Fragmento de 'Reflejo con dos niños (Autorretrato)', 1965. Museo Thyssen. Fotos: © The Lucian Freud Archive

Fragmento de 'Reflejo con dos niños (Autorretrato)', 1965. Museo Thyssen. Fotos: © The Lucian Freud Archive

Arte

Autobiografía pictórica de Lucian Freud en su centenario

Pintor del cuerpo humano, de dolorosos desnudos, uno de los grandes retratistas del siglo XX hubiera cumplido cien años este mes de diciembre

12 diciembre, 2022 00:54

Se cumple en estos días el centenario del nacimiento de uno de los grandes retratistas del siglo XX. Lo que es decir muchas cosas, porque el retrato, que en épocas anteriores representó el culmen de la maestría de un pintor, no les interesó tanto a los del siglo XX. A decir verdad, las vanguardias siempre miraron con sospecha la figuración. Primero, fue triturada por el cubismo y abolida por la abstracción; luego, después de la guerra mundial y sus sesenta millones de cadáveres, apenas era decente pintar un ser humano.

[Lucian Freud: del autorretrato al desnudo]

Frente al realismo socialista oficial de la URSS, en el Mundo Libre, como se decía entonces, hasta la década de 1960 solo se practicaban variantes abstractas o una desfiguración atormentada, como la de Fautrier o Bacon. De ahí la singularidad de un joven pintor de origen alemán, que en 1947 pintó dos retratos, el suyo y el de su esposa, con un pincel de pelo de marta, como si fuera un primitivo flamenco. Y con un realismo diáfano que recordaba también a los retratos de la Nueva Objetividad alemana, de Otto Dix y compañía. Desde entonces y a través de etapas muy diferentes, el cuerpo humano fue el tema casi exclusivo de su obra.

Lucian Freud (1922-2011), nació en Berlín, en una familia judía que se trasladó a Inglaterra en 1932, huyendo de la barbarie nazi y de un peligro que intuían mortal para los de su raza. Su abuelo, Sigmund Freud, no lograría llegar a Londres hasta 1938. El joven Lucian, nacionalizado británico, terminó su formación como artista en el Goldsmith College, celebró su primera exposición en 1944 y formó parte de un grupo de pintores que más adelante bautizaría uno de ellos como School of London.

Compartían el interés por la figura humana y, junto a Freud, encontramos a Frank Auerbach, Leon Kossloff, Francis Bacon y Ronald B. Kitaj. Freud, tras unos primeros cuadros con escenas de carácter surrealista, enseguida empezó a pintar retratos. En algunos, como los mencionados, acompañaban al personaje elementos simbólicos que completaban su psicología. Destacan por su marcada linealidad y detallismo, por un protagonismo del dibujo en detrimento del color.

A mediados de la década de los cincuenta, de un día para otro, Freud decidió cambiar por completo su forma de pintar: en adelante utilizará lienzos grandes, gruesas capas de pintura muchas veces impuestas con espátula, colores intensos… para plasmar rostros que parecen más modelados que pintados, como si el pincel “tocara” el cuerpo mientras lo representa.

A mediados de la década de los cincuenta, de un día para otro, Freud decidió cambiar por completo su forma de pintar

El color no es realista, trata de destacar los rasgos o el carácter del personaje, en un énfasis expresionista que nos recuerda a Grosz. Sin embargo, lo más característico de su producción, lo que le convierte en un pintor único, son los retratos-desnudos que empezó a pintar a partir de 1968. Freud pensaba que sólo despojando al modelo de cualquier aditamento podía llegar a captar su verdad.

El resultado es, como escribió certeramente John Berger, de un “un naturalismo doloroso”. Son retratos carnales y, valga la paradoja, descarnados. Muchas veces con las proporciones alteradas, exagerando cabeza o extremidades. Muchas veces también mostrando frontalmente los genitales, no tanto con procacidad como con indiferencia a nuestro juicio. Creo que solo Egon Schiele ha tratado el cuerpo desnudo con tanta franqueza.

Anatomías deformadas por la edad o el sobrepeso, en posturas poco armoniosas, sometidas al implacable escrutinio de una mirada que en ocasiones se ayudaba de focos de 300 watios. Cuadros, en definitiva, que constituyen un meticuloso ejercicio de destrucción del idealismo que acompañó siempre al desnudo en la tradición pictórica occidental. En los que la materia carnal se convierte en materia pictórica. Quizás se entienda mejor lo que quiero decir con sus propias palabras: “Cuanto más miras un objeto, más abstracto se vuelve e, irónicamente, más real”.

'Bella and Esther', 1988. Colección privada

'Bella and Esther', 1988. Colección privada

Retratos como el célebre Benefits Supervisor Sleeping (1995) es el mejor ejemplo de lo que digo. Si lo comparamos con los desnudos mórbidos de Jenny Saville sentiremos el peso de la pintura de Freud.

Como honesta consecuencia de todo lo anterior deben entender sus autorretratos. Uno de los más célebres, cuando contaba setenta años, le muestra también desnudo. Los pies embutidos en unas viejas botas sin cerrar, el pincel en una mano, la paleta en la otra y una mirada desafiante al espectador. Me parece toda una declaración de principios, aunque no sé si son buenos o malos.

Es importante destacar la relación que establecía el pintor con sus modelos. Por un lado, porque les sometía a sesiones agotadoras, como si quisiera extraer de su cuerpo la energía que iba a plasmar en el lienzo (el minúsculo retrato de la reina Isabel II le llevó 38 horas, en 19 sesiones). Por otro lado, porque casi siempre pintó a conocidos. Como confesó: “Mi obra es puramente autobiográfica. Trata de mí y de mi entorno”. Y esto nos obliga a referirnos a su vida personal. Que siempre fue una curiosa combinación de frenesí social, entre fiestas y una inacabable lista de amantes y, por otro lado, la celosa defensa de su privacidad (apenas concedió entrevistas).

Tuvo, al parecer, una treintena de hijos, con los que en su mayoría apenas mantuvo relación (aunque retrató a varios). En muchas ocasiones, pintó junto a los seres humanos perros o plantas, como si todo tuviera la misma importancia o falta de importancia. Amigo desde muy joven de Francis Bacon (vale la pena ver sus respectivos retratos), es algo así como su envés: mientras que Bacon pintó de forma bella y elegante el horror, Freud pintó patéticamente la belleza.