Carmen Díez de Rivera en su juventud. Foto: cortesía de la familia.

Carmen Díez de Rivera en su juventud. Foto: cortesía de la familia.

Historia

"Carmen Díez de Rivera pensaría que el feminismo se ha pasado de rosca": la biografía que repara un olvido

Carmen Domingo pondera en 'La soledad fue el precio' (Premio Comillas) el papel desempeñado en la Transición por la mujer audaz que fue mucho más que la secretaria de Adolfo Suárez.

Más información: Carmen Domingo, Premio Comillas con una biografía de Carmen Díez de Rivera, la "musa" de la Transición

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Nada mejor que un buen salseo para opacar méritos. Si, además, eres una mujer en un mundo de hombres y has vivido una época no precisamente propicia para que reconozcan tus capacidades, lo normal es que acabes arrumbada en los cajones de la historia.

Esto puede ocurrirte si eres Carmen Díez de Rivera (1942-1999). Te recuerdan poco más que por ser "la musa de la Transición", la secretaria de Adolfo Suárez, con el que se rumorea que tuviste un romance, y, si acaso, por ser el fruto de una relación extramatrimonial... Hasta que viene alguien a rescatar tu verdadera historia.

La filóloga, escritora y dramaturga Carmen Domingo (Barcelona, 1970) ha acometido esta necesaria labor reparadora. La soledad fue el precio. Vida de Carmen Díez de Rivera (Tusquets), reconocido con el Premio Comillas, es el resultado de una investigación llena de obstáculos que, sin embargo, no han impedido acreditar la influencia de la eurodiputada en la política española durante uno de los momentos más apasionantes de nuestra historia reciente: la Transición.

"No la citan en prácticamente ningún libro, lo cual es bastante alucinante", lamenta Domingo en una conversación con El Cultural. ¿Los motivos? Podrían obedecer a una razón "muy masculina" que se remontaría a los años en que Suárez aún vivía y no tuvo a bien valorar lo que era un hecho: su "constancia" y "el convencimiento en lo que hacía", que habrían determinado la toma de determinadas decisiones cruciales por parte del presidente.

Suárez habría tenido "miedo de reconocer lo que hicieron quienes habían estado a sus órdenes, porque es como si le quitaran valor", insinúa la autora, convencida de que le debemos en gran parte a ella la legalización del Partido Comunista. No es cualquier cosa, según Domingo, pues "a lo mejor tú y yo estaríamos hablando de una manera distinta porque habríamos tenido una Transición distinta o ni siquiera hubiéramos tenido una transición como tal".

Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera. Foto: cortesía de la familia

Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera. Foto: cortesía de la familia

En aquel momento, Díez de Rivera era la jefa del Gabinete de la Presidencia –primera y única mujer en ostentar tal cargo–, una de las personas de confianza de Suárez, al que le abrió algunas puertas: no hay que olvidar que el líder de UCD procedía del Movimiento, lo que despertaba no pocos recelos entre las otras formaciones políticas.

La soledad fue el precio se hace cargo del sinuoso camino que tuvo que atravesar Díez de Rivera hasta llegar a ese despacho. De linaje aristocrático y criada entre algodones, a los 16 años descubrió que su padre –el marqués de Llanzol– no era su padre, sino que ella había nacido de una relación extraconyugal entre su madre, Sonsoles de Icaza, y la mano derecha de Franco, Ramón Serrano Suñer.

Se lo contaron cuando, con 16 años, había empezado a coquetear con el hijo del gerifalte: Ramón Serrano Polo "Rolo", su medio hermano. Ahogada en un desengaño que le haría desconfiar de todo aquel que se le cruzara hasta el resto de su vida, se marchó. Primero a Suiza, donde conoció a los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía, con quien conservó la amistad hasta su muerte. A su regreso, quiso internarse en un convento de clausura en Ávila, pero recapacitó a tiempo.

Estudió en Oxford y se fue a París, donde comprendió que "la vida era mucho más que lo que ocurría a dos manzanas de su casa", según apunta Domingo en esta entrevista. Un gesto en la ciudad del Sena nos da la medida de su carácter: un día llamó a la puerta de Sartre y, desde entonces, mantuvo con él una cariñosa correspondencia.

