Novela

Elegía

Philip Roth

16 noviembre, 2006 01:00

Philip Roth. Foto: Douglas Healey

Traducción de Jordi Fibla. Mondadori. Barcelona, 2006. 160 páginas, 15'50 euros

En Crónica de una muerte anunciada Gabriel García Márquez ensayaba un modelo narrativo en que el suspense quedaba fulminado en los primeros compases y, sin embargo, la novela lograba conducirnos por los senderos de la ansiedad. Un tratamiento similar de la estructuración novelada encontramos en la última novela de Philip Roth, Elegía: "Alrededor de la tumba, en el ruinoso cementerio, estaban algunos de sus amigos colegas publicitarios de Nueva York"(pág. 11). El desenlace ha quedado desvelado en las primeras líneas, cuando el lector asiste al funeral del anónimo protagonista y las últimas tienen que ver con el preciso momento de su muerte: "Ya no existía, liberado de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como había temido desde el principio" (pág 150).

El protagonista es un hombre cualquiera (Everyman es el título original de la novela en inglés) cuya vida ha sido tan vulgar e insustancial, pero al mismo tiempo tan singular y compleja, como la de cualquiera de nosotros. Sabemos que se casó tres veces y divorció otras tantas, que su origen es judío, que estuvo trabajando de publicista en una agencia de Nueva York, que tiene un hermano mayor por quien siempre sintió una cierta envidia debido a su excelente salud, dos hijos con quien mantiene relaciones distantes a causa del divorcio con su madre y una hija, quien preparó el funeral (tal vez sea ésta la novela de Roth en la que las mujeres sean representadas de forma más positiva), que su salud empeoró al saltar la barrera de los cincuenta siendo sometido a distintas operaciones, entre ellas cinco bypasses, que era un hombre amigable y trabajador, que su afición era la pintura... es decir un personaje apriorísticamente caracterizado por similares rasgos distintivos a los héroes "rothianos" que le precedieron. Pero este Everyman presenta una particularidad respecto al resto, que a la postre conferirá la sustancia del argumento: durante toda su vida estuvo obsesionado por la muerte. La angustia existencial le acompañó desde que, siendo niño, ingresó en un hospital para someterse a una operación de hernia; desde entonces se sintió atenazado ante la realidad absoluta de la muerte, inquieto por el destino que habría corrido su compañero de habitación. Su filosofía de vida, tal como recuerda su hija frente a la tumba, era clara: "No se puede rehacer la realidad. No cedas terreno y tómala como viene."

Si recordamos, el personaje paradigmático de Roth, Nathan Zuckerman, sufrió distintas enfermedades a lo largo de su dilatada vida literaria; para el protagonista de Elegía la enfermedad no es un "inconveniente", sino parte intrínseca de la existencia. A diferencia de otros héroes, él no se preocupa de temas mundanos y su dicotomía tampoco se ajusta a la habitual, ahora se debate en el dilema vida-muerte. Tampoco es la primera vez que Roth se muestra preocupado por la muerte. En The Dying Animal ya había mostrado similar obsesión, pero en este último título alcanza una dimensión comparable a aquélla del impresionante relato de Lev Tolstoi, La muerte de Ivan Illich. El problema fundamental que se plantea es la destrucción del hombre, tema magistralmente tratado en títulos como Pastoral Americana o La mancha humana, pero ahora no se trata de la destrucción personal o social, sino de su destrucción física.

El componente filosófico-existencialista, que en ningún momento se revela de forma explícita, subyace de principio a fin tal como ya refleja la referida cita de la conclusión, "liberado del ser, entrando en la nada". Es esa angustia existencial del individuo existencialista ante la ineludible realidad de la muerte -el Sein-zum-Tode de Heidegger- ante la que se enfrenta el protagonista. Pero cualquier carga negativa queda desterrada al entender, el protagonista, que ser y existir son la misma cosa y que el ser en el mundo tiene más que ver con co-existir con otros que con postulados religiosos.