Tractor cultivando.
Pepe, agricultor: “El golpe de calor llega y no te das cuenta; una botella congelada dura una hora en la cosechadora”
Trabajar con calor extremo no depende solo del termómetro: humedad, sol, esfuerzo físico y maquinaria elevan el riesgo agrícola.
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El campo no siempre permite parar cuando el termómetro se dispara. La cosecha tiene sus tiempos, las averías aparecen sin avisar y muchas tareas obligan a pasar horas dentro o junto a máquinas que acumulan todavía más calor.
Pepe, agricultor de Linares, conoce bien ese peligro. Hace años sufrió un golpe de calor mientras reparaba una máquina con el motor encendido. “Te llega y no te das ni cuenta”, recordó al contar aquella experiencia.
No hubo una señal espectacular al principio. De repente, perdió las fuerzas y tuvo que sentarse, sorprendido porque siempre había aguantado bien el trabajo. Solo después entendió que su cuerpo estaba dejando de controlar la temperatura.
Ese es uno de los riesgos más traicioneros del calor laboral. La persona puede seguir trabajando mientras aparecen cansancio, debilidad, mareos o confusión. Cuando se da cuenta de la gravedad, quizá lleva demasiado tiempo acumulando calor.
Las cosechadoras agravan esa sensación. Pepe explicaba que dentro se alcanzan temperaturas altísimas. Una botella de agua metida congelada puede estar caliente una hora después, pero una avería obliga muchas veces a bajar y arreglarla allí mismo.
La humedad dificulta que el sudor evapore
El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo considera el sector agrario especialmente expuesto. Muchas labores se hacen a la intemperie y el riesgo cambia según la estación, la zona, la humedad, la radiación solar y el esfuerzo.
La temperatura del aire, por sí sola, no cuenta toda la historia. La humedad dificulta que el sudor evapore, el sol calienta directamente el cuerpo y el trabajo físico añade más calor desde dentro, justo cuando el organismo intenta expulsarlo.
El golpe de calor puede avanzar incluso mientras el trabajador todavía suda. Entre las señales de alarma aparecen dolor de cabeza, pulso acelerado, náuseas, debilidad, pérdida de fuerza, confusión, cambios de comportamiento, vómitos o convulsiones.
Desde aquel episodio, Pepe cambió su forma de trabajar. Empieza con los primeros claros, concentra las tareas más duras en las horas frescas y recorta la jornada cuando el calor hace imposible continuar con seguridad.
También bebe con frecuencia aunque no tenga sed. Esa sensación no siempre llega a tiempo ni refleja bien lo que el cuerpo está perdiendo. Aun así, tener agua cerca no elimina el riesgo si la exposición continúa durante horas.
Una revisión científica de 38 estudios de campo, con 2.409 trabajadores de 21 países, confirmó lo que muchos jornaleros y agricultores conocen por experiencia: el calor eleva la temperatura corporal, acelera el pulso y favorece la deshidratación.
La prevención necesita algo más que aguantar. Hacen falta pausas reales, sombra, ventilación, rotación de tareas, hidratación, aclimatación progresiva y capacidad para reorganizar el día cuando el campo se convierte en un lugar peligroso.
La normativa española también obliga a tomar medidas en trabajos al aire libre. Con avisos naranja o rojo, si la protección no está garantizada, la empresa debe adaptar las condiciones, modificar horarios o reducir la jornada prevista.
El relato de Pepe deja una imagen muy concreta: una máquina averiada, un motor soltando calor, el cereal alrededor y una botella congelada que deja de refrescar en una hora. No hace falta mucho más para entender el riesgo.
En el campo, el golpe de calor no siempre llega como una escena dramática. A veces empieza con una debilidad rara, una pausa obligada y la sensación de que el cuerpo ya no responde. Ahí es donde parar puede salvar la vida.