hecho".

Ciertamente, en el momento en el que un grupo de aristócratas encabezado por el príncipe Feliks Yusúpov y el gran conde Dimitri Pavlovich (sobrino del zar) ejecutaron su plan para matar al amigo y consejero de la zarina, ya se daban todas las condiciones para el derrumbe del régimen.

Para entonces, la zarina ya había tomado las riendas del país mientras que su marido estaba entretenido jugando a la guerra —de hecho, el soberano había decidido ocupar el cargo de comandante en jefe, contra el consejo de los que le advertían que eso significaría que le harían responsable de cualquier derrota—. Convencida por Rasputín, entregó las carteras ministeriales a individuos que se caracterizaban por su simpatía hacia el stárets y no por sus aptitudes de liderazgo.

Cubierta del libro 'Rasputín y la caída de los Románov'

Cubierta del libro 'Rasputín y la caída de los Románov'

Lamentable fue, por ejemplo, el papel de Aleksánder Protopópov al frente del ministerio de Interior, uno de los hombres elegidos a dedo por la zarina: "Estaba enfermo de sífilis, que ya le había afectado a la cabeza. Insistió en ponerse a cargo de los ferrocarriles y causó un desastre total porque entró en pánico. Las locomotoras se quedaron en diferentes lugares y se congelaron durante ese invierno; fue debido a ese caos ferroviario que el grano nunca llegó a las ciudades".

A este ecosistema se le añade el escaso respeto que despertaba la figura de Nicolás II entre sus súbditos. Algo de lo que, al menos parcialmente, también se le puede hacer responsable a Rasputín: "Aunque no eran ciertos, los rumores de las relaciones adúlteras entre la zarina y él eran constantes. En una sociedad tan patriarcal como Rusia, eso era un golpe fatal para su imagen".

Y con el hambre rampante y la autoridad del zar socavada, llegó la revolución. "Ninguno de los oficiales desenvainó su espada en defensa de los Románov. Fue un colapso completo. Los líderes revolucionarios estaban exiliados. Fue la gente corriente la que dijo basta. Nadie se opuso y el régimen, sencillamente, se desplomó".

Sexo y fe en la corte

Rasputín llegó a los salones más exclusivos de la capital del Imperio gracias a su singular aproximación a la fe ortodoxa. Era a través de la carne y la tentación cómo se alcanzaba, según el gurú, la verdadera comunión con el espíritu santo. "Su teología era conveniente: decía que el pecado era maravilloso porque permitía experimentar el gozo del arrepentimiento posterior".

A su discurso religioso se añadían sus facultades físicas. Según testigos de la época, tenía una voz profunda y una mirada extraordinariamente penetrante. Apunta Beevor a este respecto otra particularidad relacionada con esto último: "Sus principales devotas dentro de la alta sociedad petersburguesa eran mujeres solitarias. Él les prestaba atención, las escuchaba, algo que, en una sociedad tan machista como la rusa de aquellos años, era una gran novedad".

No fue la curiosa forma de entender la fe de Rasputín lo que le unió tanto a la zarina. Más bien, fue la necesidad de un guía espiritual. De hecho, ya había tenido a alguien así en el pasado, un hipnotizador francés que se hacía llamar monsieur Philippe. "La emperatriz necesitaba desesperadamente un gurú que le dijera en qué creer; por eso, si no hubiera sido Rasputín, otra figura similar habría ocupado su lugar".

Pero, sobre todo, el colofón, lo que lo unió para siempre a la zarina, fue su capacidad para calmar los brotes de dolor del zarévich, quien, como es de sobra conocido, era hemofílico. Una habilidad que se asoció en su momento con ciertos poderes sobrenaturales pero que Beevor aborda de manera mucho más terrenal: "Probablemente la voz de Rasputín era suficiente para calmar al niño, lo que reducía su presión arterial y mitigaba el dolor del sangrado".

Pese a que los rumores que hablaban de supuestas relaciones sexuales con la zarina e incluso con las hijas de esta no eran ciertos, Rasputín fue protagonista de otros muchos escándalos que sí sucedieron. "Su comportamiento fue criminal e hipócrita durante la guerra, usando el chantaje sexual y la violación contra mujeres pobres que buscaban salvar a sus familiares del frente. A pesar de presentarse como el representante del pueblo en la corte, en realidad explotaba a los sectores más vulnerables de ese mismo campesinado".

Pese a todo, fueron las clases altas las que celebraron la muerte del "amigo" de la zarina que tanto se había metido en los asuntos de Estado. En lo que respecta a los estratos más bajos, muchos muzhik, según asegura Beevor, acogieron la noticia con aire taciturno: "Para ellos, solo hubo un campesino que se acercó al trono del zar, y lo mataron. Fue un insulto para el pueblo". Definitivamente, algo se estaba cociendo en Rusia.