Pero lo que cambió su vida fue un viaje humanitario a Costa de Marfil. "Cuando se va a África, nace de nuevo", sentencia su biógrafa, porque "se da cuenta de que había gente que lo pasaba mal, que quizás era algo que hasta entonces ella ni siquiera se había planteado".

Pletórica de conciencia social y política, regresa a España convencida de ser una mujer independiente. Comienza a trabajar en la mítica Revista de Occidente y tiene una relación con Emilio Alonso Manglano, a la postre jefe del Cesid y del CNI. Eran los últimos compases del franquismo y alguien le anima a ingresar en TVE, comandada entonces por Suárez.

"¿Cómo usted, tan joven, puede ser un fascista?", le espetó en su primer encuentro. Una impertinencia que Suárez interpretó como un signo indeleble de su carácter. Desde entonces, lo acompañó en todos sus cargos –como ministro del Movimiento, como delegado en Telefónica...– hasta la presidencia del gobierno.

Más allá de su inmensa capacidad de trabajo –"No entraba en ningún pleno ni en ninguna comisión sin haberse leído todos los documentos", asegura Domingo– y de su habilidad para las relaciones públicas, que fructificaron –gracias a su mediación– en reuniones que parecían imposibles, su biógrafa quiere "que se ponga en valor que fue de las pocas personas que, estando en la política, eran capaces de tener visión de futuro".

Carmen Díez de Rivera charlando con dos corresponsales extranjeros. Foto: cortesía de la familia

Carmen Díez de Rivera charlando con dos corresponsales extranjeros. Foto: cortesía de la familia

Y es que "normalmente, los políticos de la actualidad resuelven el mañana, pero Carmen pensaba que dentro de veinte años aquello en lo que trabajaban podría tener sentido". Ocurrió con la legalización del Partido Comunista: "Ella vio claro que, sin eso, la democracia no podía avanzar".

También con el ecologismo, en su etapa como eurodiputada del PSOE de Felipe González tras separarse de Suárez. "Estaba convencida de que, a lo mejor, en ese momento no era un tema tan candente, pero sí lo iba a ser en el futuro. Eso es de político de raza", resuelve.

El feminismo fue otra de las causas por las que Díez de Rivera no dudó en remangarse. Incluso antes de la muerte de Franco, cuando decidió ponerse en contacto por carta con su verdadero padre, acudió a manifestaciones a favor del aborto. Por supuesto, siguió haciéndolo en democracia. Su biógrafa, no obstante, cree "con toda seguridad" que ella "estaría más cerca del feminismo tradicional socialista, para que nos entendamos", esto es, alejada del "feminismo hegemónico actual", del que pensaría que "se han pasado de rosca".

El machismo de aquellos años cercó su vida personal y profesional. "Vas por la vida hablando cuatro idiomas y lo que prima es que tengas los ojos azules…", dice Domingo, sarcástica. Y añade: "Entiendo que también fue una de las razones que hizo que se apartara de un amplio círculo de amistades", entre las que se encontraba Francisco Umbral, que aireó en sus columnas algunas de sus intimidades. En fin, que "si eres fea, mal por ser fea. Y si eres guapa, mal por ser guapa, porque no puedes ser lista...", lamenta la autora.

Carmen Domingo. Foto: Tusquets

Carmen Domingo. Foto: Tusquets

Entre los rumores que circulaban acerca de su vida privada, fue muy comentado el presunto romance que habría tenido con Adolfo Suárez, pero ella despachó el chisme con esta frescura: "Ya le gustaría a Suárez que eso fuera verdad".

La soledad fue el precio es mucho más que un título enormemente certero, en tanto que pone de manifiesto las consecuencias de ser una mujer brillante en un mundo que aún no estaba preparado para sus méritos; además, es una biografía con trazas de ensayo riguroso que, sin embargo, no está destinada a académicos. Antes al contrario, se puede leer como una novela, pues es el relato de una vida fascinante. Y, si fuera poco, resulta una excelente oportunidad para comprender las dinámicas internas de la Transición política.