El vocabulario no se compone solo de palabras –digámoslo así– normales. También lo integran ciertas entidades léxicas formadas por más de una de aquellas, que constituyen un conjunto al que llamamos fraseología y reciben por parte de los especialistas denominaciones varias (algo, por cierto, que en el dominio de la lingüística sucede a menudo).

Una de esas denominaciones es locución, término que permite cómodamente precisar la función que cada una desempeña en la oración. Así, igual que falso es un adjetivo, de pacotilla es una locución adjetiva (un brillante de pacotilla es lo mismo que un brillante falso); si deprisa es un adverbio, a toda castaña es una locución adverbial; y si burlarse es un verbo, tomar el pelo es una locución verbal. Como se ve, las locuciones cumplen en la oración funciones del todo equiparables a las que asumen las palabras ‘normales’.

Pues bien, es obvio que la historia del léxico español no estará completa sin la de su fraseología, tarea en que nuestra lengua se encuentra aún en mantillas (= ‘en los inicios’), por decirlo con una locución adverbial (que son las más abundantes).

Un Diccionario histórico habrá de estudiar de pacotilla, a toda castaña, tomar el pelo y en mantillas en los artículos consagrados a pacotilla, castaña, pelo y mantilla, respectivamente, lo mismo que determinadas expresiones que solo existen para formar parte de una locución; así, no hay un sustantivo sabienda fuera de la locución a sabiendas.

No llega a tanto, pero casi, la locución, también adverbial, a la bartola, que acompaña exclusivamente a verbos como tumbarse, tenderse o echarse y significa ‘con toda despreocupación’. Pues, en efecto, tenemos constancia de que bartola significó ‘panza, barriga’, pero son escasísimos los testimonios que lo prueben.

Tenemos constancia de que 'bartola' significó ‘panza, barriga’, pero son escasísimos los testimonios que lo prueben

La Academia no ha recogido nunca esa forma como nombre, y sí, solo, desde 1852, a la bartola como locución adverbial; pero dos excelentes lexicógrafos, Terreros en el XVIII y Salvá en 1846, sí habían registrado bartola como ‘barriga’.

En cuanto a los testimonios textuales, son, repito, rarísimos, lo que confiere muy subido valor a un edicto inquisitorial de 1741 en el que se prohíbe in totum cierto Sermón gracioso y entretenido para predicar después de bien aforrada la bartola. No he podido localizar ese panfleto de tan obvia intención anticlerical, que en efecto pasó al Index de libros prohibidos de 1747.

No solo es más frecuente la locución que el sustantivo, también se documenta antes. En cierta polémica sostenida en 1674, de cuyos detalles he de prescindir aquí, un “Antón Quixada” verosímilmente seudónimo traslada a su oponente que “se puede tender a la Bartola, sin cuydado, y rascarse donde le picare”. La mayúscula acaso obedezca a una identificación con Bartola en tanto que femenino de Bartolo, y este a su vez hipocorístico de Bartolomé.

En el siglo XVIII emplean la locución a la bartola Torres Villarroel (en un par de ocasiones), Tomás de Iriarte y algún que otro autor menos conocido. Desde entonces hasta hoy su presencia en los textos ha sido constante.

Suele ser arduo desentrañar la justificación de cada combinación fraseológica, su porqué, sustantivo este que a los aficionados a semejantes ‘curiosidades’ (pero son mucho más que eso) les traerá al recuerdo un célebre libro de José María Iribarren, El porqué de los dichos (1955), en el que, por cierto, prácticamente ni pío se dice de a la bartola.

No es difícil, en todo caso, asociar mentalmente esa mención de la tripa con la postura de quien se halla plácidamente boca arriba, en situación de total relajo, disfrutando al máximo del dolce far niente...