Robert Mitchum en 'La noche del cazador' (1955)

Robert Mitchum en 'La noche del cazador' (1955)

Entreclásicos

Bob Mitchum, el chico malo de Hollywood

Fue uno de los grandes actores del cine clásico. Aunque solía hacer de villano, a menudo sus personajes parecían héroes trágicos marcados por la fatalidad de su destino.

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Adolescente conflictivo, vagabundo, boxeador, poeta, fumador de hachís, mujeriego, camorrista y cantante, Bob Mitchum fue uno de los grandes actores del Hollywood clásico.

Nunca se dio demasiada importancia a sí mismo. Cuando le entrevistó Barry Norman para la BBC y elogió sus interpretaciones, le cortó en seco, desmontando su panegírico: “Mira, tengo dos tipos de actuación: a caballo y sin caballo. Eso es todo”.

Mitchum aseguraba que le aburrían las películas, especialmente las suyas, y restaba importancia a la profesión de actor: “Todo se limita a presentarse a tiempo, conocer las líneas, dar en el clavo e irse a casa”.

Circulaba la leyenda de que su mirada somnolienta se debía a un puñetazo en el ring. Esa mirada a veces adquiría un tono trágico y burlón con unas gotas de ternura.

En Retorno al pasado, una obra maestra de Jacques Tourneur estrenada en 1947, interpreta a Jeff Bailey, un detective que se deja seducir por Kathie Moffat, una buscavidas encarnada por Jane Greer. A pesar de que Mitchum adquirió enseguida el rol de villano, esta vez no parece un malvado, sino un héroe trágico. No es un hombre totalmente inocente, pero tampoco es un desalmado.

Bob Mitchum y Jane Greer en 'Retorno al pasado' (1947)

Bob Mitchum y Jane Greer en 'Retorno al pasado' (1947)

La fatalidad frustra su romance con Virginia Huston (Ann Miller), una joven sencilla y de buen corazón. Durante una pequeña excursión a un lago, Jeff le confiesa que solo desea construir una casa en la orilla y pasar allí con ella el resto de sus días. Su turbulento pasado impide que se consume su sueño, pero el chico sordomudo que trabaja a sus órdenes en una gasolinera ha comprendido cómo es realmente su jefe, y, tras su muerte, miente a Virginia, asegurándole que Bailey se fugaba con su antigua amante. No es cierto, pero esa mentira ayudará a la joven a olvidarle y comenzar una nueva vida con un chico del pueblo enamorado de ella desde la niñez.

En 1952, Bob Mitchum participó en Cara de ángel, dirigida por Otto Preminger. De nuevo, interpretó a un personaje trágico, Frank Jessup, un conductor de ambulancias con la ambición de abrir su propio taller mecánico. Una llamada de emergencia le pone en contacto con Diane Tremayne, una joven heredera encarnada por Jean Simmons.

Con un aspecto angelical, Diane esconde un espíritu atormentado y retorcido. Odia a su madrastra y ama a su padre de forma enfermiza. Diane consigue que su familia contrate a Jessup como chófer y logra que se distancie de su prometida. Manipuladora y sin escrúpulos, está dispuesta a cualquier cosa para conseguir lo que desea.

Los padres de Diane mueren repentinamente, cuando se precipitan al vacío por un fallo mecánico de su automóvil, que retrocede marcha atrás al arrancar en vez de avanzar. No es un accidente. Diane ha manipulado el coche. Aunque sospecha que ha sido así, Frank accede a casarse con ella para que no puedan testificar el uno contra el otro, pues ambos son sospechosos.

Robert Mitchum y Jean Simmons en 'Cara de ángel' (1952)

Robert Mitchum y Jean Simmons en 'Cara de ángel' (1952)

El matrimonio es un desastre desde el primer día. Atormentada por haber matado a su padre, Diane está desquiciada y cuando Frank le anuncia que se marcha, pues no quiere seguir a su lado, se ofrece a llevarlo en coche a la estación de autobuses. Ya en el automóvil, Jessup accede abrir una botella de champán que ella ha colocado en el asiento de atrás para despedirse de un modo cordial. Mientras él llena las copas, Diane da marcha atrás y los dos se precipitan por el mismo abismo que acabó con la vida de su padre y su madrastra.

Al igual que Jeff Bailey, Frank Jessup no es un hombre ejemplar, pero tampoco es un canalla. Los dos son egoístas y algo pusilánimes. Por eso, cuando se topan con una femme fatale, sucumben a su poder de seducción. Su carácter débil, su relajamiento moral y su hedonismo se alían para provocar su destrucción.

Harry Powell, falso predicador, lobo con piel de oveja, es el personaje más sobrecogedor que interpretó Bob Mitchum. En esta ocasión, el actor trabajó bajo la dirección de Charles Laughton, que logró una obra maestra con La noche del cazador (1955). Paradójicamente, el filme fue un fracaso comercial, lo cual provocó que el actor británico no volviera a dirigir.

Powell es algo más que un malvado. Asesino en serie de viudas, parece un ogro o un demonio. Su perversidad es casi sobrenatural. Los aullidos de rabia que lanza cada vez que algo le sale mal ponen en duda su humanidad. Cuando canta “Leaning on the Everlasting Arms”, un himno religioso compuesto en 1887 para proporcionar consuelo ante las pérdidas, la canción parece diabólica, pero recupera su poder sanador al ser interpretada por Lillian Gish, que utiliza una versión alternativa del estribillo, donde se invoca a Jesús como el único cayado capaz de sostener al ser humano en los momentos más sombríos.

