Arte

Los enigmas de Gustave Moreau

Sueños de oriente

30 noviembre, 2006 01:00

El triunfo de Alejandro Magno

Comisaria: Marie-Cécile Forest. Fundación Mapfre. General Perón, 40. Madrid. Hasta el 7 de enero.

El interés por la obra de Gustave Moreau (1826-1898) ha ido creciendo en las últimas décadas, espoleado por la dificultad de su interpretación. Hijo de su siglo, fue un pintor anacrónico; admirado por grandes estrellas literarias pero despreciado por la crítica; precursor del simbolismo pictórico, renegó de sus seguidores y nunca quiso exponer con los rosacruces. Su presencia pública se limitó a una quincena de años: debutó en el Salón en 1864 con su extraordinaria visión de Edipo y la esfinge, muy comentada (Daumier le dedicó una caricatura), y compareció en él por última vez en 1880. Su carrera, por tanto, es paralela al ascenso de los impresionistas, que oscurecieron con su prevalencia en el desarrollo canónico de "la modernidad" otras direcciones en el arte de la época. Y, sin embargo, Moreau debería tener un papel en esa reparto historiográfico, pues en sus últimos años de vida enseñó a Matisse, Marquet y Rouault, en la Escuela de Bellas Artes, el uso libérrimo del color.

Desde los años 60 del siglo XX se está revisando la figura de este solitario tan influyente. En la época informalista se quiso ver en él a un precursor de la abstracción, algo que ha vuelto a ser subrayado en la exposición Aux origines de l’abstraction, 1800-1914, en el Musée d’Orsay (2003). En el centenario de su muerte conquistó finalmente grandes plazas como el Grand Palais de París, el Chicago Art Institutey el Metropolitan de Nueva York; allí, curiosamente, se repitió la escisión de antaño: algunos críticos americanos manifestaron su fascinación por el artista, otros lo despreciaron.

La exposición que ha organizado la Fundación Mapfre en colaboración con el Musée Gustave Moreau de París constituye una excelente oportunidad para examinar con ojos libres de prejuicios la obra del pintor.

Suficientemente amplia, aunque con muy pocas obras mayores, casi todas las piezas proceden del que fue su taller durante medio siglo y que él mismo preparó para convertir en museo (el primer conservador fue Rouault). Sin embargo, esta muestra no favorece su reconsideración en el contexto del arte moderno, al dar protagonismo a los contenidos frente a las formas de expresión: se ha estructurado en apartados en los que se muestran variantes de sus temas obsesivos, todos impregnados de la "manía oriental". Es cierto que el orientalismo de Moreau es peculiar y reviste gran interés: discípulo de Chassériau -que lo fue a su vez de Delacroix y de Ingres-, recibe la herencia romántica, pero se desvía violentamente del naturalismo, del exotismo fácil de otros pintores, para construir un Oriente que no es ni pasado, ni remoto, ni esteticista sino actual por imaginario, excesivo y siniestro. Así, aunque Huysmans fue su principal paladín, está más cerca de Flaubert, cuya Salambó es prima hermana de la Salomé de Moreau.

A Moreau le molestaba que se le considerase un pintor "literario". Pero no siempre hay que guiarse por las palabras de los artistas: en sus dos largas estancias en Italia, únicos viajes que emprendió, se convenció a sí mismo de que era un pintor en la tradición clásica, y como tal se hacía valer... aunque era consciente del peso que en su obra tenía el inconsciente, rasgo que le haría después de ser ídolo de los surrealistas. Más contradicciones: trabajaba durante meses, años, una composición, elaborando detalladísimos dibujos... que a veces, como vemos en la exposición, se reducían a borrosas sugerencias en el cuadro final. Moreau parecía consciente de que una de sus mayores aportaciones radicaría en el propio proceso pictórico y en el aprecio del "inacabado". Guardó miles de dibujos en unos muebles especiales (los marcos con bisagras en la muestra son parte de ellos) y enmarcó numerosos esbozos de color cuya audacia y modernidad han sorprendido a la posteridad. En no pocos cuadros, como el fabuloso Triunfo de Alejandro Magno, hay zonas en las que el dibujo, esgrafiado, aparece desvinculado de la base cromática, casi tan abstracta como en los esbozos. Son muy características las composiciones con ejes verticales, y dramáticos contrastes de penumbras y áreas de luz que se imponen en la atención del espectador al tema representado. En un mismo cuadro, hallamos trozos acabados con técnica más o menos tradicional y otros aparentemente inconclusos en los que las formas se deshacen.

Formas estudiadas hasta el mínimo detalle. Atractivo añadido a la exposición, se ha montado una pequeña sala con las fuentes iconográficas del pintor. Su amplia erudición y cultura visual salieron de los libros, las revistas ilustradas y los museos. Grabados, fotografías y sus estudios de miniaturas orientales en la Biblioteca Imperial le sirvieron para combinar escenarios imposibles que confunden, en la estela de la mitología comparada, eras y continentes, arqueología y sueño.