Yuko Mohri durante el montaje. Foto: Belén de Benito

Yuko Mohri durante el montaje. Foto: Belén de Benito

Arte

Yuko Mohri, la artista que convierte el ruido de las olas del mar en partitura musical

Representó a su país en la anterior Bienal de Venecia y ahora trae al Centro Botín de Santander su primera individual en nuestro país.

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Como en una casa encantada, donde los objetos parecen estar vivos e incluso entablar conversaciones unos con otros, el espacio de Yuko Mohri (Kanagawa, Japón, 1980) encierra varias presencias y energías invisibles que se tornan reales, casi como en un hechizo.

Yuko Mohri. Entrelazamientos.

Centro Botín. Santander. Comisaria: Bárbara Rodríguez Muñoz. Hasta el 6 de septiembre.

El encantamiento de Mohri es, en realidad, un milagro de la ciencia, fruto de la interacción entre fuerzas magnéticas y sorprendentes conductores de energía eléctrica –como manzanas, naranjas y limones–. No se pierdan el proceso de Decomposition (2021-en curso), una de las piezas que presentó en la anterior Bienal de Venecia, en la que representó a Japón, donde la fruta, a medida que se pudre y pierde agua, genera electricidad que, a su vez, activa composiciones sonoras y lumínicas aleatorias.

Sus piezas se retroalimentan a través de los sonidos que emiten, como si se escucharan unas a otras. Lo sonoro emerge como un pálpito y acaba generando una sinfonía experimental. No en vano, Mohri es pianista y fue la líder de una banda de punk. Sus grandes referentes son sonoros: John Cage, Erik Satie e incluso Ryuichi Sakamoto, con quien ha colaborado.

Esta artista es una estrella en su país, de hecho, le acaban de otorgar el famoso premio Calder, dotado con 50.000 dólares, por sus investigaciones tecnológicas en el ámbito del arte cinético.

Lo que podemos ver ahora en el Centro Botín es su primera individual en España. Procede de Pirelli HangarBicocca de Milán, donde fue comisariada por Vicente Todolí y Fiammetta Griccioli, y es, básicamente, un ejercicio de traducción.

Yuko Mohri: 'Me encerraste en una tumba, al menos me debes la paz de una tumba' (2018). Vídeo: M.M.

Mohri convierte el rumor de las olas del Cantábrico en frecuencias y estas, a su vez, en notas musicales que interpreta un piano automatizado. Piano Solo: Belle-Île, Costa Quebrada (2021-24) es una pieza creada durante la pandemia, cuando Mohri se retiró a un bosque y convirtió la naturaleza en intérprete; ahora, en Santander, ha creado una nueva versión con el rumor del mar local.

Entre Erik Satie y su “música de mobiliario” (aquella que no fue creada para la escucha, sino para ambientar) y Claude Monet, quien pintó su primera serie de pinturas en Belle-Île, Mohri avanza un paso más allá, otorgando a la tecnología un papel mediador entre lo sonoro y lo visual. Más que representar el paisaje, lo traduce.

La fruta, a medida que se pudre, genera electricidad que activa composiciones sonoras

La casa encantada de Mohri, situada ahora en el segundo piso del Centro Botín, baila en las teclas que parecen tocarse solas, en las cucharas soperas que giran sobre sí mismas, en plumeros que se yerguen y se desploman con gracia (aunque sin sentido ninguno), o en los peces que son capaces de generar electricidad con su deambular.

A nuestro paso suenan leves tintineos o estruendos inverosímiles: instalaciones cinéticas que se combinan con pinturas abstractas realizadas en la misma sala, para la artista, según dijo entre risas en la presentación “el estudio más caro que he tenido nunca”.

Una vista de la exposición. Foto: Belén de Benito

Una vista de la exposición. Foto: Belén de Benito

Si observan con detenimiento, encontrarán un pequeño cascabel que percute un tambor. La coreografía parece dadaísta, algo absurda, pero, en realidad, recrea un “efecto mariposa”, una metáfora de la teoría del caos. Cada mínimo accidente activa otra contingencia posible.

El espacio expositivo está dividido en una zona clara y otra oscura. La oscura, la más espectacular, acoge una gran instalación titulada Me encerraste en una tumba, al menos me debes la paz de una tumba (2018). En ella, una escalera de caracol de tamaño real gira sobre sí misma, como los rotorelieves de Duchamp.

Está rodeada de cuatro altavoces que distorsionan y amplifican el sonido que la propia escalera emite produciendo una gama de armónicos. Estos tecnicismos, en realidad, no nos dicen demasiado, salvo que lo que allí ocurre no es gratuito. El sentido de la instalación se completa cuando conocemos el porqué del título. Son palabras del revolucionario Louis-Auguste Blanqui durante una entrevista en prisión con el crítico de arte Gustave Geffroy.

Blanqui estaba escribiendo La eternidad a través de los astros (1872), una obra que conmocionaría a Walter Benjamin y en la que desarrollaba una peculiar cosmogonía de la circularidad.

También podemos ver, ahora en la zona clara, la que se abre a la vista de la ría, varias de sus famosas series Moré Moré: Variations (2018-en curso), composiciones escultóricas que declinan un circuito de agua. Las obras surgen, según la artista, al observar las goteras del metro de Tokio y las soluciones descabelladas a las que recurría el personal, quienes toman todo tipo de materiales domésticos, desde ollas, sartenes, cacerolas, teteras o guantes de látex, que se ponen en marcha como autómatas para canalizar el agua invasora.

Las piezas incluyen un instrumento que imita el sonido del goteo en diversas superficies. Hay en ellas una poética de la contingencia y de lo ínfimo: convierten un accidente rutinario, algo que pasa desapercibido, en una coreografía fantasmal, un tanto absurda y mágica.