Escucho con atención varios podcasts donde se habla con alarma, incluso con cierto fatalismo, de la llegada de la inteligencia artificial a nuestras vidas. Se repite que va a revolucionar el trabajo tal como lo conocemos. Que millones de empleos desaparecerán. Que se avecina una nueva era sin retorno.

Y entre todo ese ruido, una frase del CEO de Nvidia —la empresa más valiosa del mundo, por encima del PIB de Alemania— me descoloca y me enciende: "Los nuevos multimillonarios serán los fontaneros." ¿Y por qué? Porque no se pueden reemplazar. Porque su trabajo requiere presencia, tacto, juicio manual. Porque son artesanos en el sentido más literal.

Entonces conecto con lo nuestro. Con los fogones. Con la sala. Con la mirada del camarero que anticipa la necesidad del cliente. Con el golpe de muñeca que monta una salsa sin receta. Y vuelvo a algo que ya he defendido muchas veces: la cocina no es solo un oficio. Es una profesión. Y una profesión artesanal.

El cocinero, el camarero, el panadero, el pastelero… todos formamos parte de esa liga de lo sensible. De lo no programable. De lo que se moldea con las manos y se transmite con la voz, con el gesto, con la escucha.

Y ahora, justo ahora, cuando la IA amenaza con ocupar todos los puestos repetitivos y sistematizables, el artesano recupera su lugar. El que nunca debió perder.

Esto no significa resistirse al avance. La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar stocks, prever ventas, reducir residuos, afinar compras. Puede ser útil. Pero lo esencial, lo emocional, lo ritual del acto de comer, eso sigue siendo humano. Y ahí está el valor que debemos proteger, fortalecer, revalorizar.

Pero viene la gran pregunta: ¿estará el cliente preparado para distinguir y elegir conscientemente entre una experiencia gestionada por humanos o una optimizada por humanoides?

Parece ciencia ficción, pero basta mirar alrededor: muchas de las cosas que hoy consideramos normales eran imposibles hace apenas unas décadas. Si dudas, tal vez estés leyendo este artículo en un dispositivo con más potencia que la nave que llevó al hombre a la Luna.

Porque el día llegará. Si no ha llegado ya. El cliente podrá elegir ir a un restaurante atendido por inteligencia artificial: sin errores, sin tiempos muertos, sin distracciones. Eficiencia absoluta.

Pero ¿qué perderá en esa ecuación? ¿A quién se quejará si surge una necesidad extraordinaria que el algoritmo no contempla? ¿Cómo se adaptará el menú a una alergia de última hora? ¿Qué pasará si hay más clientes de lo previsto o si se pisan las reservas? ¿Cómo responderá la IA a una mala reseña en Google? ¿Será otra IA la que conteste y valore?

Y más aún: el cliente, ¿sabrá valorarlo? ¿Reconocerá el esfuerzo, el pulso, el cuidado de un equipo humano que se equivoca, que corrige, que observa y acompaña? ¿Será capaz de pagar más por lo artesanal cuando lo automático le ofrezca el mismo plato en menos tiempo?

Todo esto nos empuja a un punto de inflexión. Durante años, el sector ha sufrido para encontrar y retener talento humano. Quizá esta revolución sea, paradójicamente, la oportunidad de oro para poner en valor lo que somos: profesionales del arte sano, con criterio, intuición, memoria gustativa y una sensibilidad imposible de automatizar.

Este presente no es una alucinación: es el inicio de una transformación de enorme calado. La IA no va a destruir la cocina. Va a obligarnos a definirla.