Mitchum resulta verdaderamente terrorífico cuando escenifica con sus nudillos la lucha entre el bien y el mal. En los dedos de su mano derecha se ha tatuado “love”. En los de la mano izquierda, “hate”. Aunque afirma que el amor triunfa sobre el odio, su corazón rebosa rabia, rencor y represión sexual. Cada vez que se siente excitado por una mujer, acciona el mecanismo de la navaja automática que esconde en su bolsillo. Su gesto es tan violento que rasga el pantalón. Su incapacidad de consumar una relación sexual se transforma en furor homicida. Antes de matar, inclina la cabeza, como si escuchara la voz de Jehová.

Durante una estancia de treinta días en prisión, comparte celda con Ben Harper, un granjero pobre condenado a muerte que ha robado un banco para que sus hijos no pasen hambre y que ha matado a dos policías durante el asalto. Antes de ser atrapado, ha entregado a sus dos hijos los diez mil dólares sustraídos.

Robert Mitchum y Shelley Winters en 'La noche del cazador' (1955)

Robert Mitchum y Shelley Winters en 'La noche del cazador' (1955)

Al salir de la cárcel, Harry Powell busca a su viuda, interpretada de forma conmovedora por la siempre magnífica Shelley Winters. Tras seducirla, humillarla y amenazarla, finalmente la mata en una escena con una estética expresionista, donde un haz de luz blanca parece el presagio de un mortal escalofrío.

Sus hijos adoptivos huyen con los diez mil dólares escondidos en una muñeca. Powell los persigue implacablemente, pero se desmoronará al toparse con el coraje y la fuerza de Lillian Gish, que le hiere con una escopeta y le mantiene a raya en un granero hasta que llega la policía.

En 1962, Mitchum volvió a interpretar en El cabo del miedo a un malvado memorable: Max Cady. Dirigido por J. Lee Thompson, logró que Cady, el antagonista de Sam Bowden (Gregory Peck), un abogado honesto y templado, produjera una mezcla de pavor y repulsión. Peck testificó contra Cady por agresión sexual, logrando que lo condenaran a ocho años de prisión.

Al igual que Harry Powell, Cady es un perverso, pero no sufre impotencia. Utiliza el sexo para dominar y vejar a las mujeres. Padre de familia, Bowden encarna los valores que él pisotea con sus delitos sexuales: honestidad, integridad, prudencia, respeto por los demás. La confrontación final entre Bowden y Cady se caracteriza por una violencia casi nihilista. J. Lee Thompson deja en el aire la sensación de que el mal puede ser derrotado de forma provisional, pero nunca de un modo definitivo.

Robert Mitchum y Gregory Peck en 'El cabo del miedo' (1962)

Robert Mitchum y Gregory Peck en 'El cabo del miedo' (1962)

En El Dorado (Howard Hawks, 1966), Mitchum es el sheriff John Paul Harrah. Un desengaño amoroso lo convierte en un patético borrachín, pero su amigo Cole Thorton (John Wayne) acude a su rescate, consiguiendo que recupere su dignidad. Con Hawks, Mitchum vuelve a su papel de personaje maltratado por el azar, pero en esta ocasión se salvará de un final infausto gracias a la intervención de la amistad.

La amistad también desempeña un papel esencial en Yakuza (Sidney Pollack, 1974), donde interpreta a Harry Kilmer, un excombatiente de la Guerra del Pacífico que ayuda a un viejo rival, Ken Tanaka (Ken Takakura), a rescatar a su hija, secuestrada por la mafia japonesa. Kilmer mantuvo un idilio con una mujer, sin saber que era la esposa de Tanaka. Cuando finalmente descubre la gravedad del agravio perpetrado por ignorancia, se corta un dedo y lo entrega a Tanaka a modo de disculpa, cumpliendo un viejo rito samurái.

Los papeles de Mitchum siempre estuvieron muy alejados de los que interpretó Gregory Peck. Habría resultado inverosímil como Atticus Finch. Sin embargo, su imagen de hombre duro a veces aparecía acompañada de una sombra de vulnerabilidad.

Mitchum participó en 132 películas. Si tuviera que escoger una de sus interpretaciones, elegiría sin dudarlo al personaje de Jeff Bailey, víctima de circunstancias que desbordan su capacidad de elegir libremente su destino. Aunque por lo general se muestra pesimista, Bailey reconoce en un momento que el amor y la suerte no son eventos incontrolables. Hay que salir a su encuentro. Sin embargo, él lo hará demasiado tarde, cuando ya no es posible corregir los errores del pasado.

Marilyn Monroe y Bob Mitchum en 'Río sin retorno' (1954)

Marilyn Monroe y Bob Mitchum en 'Río sin retorno' (1954)

Bob Mitchum es uno de esos actores míticos que hipnotizan a la cámara. Apenas aparece en el encuadre, no puedes evitar fijar la mirada en sus gestos y movimientos. Marilyn Monroe poseía la misma cualidad. Otto Preminger los reunió en 1954 en Río sin retorno, un wéstern menor, pero que nos regala imágenes inolvidables de los dos actores. Aunque se rumoreó que mantuvieron un romance, todo indica que solo fueron buenos amigos.

Durante el rodaje de Río sin retorno, Preminger se mostró impaciente y áspero con Marilyn. Mitchum le recriminó su actitud y le exigió un comportamiento más respetuoso. Más tarde, la actriz declaró que Bob siempre fue para ella una especie de hermano mayor y que era una de las pocas personas en las que se podía confiar en Hollywood.

Unos días antes de morir, le llamó por teléfono, pero no pudo contactar con él. ¿Podría haber salvado a Marilyn esa conversación que jamás llegó a producirse? No lo sabemos, pero sí podemos afirmar que en la vida real Bob Mitchum no era un villano, sino un buen tipo al que tal vez le gustaba demasiado divertirse y al que los convencionalismos le importaban un bledo.