Image: Florentino Díaz: una casa, un tiempo, un país
La casa desolada L.M.E. , 2013
Florentino Díaz nos invita en la galería Astarté a entrar en una casa donde nada es lo que parece y en la que cada vez resulta más difícil el habitar. Una crítica que no puede ser más de actualidad hoy. "Soy español en el paro estoy", se lee en una de sus obras...
La casa y las circunstancias de habitabilidad del ser humano, así como una preferencia por los materiales pobres e industriales, como el acero y el caucho, han presidido la ya larga trayectoria de Florentino Díaz (Cáceres, 1954), quien presenta ahora obras de diversos proyectos, realizados todos en estos tres últimos años, aunque todos coordinados.En 2008 expuso en el Centro de Arte de Burgos la impresionante instalación El estanque de las tormentas. La casa no es habitable, que se servía (y se sirve todavía) de la madera de las puertas arrojadas a contenedores de basura por las reformas del Hotel Palace y el edificio de Atocha 55, en el que estuvo el despacho de abogados laboralistas asesinados por un grupo de ultras franquistas en 1977. Fragmentos del símbolo del lujo y de la memoria histórica se entremezclan en un amplio conjunto de piezas individuales, 'construidas' sino como casitas, sí como lugares o habitáculos significantes de un momento y unas circunstancias críticas, en las que el sentimiento más agudizado para muchas personas, incluido el propio artista, es el de la supervivencia. En ellas la figura humana, masculina, alterna mensajes: el del inmigrante cargado con su maleta entre un bosque de postes, una caricatura bufonesca en el rincón del arte, o siluetas que declaran distintas maneras estúpidas de 'ser español', ese lema patriotero, Soy español en el paro estoy. Un modesto y eficaz recordatorio del estado actual del país, que trasciende la mera coyuntura. He de confesar mi preferencia, por uno quizás más estético, en el que unos palitroques arman dos a modo de banquetas de distintas alturas sobre azulejos ajedrezados verdes y blancos. Un posible monumento público al diálogo en tiempos de oídos sordos.
Una pieza central, que da título a la exposición, colgada de la pared, dibuja un tosco mapa de España, en el que letras procedentes de tablillas de cajas de frutas rezan: 'prevaricación nacional', 'corrupción', 'LME' (La marca España). El segundo grupo importante de obras, precariamente refugiadas en el término Santuario, que defienden la autonomía de la práctica del arte mediante la elevación de una estructura ortogonal, de altura y dimensiones 'humanas', mediante la conjunción de esas formas con una ancha lámina de caucho negro que, como explica el propio artista, ya no dibuja, como en sus obras anteriores, líneas en el espacio, sino que taponan o cubren los huecos que crean las varillas de acero, sofocando el vacío, cerrando los vanos de visión, acogotando la percepción. Aún así, tanto unas como otras alcanzan esas intensidades formales a las que nos tiene habituados el escultor.
Por último, un conjunto de viejas fotografías, seguramente de los años 50, tratadas mediante la adición de gruesas grapas metálicas, que redibujan espacios y añaden personajes de los antiguos tebeos, así como una escultura compuesta por una silla infantil, y un enrejado de madera que contiene una silueta del personaje Mortadelo, y titulada Cada día me parezco más a Mortadelo. Remiten a unos tiempos que creíamos haber perdido para siempre, pero que parecen volver a la memoria porque chispean de nuevo en el presente.