Tycho Brahe y el cuadrante mural que utilizaba para medir la elevación de los cuerpos celestes. Foto: Wikimedia Commons

Tycho Brahe y el cuadrante mural que utilizaba para medir la elevación de los cuerpos celestes. Foto: Wikimedia Commons

Ciencia

Entre la asfixia del presente y el refugio de aquel pasado en el que estaba todo por hacer

Ante un presente abrumador y un futuro incierto, es un alivio recurrir a lo que ya ha sucedido. Dos nuevos libros nos auxilian en este cometido. 

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En tiempos oscuros como los actuales, el presente, y acaso aún más el futuro que atisbamos, ocupa muchos de nuestros pensamientos, teñidos de temores. ¿Seguiremos asistiendo a espectáculos que, si no fuera por su importancia global o nacional, sería adecuado calificarlos de cómicos, propios de tiempos lejanos, cuando en realidad son reales, muy reales, y tan dramáticos como descorazonadores? ¿La cada vez más omnipresente inteligencia artificial hará de nosotros, seres orgánicos, meros espectadores de los desarrollos y aconteceres sociales, económicos e históricos?

Eso sí, "meros espectadores" que ayudaron a sembrar ese futuro mezcla de algoritmos y chips al haber estado ensimismados mirando continuamente a teléfonos inteligentes. Si para Augusto Monterroso, "cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí", para las generaciones actuales lo adecuado sería decir que cuando despiertan "el teléfono seguía ahí".

Y no convivimos ya con tipos "inocentes" de inteligencia artificial, y esto es así hasta el punto en que tal vez en el futuro se hable de "La era anterior a los ChapGPT", o de la "Era de los ChapGPT".

Asfixiado, o mejor, asqueado de tanta brutalidad, de tanto cinismo, de tanto negacionismo (el cambio climático, dicen, es un invento de especuladores o ignorantes), de tantas novedades en el mundo digital, que parece que uno es un dinosaurio en vías de extinción si no se hace rápidamente con el nuevo modelo de teléfono inteligente.

Para muchos, yo seré seguramente un auténtico dinosaurio: los teléfonos, al igual que los ordenadores, me duran bastantes años; en el que ahora escribo estas líneas me acompaña desde hace más tiempo del que recuerdo. No llego, eso sí, a los niveles —admirablemente idiosincráticos— del inolvidable Javier Marías, que nunca abandonó su querida máquina eléctrica, y que me enviaba correos electrónicos que se los preparaba otra persona —creo que siempre, o casi siempre, su esposa, Carme López Mercader—, con un archivo adjunto en el que le habían escaneado la nota manuscrita con lo que quería contarme.

Asfixiado-asqueado, decía, de todo esto, y, aunque no olvido el presente, ni lo que parece venir, esforzándome por entenderlo, y, a veces, tratando de transmitir a ustedes, amables lectores, mis opiniones, con cierta frecuencia me refugio en el pasado, el hábitat más preciado de un historiador, aunque sumándome a lo que el politólogo italiano Benedetto Croce escribió en su libro La historia como hazaña de la libertad (1938; Fondo de Cultura Económica, 1992): "La cultura histórica tiene por fin conservar viva la conciencia que la sociedad humana tiene por propio pasado, es decir, de su presente, es decir, de sí misma; de suministrarle lo que necesite para el camino que ha de escoger; de tener dispuesto cuanto, por esta parte, pueda servirle en lo porvenir".

Para el refugio que da el pasado —tal vez "cobarde", porque lo importante es el presente y el futuro— sirven bien dos libros recientes: Las rutas del conocimiento. Un recorrido intelectual por la Europa medieval (Alianza, 2025), de Franco Cardini, y En el palacio de los astrónomos. La transformación de la ciencia en la Europa del Norte del siglo XVI (Taurus, 2026), de Violet Moller, a la que recuerdo por otro libro magnífico, La ruta del conocimiento. La historia de cómo se perdieron y redescubrieron las ideas del mundo clásico (Taurus, 2019).

Cardini y Moller nos retrotraen a un mundo en el que se sentaron las bases de lo que son las sociedades actuales

Libros que nos retrotraen a un mundo en el que se sentaron las bases de lo que son las sociedades actuales. Un mundo en el que, si pensamos en la ciencia moderna —y con la matemática como principal excepción; ¿cómo olvidar a Euclides?—, estaba casi todo por hacer, innumerables fenómenos y realidades por descubrir, y teorías por construir.

No se puede decir lo mismo del tipo de "cultura general" que en el siglo XIX se bautizaría con el nombre de "Renacimiento" (que cubre los siglos XV y XVI), ni tampoco del derecho, la política, la educación o la religión, campos cuya herencia todavía perdura, por ejemplo, con el Derecho Romano, las universidades o el cristianismo.

De estos dominios se ocupa Cardini, centrándose en la Edad Media (siglos V-XV), período histórico que ha tenido que soportar el sambenito de "Edad Oscura", cuando no fue tal, salvo que nos empeñemos en pensar que es "oscura" cualquier idea o contribución que se aleje de las que ahora nos son comunes. Algo que se llama "anacronismo".

En en el palacio de los astrónomos, Moller deja atrás a esa supuesta "Edad Media oscura" para ocuparse del siglo XVI, en el que arrancó la denominada "Revolución Científica", y en el que junto con el siglo XVII se sentaron las bases de la ciencia moderna.

Pero en lugar de centrarse, como es habitual, en los grandes héroes de aquella etapa maravillosa de la historia de la ciencia, los Copérnico, Kepler, Galileo, Boyle, Harvey o Newton, Violet Moller adopta un enfoque muy diferente, el de lo acontecido en cinco ciudades: Núremberg, Lovaina, Kassel, Hven y Praga, más la casa londinense, "Mortlake", de un personaje de novela, John Dee, así como en una ciudad que, escribe Moller, "no aparece en ningún mapa. Solo puede visitarse en las páginas de una extraña y delgada novela escrita por Francis Bacon", la "Atlántida", "una tierra ignota y mágica, poblada por gentes cultas y civilizadas".

Las "gentes cultas y civilizadas" de esos lugares forman un gran caleidoscopio que protagonizan el libro de Moller: nobles ricos y poderosos que se sentían atraídos por los misterios del cosmos, como Guillermo de Hesse-Kassel, que se convirtió en un notable estudioso y observador de los cielos, o el gran coleccionista y amante de lo esotérico, Rodolfo II, que acogió en Praga a Tycho Brahe, quien al perder el favor del nuevo rey danés fue expulsado de su idílica isla-observatorio de Hven.

También se encuentran astrónomos que al mismo tiempo que compilaban tablas astronómicas, se involucraban en negocios relacionados con la imprenta, como Regiomontano, que hizo de Núremberg su hogar. Y artistas como Durero que, obsesionado por el estudio y representación de la naturaleza, intercambiaba grabados suyos por curiosidades naturales (un coco de la India, trozos de coral, flechas de bambú…).

Lejos estaban todavía los tiempos en los que la actividad científica estaría claramente definida, y aquellos que la cultivaban, los científicos, serían profesionales que no necesitarían de mecenazgos de la aristocracia de cuna. Aunque sí necesitan de otros "mecenazgos", no siempre de "lo público".