El interior del restaurante Qorte.
El mejor restaurante para terminar el año en Madrid: arroces valencianos, salazones y productos de la Terreta
El chef Ricard Tobella, ex Quique Dacosta, y José Tomás Arribas han tendido un puente entre Valencia y Madrid en Qorte, su incursión en la capital con las brasas y el producto por bandera.
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Este otoño Madrid sumaba un nuevo destino imprescindible para los amantes del Mediterráneo más auténtico. En pleno barrio de Salamanca, lejos del tópico pero muy cerca del producto, QORTE se presenta como el restaurante que tiende un puente gastronómico directo entre Valencia y la capital.
Un proyecto ambicioso, elegante y honesto, firmado por el hostelero valenciano José Tomás Arribas y el chef Ricard “Capo” Tobella, que reivindica los arroces, las brasas, los guisos de cuchara y el sabor reconocible de la terreta.
Ubicado en la calle Castelló 9, en un espacio cargado de historia gastronómica, QORTE es, probablemente, el proyecto más personal de Arribas, heredero de una saga clave en la revolución culinaria valenciana y alma de restaurantes como Q’Tomas, Barrafina o Hiro.
Ricard Tobella y José Tomás Arribas.
Junto a él, Capo Tobella aporta una trayectoria impecable. Después de más de 18 años junto a Quique Dacosta, experiencia en casas como El Ritz y la dirección ejecutiva del Grupo Paraguas su cocina se consolida como una de producto con discurso propio, donde la técnica está siempre al servicio del sabor.
El Mediterráneo como punto de partida
Qorte nace de la ausencia de una cocina mediterránea genuina, centrada en el mejor producto del mar y de la huerta. Aquí mandan la gamba roja de Dénia, los pescados nobles —rape, mero, San Pedro—, los salazones bien entendidos y las carnes seleccionadas, como la rubia gallega o el wagyu, trabajadas con precisión en la brasa.
El rodaballo es uno de los pescados que pasan por la brasa de Qorte.
El concepto del “corte” vertebra la filosofía del restaurante. Desde el nombre hasta la ejecución en cocina, todo pasa por el respeto al producto y su tratamiento exacto: jamón, pescado, tomate o salazones. Un ejemplo claro es el tartar de tomate con salazones, sometido a un proceso de maduración de 72 horas que concentra sabor y textura, o la ensaladilla rusa con quisquillas, ya convertida en uno de los iconos de la casa.
Ensaladilla rusa con encurtidos de Qorte.
Si hay un territorio donde Qorte marca distancias es en el de los arroces. Nada menos que un tercio de la carta está dedicado a ellos, en un claro guiño a Valencia y a la cultura arrocera llevada a su máxima expresión. Paella valenciana reinterpretada desde el respeto, arroces marineros, arroz con langosta o meloso de almejas conviven con propuestas más emocionales, como la langosta con garbanzos, homenaje directo a los guisos históricos de El Poblet.
Los guisos de cuchara y las elaboraciones clásicas completan una carta pensada para disfrutarse sin prisas, con precios medios que rondan los 70-80 euros, y una clara vocación de convertirse en restaurante de referencia, de esos a los que se vuelve.
La experiencia se completa con una bodega de cerca de 300 referencias internacionales, donde conviven grandes nombres como Sassicaia, Meo Camuzet o Perrot-Minot. No es un mero acompañamiento, sino un espacio pensado para disfrutar del vino con la misma intensidad que de la cocina, reforzando el carácter hedonista y reposado de la propuesta.
El interiorismo, firmado por MIL Studios, apuesta por mármol, tonos verde oliva, techos altos y una distribución que recuerda a un loft neoyorquino con alma levantina. Dos comedores principales con cocina vista —para unos 40 comensales— y varias salas privadas y semiprivadas aportan discreción y exclusividad, sin perder cercanía.
Qorte desde la calle.
Qorte aspira a convertirse en ese restaurante de confianza donde el cliente sabe que encontrará calidad y un profundo respeto por el producto. Un lugar para comer bien, beber mejor y disfrutar con calma, donde Valencia se siente en cada arroz, cada salazón y cada brasa.
Con esta apertura, Madrid no solo gana un gran restaurante; gana un pedazo del Mediterráneo más verdadero. Un puente directo con la Terreta que demuestra que, cuando el producto manda y la cocina tiene memoria, el viaje merece la pena.