Portada del diario 'Clarín' publicada el día anterior al golpe de Videla y fotografía de Enrique Shore de uno de los centros de detención que utilizaron en Argentina los militares durante la dictadura.

Portada del diario 'Clarín' publicada el día anterior al golpe de Videla y fotografía de Enrique Shore de uno de los centros de detención que utilizaron en Argentina los militares durante la dictadura.

Historia

23 de marzo de 1976: la noche en que en Argentina anunciaron 'Inminencia de cambios'

El escritor Pablo Maurette, galardonado con el Premio Herralde 2025, reconstruye la noche anterior al Golpe de Videla desde la óptica de su padre.

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Publicada

Es martes, acaba de empezar el otoño, y un grupo de amigos se junta a festejar un cumpleaños en un departamento de la calle Tacuarí, pleno centro de Buenos Aires. Se conocen de la facultad, salvo un par cuya amistad con el agasajado se remonta a un pasado más lejano. Si bien la ocasión amerita jolgorio reina un ambiente lúgubre. En la mesa del comedor hay botellas de cerveza, bolsas de papas fritas y un diario del día con un titular misterioso: INMINENCIA DE CAMBIOS EN EL PAÍS.

Una de las amigas del cumpleañero cuenta que esa tarde estaba en clase y entraron tres soldados armados hasta los dientes para revisarles las mochilas a todos en busca de material subversivo. Cuenta, también, que la profesora observaba el proceder de los soldados con una sonrisa apenas disimulada. Alguien vaticina una catástrofe. Otro le responde, sobrador, que desgraciadamente no corren tiempos tan interesantes y lo acusa de provincialismo histórico. Un tercero expresa el deseo profundo de que "se vaya todo a la recontra mierda".

La chica que contó lo del soldado cuenta también que, un par de noches atrás, se llevaron al novio de una amiga suya. La pareja estaba paseando por la zona del Jardín Japonés, cuando los interceptó una camioneta del ejército, les dieron la orden de echarse al piso, esposaron al muchacho y se lo llevaron. Lo tuvieron toda la noche encapuchado, en ropa interior, lo interrogaron, le pegaron y a la mañana siguiente lo liberaron habiéndole llenado los bolsillos del pantalón con panfletos del Ejército Revolucionario del Pueblo.

La noche avanza y la conversación se vuelve áspera como lengua de gato. Los que simpatizan con los guerrilleros son un poco más optimistas que los que aborrecen la lucha armada, pero todos suenan bastante desencantados. A las doce, la novia del agasajado trae la torta, apagan la luz, cantan el feliz cumpleaños, soplan las velitas. "¿Pediste tres deseos?", le preguntan. "Sí —dice el festejado–, salud, dinero y amor". "Ahora que lo dijiste, no se van a cumplir", presagia alguien. Nunca falta el pájaro de mal agüero.

Brindan y la fiesta sigue. Escuchan Wish You Were Here, fuman, beben. Mi padre se va sin despedirse a las dos de la mañana. Tiene veintidós años y acaba de pasar una larga temporada en Inglaterra. Camino a la parada de colectivo, se pregunta por qué demonios regresó a la patria. La calle está muda y desierta. Dieciocho grados, el aire plácido de fin de verano. Pasa un rato largo y el colectivo no llega. Está tan agradable que decide caminar siguiendo la ruta del colectivo. A la altura de Avenida de Mayo, ve pasar dos camionetas a toda velocidad y recuerda que lleva el pelo largo, que tiene una camisa de fajina verde, a ver si lo confunden con un montonero y se lo chupan.

Unos cincuenta soldados con casco y armas largas avanzan sigilosamente, encorvados y en fila india, hacia la entrada del edificio de Entel

Entonces aparece el colectivo en el horizonte de la calle vacía, una mole espectral que se mueve traqueteando. Corre hasta la parada siguiente. El colectivo está vacío. Se ubica en el último asiento individual, apoya la cabeza contra el vidrio y ve pasar las calles. Las calles a las calles son iguales. Se queda dormido. Lo despierta algo que dice el colectivero. No llega a entender, pero constata que se refiere a una escena alucinante que se está desarrollando frente a ellos. Unos cincuenta soldados con casco y armas largas avanzan sigilosamente, encorvados y en fila india, hacia la entrada del edificio de Entel. Como acto reflejo, mi padre se hunde en el asiento. Una vez que se han alejado, le pregunta al conductor: "¿Y eso?" El hombre no responde.

Cuando finalmente se baja, justo antes de que se cierre la puerta, el colectivero le grita: "Ahora sí que cagaron fuego ustedes". Él le hace un corte de mangas y lo ve acelerar y perderse en la avenida. Llega a su casa, se desviste, se lava los dientes y se mete en la cama. No tarda en conciliar el sueño mientras que, cada vez más lejos de allí, el colectivo cruza la ciudad dormida rumbo al confín y pasa por la Escuela de Mecánica de la Armada, en uno de cuyos edificios, el Casino de Oficiales, ya funciona un centro de detención clandestino, donde, en cuestión de semanas, dos de los invitados a la fiesta de esta noche serán torturados y fusilados a quemarropa, según testimonios de sobrevivientes. Sus cuerpos, como tantos otros, siguen sin aparecer.

Pablo Maurette es escritor. Su última novela, El contrabando ejemplar (Anagrama, Premio Herralde 2025), está inspirada en la desdichada historia reciente de Argentina.