John Opie: Mary Wollstonecraft (1790-1791).

John Opie: Mary Wollstonecraft (1790-1791).

Letras

Cuando Mary Wollstonecraft machacó a Edmund Burke: la otra crónica intelectual de la Revolución francesa

La protofeminista y madre de Mary Shelley desmontó en 'Vindicación de los derechos del hombre' la versión conservadora de la insurrección francesa de 1789.

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Al año de la toma de la Bastilla en París, de la Declaración de los Derechos del Hombre, de la marcha a Versalles de las multitudes hambrientas y de la escolta forzada de Luis XVI y María Antonieta de vuelta a la capital, en Inglaterra un político del partido whig (liberal), Edmund Burke, desató la polémica.

Vindicación de los derechos del hombre.

Mary Wollstonecraft

Traducción de Celia Corral Cañas. El Desvelo Ediciones, 2026. 106 páginas. 17,70 €

Publicó el escrito fundacional de la ideología reaccionaria en forma de larga epístola a un amigo en el tumultuoso país vecino. Me refiero a las Reflexiones sobre la revolución en Francia (1790). En realidad, las mismas tienen como auténtico destinatario a los lectores británicos: desde el inicio del panfleto/tratado Burke observa, con alarma, la expansión infecciosa del republicanismo radical en conocidos clubes o sociedades de su amada isla.

Las réplicas en lengua inglesa no tardaron en llegar: en 1791 tenemos la primera parte de Los derechos del hombre de Thomas Paine, los versos visionarios de La revolución francesa de William Blake y contamos además con un texto ardiente de Mary Wollstonecraft (1759-1797). Aquel 1791, la autora de la Vindicación de los derechos de la mujer daría a la imprenta la menos famosa Vindicación de los derechos del hombre (incluyendo esta vez tanto a damas como a caballeros). Podría haberse titulado Anti-Burke.

Al término del texto, la protofeminista y madre de Mary Shelley se refiere a su Vindicación como “comentarios apresurados” (p. 106), pero lo cierto es que, más que premura, estas líneas denotan una rabia como sulfúrica. Cada página del escrito contiene al menos un sopapo dialéctico. Al final, lo de Burke como “muy honorable” suena sarcástico. Hay no pocos ataques ad hominem aquí. “Usted fue el Cicerón de un lado de la cámara durante años y luego, al hundirse en el olvido [...], pretendió volver al ansiado candelero” (p. 77). También acusa a Burke de “tergiversación deliberada” (p. 37) en sus execraciones contra el reverendo revolucionario y dissenter Richard Price.

Las líneas de Wollstonecraft, madre de Mary Shelley, denotan una rabia sulfúrica contra Burke

Es preciso tener en cuenta que, en defensa de tradiciones venerables, el espíritu caballeresco y la Iglesia (sobre todo, la anglicana), Burke había cargado contra una Revolución aún no regicida, anterior a las masacres: su lucidez anticipatoria no podía percibirse entonces. Por otro lado, las Reflexiones causaron sorpresa al venir firmadas por quien, años atrás, había defendido públicamente los derechos de la Revolución (Independencia) de Norteamérica, así como los de las colonias en la India, frente a los abusos de Gran Bretaña. “Bajo qué principio el sr. Burke podría defender la independencia americana, no puedo concebirlo; porque a tenor de sus argumentos plausibles asienta la esclavitud como fundamento eterno” (p. 29).

Burke defendía la existencia de un contrato entre los vivos, los muertos y los que van a nacer y combatía el pensamiento “racionalista” (quijotesco, dice también) revolucionario, que obviaba, con ilustrada imprudencia, consideraciones concretas de tipo histórico. Por su parte, Wollstonecraft consideraba esto “servil reverencia a la antigüedad” (p. 29). Escribe: “¿Se tomará el señor Burke la molestia de informarnos hasta dónde debemos retroceder para descubrir los derechos del hombre, ya que la luz de la razón es una guía tan falaz que solo los necios confían en su fría indagación?” (p. 23).

La intelectual se mofa del espíritu caballeresco que evocó el rétor irlandés y de las ideas sobre la mujer que el mismo promocionaba. Critica también sus consideraciones sobre los clérigos, replica las críticas a la Asamblea Nacional de Francia en su período constituyente y rebaja la gravedad de sus excesos (expropiaciones, etc.) a la luz, sobre todo, de una deplorable tradición de injusticias contra el pueblo llano, tanto en la isla como en el continente.