Image: Los retos de Ràfols-Casamada

Image: Los retos de Ràfols-Casamada

Exposiciones

Los retos de Ràfols-Casamada

27 febrero, 2003 01:00

Estructura ocre, 2003

Metta. Villanueva, 36. Madrid. Hasta el 15 de marzo. De 2.000 A 30.000 euros

Albert Ràfols-Casamada (que naciera en Barcelona hace ahora ochenta años) presenta sus más recientes trabajos en la renovada galería Metta. Un buen montón de obras (de las que quizá se hayan colgado demasiadas) que atesoran y hacen transparente las premisas del arte del pintor y poeta barcelonés, esas que vienen marcadas por una intensa reflexión sobre la creación unida a un dilatado aprendizaje (del mirar sensible, la representación y el arte pictórico) que es ya sabiduría.

Tiene este conjunto de telas una marca de vida y de calma, un aire amable que no es inflexión de postrimerías sino naturalidad de cauce ya hecho, de torrente que discurre sin obstáculos. Pinturas que manifiestan, mediante esa especie de condición líquida, el goce de vivir (de existir en el tiempo) y de crear, que traslucen la plena experiencia sensible de las cosas y el posterior trasvase al redil enmarañado de las ideas. Tal amabilidad es abiertamente visible en los temas (horizontes marinos, mínimos bodegones ante la ventana, composiciones de espacios en la noche).

Así, aunque estas pinturas (casi todas de 2002) también sean sinceras sobre el pequeño combate que, en cada una de ellas, ha tenido lugar entre esa idea reflejo directo de la experiencia de lo visible y su paso al lienzo, su superficie, sin embargo, transmite un acuerdo entre la mirada y voluntad del artista y la resistencia de los materiales a los que ha dado forma.

Es quizá en la fase más última de la pintura de Albert Ràfols, en la que más retos se están planteando: el equilibrio entre una depuración representativa que (como es habitual en toda su obra de madurez) roza la abstracción y la inserción de un universo particular de signos que remitan a motivos visibles; el cruce entre el color (que alcanza tanto a la atmósfera del cuadro como a la señalización de su mapa simbólico) y el dibujo (la línea imperfecta, el círculo, configuran a-quello que remite al signo, al motivo); la ampliación del cuadro como ventana a un exterior que es interior y como universo particular (interno) casi infinito. Pero todo ello aparece aquí resuelto sin explosiones, sin estrangulamientos, sin coacción del espectador.

Nos encontramos ante pinturas coherentes no sólo por sí mismas sino también entre sí. Un conjunto que manifiesta el momento que bien podría decirse que es clásico. Obras que han hallado un color nuevo, más vibrante de lo habitual a la vez que más ligero, más integrado en la selva del mundo-caos de lo representado. Cada una de ellas es un esfuerzo callado de la mirada, y un trabajo con los ritmos de las pinceladas, las coordenadas reales (bidimensionales) del cuadro, las masas de color y los borrones. Un esfuerzo que ha encontrado su transcurrir, su avance y deslizamiento.