Croquetas.
Cinco croquetas con las que recorrer España y más allá: de pescado, japonesa, con curry, de sopa de tomate o clásica
Siempre apetecible e infinitamente versátil, la croqueta es una de las insignias de la cocina española y, como cada 16 de enero, todos celebran su día.
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Hay bocados que funcionan como pasaporte. La croqueta es uno de ellos. Nacida como receta de aprovechamiento y convertida hoy en icono gastronómico, ha sabido adaptarse a culturas, técnicas y productos sin perder su esencia: un interior cremoso y un exterior crujiente que seduce a cualquier paladar.
Un milagro de la cocina que ha servido para unir a un país, que en su día quedó divido por el eterno debate de si la tortilla debe llevar cebolla o no.
Desde el Madrid más castizo hasta la Valencia más cosmopolita, pasando por guiños a Japón o por la sofisticación de la alta cocina, estas cinco croquetas permiten viajar sin levantarse de la mesa.
1. El Buen (Madrid)
Las croquetas de jamón ibérico de El Buen.
En el barrio de Salamanca, El Buen representa la esencia del llamado bar fino: cocina reconocible, producto excelente y técnica impecable. Su croqueta de jamón ibérico de Arturo Sánchez no ha ganado ningún premio, pero bien lo merece. Cremosa sin exceso, con una bechamel perfectamente ligada y un rebozado tan fino como crujiente, es un homenaje a la tradición bien entendida.
Como ocurre con el resto de su carta, con esta receta se mantiene el respeto por el producto, para convertirse en un bocado (a 3€ la unidad) que demuestra que la croqueta clásica sigue siendo imbatible cuando se ejecuta con maestría.
2. Doña Petrona (Valencia)
Las croquetas de pollo y curry de Doña Petrona.
Valencia también se cuela en este viaje croquetero gracias a Doña Petrona, el proyecto más informal de Carito Lourenço y Germán Carrizo, chefs del restaurante Fierro, con una estrella Michelin. Aquí la croqueta se vuelve mestiza: pollo con curry, especiada, profunda y sorprendente.
El resultado es un interior intenso y aromático, muy alejado del clasicismo español, pero igual de adictivo. No es casualidad que sea uno de los platos más demandados del local: estas croquetas demuestran que los argentinos también saben reinterpretar iconos ajenos con personalidad propia.
3. Tupío (Miajadas, Cáceres)
Las croquetas de sopa de tomate de Tupío, en Cáceres.
4. Korokke japonesa en Katsu (Madrid)
Las croquetas de Katsu.
Rodrigo Yeh y Stephy Li, al frente de Katsu, han acercado al público madrileño su visión de la cocina japonesa con la apertura de su segundo local en la calle Germán Pérez Carrasco. Además de su célebre sandwich japonés, triunfan las korokke, croquetas de gran tamaño elaboradas a partir de patata.
Más ligeras, suaves y reconfortantes, estas croquetas representan la versión japonesa del concepto: menos bechamel, más tubérculo y un sabor delicado que invita a repetir. Una parada imprescindible para entender cómo otros países han reinterpretado esta fórmula universal.
5. Real Balneario de Salinas (Asturias): la croqueta de pescado
La croqueta de lubina del Real Balneario de Salinas.
El recorrido termina mirando al mar. En el Real Balneario de Salinas, el chef Isaac Loya prepara una croqueta de lubina que captura la esencia del Cantábrico. Fina, elegante y profundamente marina, esta versión demuestra que el pescado también puede brillar en formato croqueta sin perder identidad.
Es una pieza sutil, donde el sabor del producto se impone sin disfraces, con la arranca su menú degustación.