Manuel Azaña durante un discurso. Diseño: Rubén Vique

Manuel Azaña durante un discurso. Diseño: Rubén Vique

Historia

"Mi muy querido amigo Azaña": las cartas inéditas que devuelven al político su rostro de escritor

Valle-Inclán, Unamuno y Antonio Machado aparecen, junto a otras figuras como Victoria Kent o Indalecio Prieto, en la nueva recopilación de la correspondencia dirigida al Presidente de la Segunda República.

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Cuando hablamos de Manuel Azaña, lo más habitual es situar la mirada en los años en los que se desmarcó como hombre de Estado durante la etapa republicana, primero como jefe de gobierno y, más tarde, como Presidente de la República. También en su papel durante la Guerra Civil y, por supuesto, su último período en el lamentable exilio francés, acosado por la Gestapo y la mala salud, ante la que finalmente cedería para ser enterrado en la localidad francesa de Montaubán, donde aún descansa.  

Menos frecuente es prestar atención a los años previos a su inmersión en la alta política. Los que pasó codeándose con la flor y nata de la cultura de ese principio de siglo. Es ese el tiempo en el que en España, y sobre todo en la capital, coincidieron varias generaciones artísticas que son ahora legendarias: hablamos de los noventayochistas, de quienes Azaña era firme opositor; de los del 14, a los que se suele adscribir su figura, y de los que vendrían más tarde, los del 27, los hijos de la vanguardia.   

Una élite cultural de la que Azaña se podía envanecer de formar parte. Presidente del Ateneo de Madrid en 1930, había sido secretario de la institución durante siete años, de 1913 a 1920. También había escrito varios trabajos literarios, que, en general, y aunque no han logrado pasar la estricta criba de ningún canon literario, en su momento tuvieron una buena acogida. Por esta parte destacan su novela autobiográfica El jardín de los frailes y el ensayo La invención del Quijote y otros ensayos.

Fundó y editó, por añadidura, varias revistas. De todas ellas, la apuesta más solida fue la que le hizo dimitir como secretario del Ateneo en 1920 para concentrar todos sus esfuerzos en su proyecto: La Pluma, en cuyas páginas reunió a varios primeras espadas de la literatura española del momento. Es en el contexto de esta publicación donde sitúamos las cartas escritas por Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán y Antonio Machado que recoge la editorial Nota al margen en su recopilatorio Mi muy querido amigo Azaña. 

Estas grandes figuras de las letras españolas tratan en estas misivas temas en su mayoría relacionados con la edición de uno u otro número con el futuro presidente de la República y su socio en La Pluma, el director de escena Cipriano de Rivas Cherif, también cuñado de Azaña. 

La excepción es el caso de Miguel de Unamuno, con cuya carta, fechada en diciembre de 1918, se abre el recopilatorio. En ella, informa al por aquel entonces secretario del Ateneo de Madrid Manuel Azaña de que le será imposible impartir una conferencia programada para el enero siguiente. Una cuestión que, en principio, no deja de ser meramente protocolaria. El interés está en el tema a tratar en dicha charla que tenía pensado dar en la institución madrileña: el asunto catalán. 

Unamuno, de hecho, hace mucho más que mencionar de pasada la temática de su conferencia. Dedica la mitad de la carta a ofrecer su punto de vista a un hombre cuyo posicionamiento político es célebremente contrario a la del polémico castellanista de la generación del 98. "Cataluña ha de acabar y muy pronto por separarse del Reino de España", opina. 

Es una misiva que, lejos de lo que se pueda suponer, no está fechada, por ejemplo, en 1934, momento de suma tensión por la proclamación del Estado Catalán que llevó a cabo Lluís Companys. Ocurre, en cambio, más de una década antes, en 1918, inmediatamente después del término de la Primera Guerra Mundial.

El fin de este conflicto le sirve al escritor como base de su argumentación: "En tiempos de Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro Habsurgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su Canciller Canalejas, se pensó en conquistar Portugal y del triunfo, descontado en el palacio de Oriente, de Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico, bulgarizándose España; justo es, pues, que al ser esta derrotada con Alemania —la neutralidad neutral que dijo Romanones era una alianza clandestina con aquel a quien se creía vencedor futuro— justo es, pues, que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no me cabe duda de que la perderá". 

No se preocupan tanto por los asuntos de Estado el resto de escritores que se pasean por la correspondencia reunida en Mi muy querido Azaña. A Valle-Inclán, por ejemplo, lo vemos entre halagado y apesadumbrado por un número especial —de 96 páginas, el doble de las 48 habituales— de La Pluma dedicado a él. 

"Este número me ha consolado y entristecido —comparte el autor de Luces de bohemia—. Los muertos deben sentir una emoción semejante al oír los responsos que aquí, en este mundo, les cantan. Pero antes de los responsos es el tránsito". 

Valle siente un sabor agridulce por unos homenajes que piensa que le están llegando demasiado pronto. "Yo sentía algo de necrológico leyendo este número de La Pluma", confiesa. "De verdad, me parece un muerto aquel de quien hablan: un muerto y un ageno [sic] ¡Dios le haya perdonado!". Algo de razón tenía el legendario dramaturgo, manifestando que aún estaba vivo tanto en lo real como en lo literario. Todavía le quedaba por escribir, por ejemplo, Tirano banderas (1927), gran influencia de las novelas sobre dictadores que proliferaron décadas después. 

Divisiamos también en esta correspondencia a Juan Ramón Jimenez y a Antonio Machado, ambos volcados en su colaboración con La Pluma. Tanto es así, que el primero no da importancia importancia a un mensaje anterior de Azaña en el que este le informa que no podrá remunerar los textos que mandes. Es más, les manda una serie de diez poemas que aparecieron en el número 5 de la revista. 

Por su parte, el hermano poeta de los Machado, también colaborador, adjunta junto a su carta un poema en honor al mismo Valle, a la vez que confiesa haber escrito un texto para el número dedicado al dramaturgo de Vilanova de Arousa que posteriormente destruyó por no encontrarlo "digno de él"

Más allá de lo estrictamente literario, desfilan por esta correspondencia nombres de enorme relevancia en el panorama político español de entonces, Indalecio Prieto y Casares Quiroga entre ellos. Este último, eso sí, no deja de elogiar ya desde el exilio la traducción al francés de una de las novelas de su destinatario. Son cartas posteriores a las de corte "cultural", datadas en los años 30, en las que somos testigos de algunos de los episodios o debates más importantes de la década.

Destaca, en este sentido, el texto escueto pero cargado de contenido que le dedica Victoria Kent en noviembre de 1934, cuando fue detenido injustamente por connivencia en la proclamación del Estado Catalán.

El futuro Presidente de la República recibió entonces un aluvión de cartas de apoyo de la intelectualidad española, entre las que se cuenta la escrita por la exdiputada y abogada: "Usted no necesita unas líneas para saber los que tiene a su lado, sé que no necesita usted de ningún signo para reconocernos y estoy segura de que le consta mi devoción y mi lealtad hacia usted". Un apoyo colectivo que, ya en el exilio y en su lecho de muerte, estuvo muy lejos de recibir.