Un diccionario de la RAE.

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Tribunas

El español ya tiene quien lo defienda

El ataque al español nos perjudica a todos y beneficia sólo a los que temen que 530 millones de ciudadanos saquemos el debido partido a todo su potencial económico-político-comercial-tecnológico-cultural.

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Las tres lenguas maternas más relevantes del mundo son el chino, el inglés y el español. Pero mientras los hablantes de las dos primeras conforman un poder geoestratégico dominante, los hispanohablantes andan despistados, divididos y enfrentados entre sí.

Nuestro idioma común goza de una relativa buena salud por la fuerza de sus hablantes (reímos, amamos y bailamos en la misma lengua). Y por el esfuerzo de la Real Academia de la Lengua (RAE) desde 1713 y de la Asociación que agrupa a las 23 academias de la lengua de España, América, Filipinas y Guinea Ecuatorial (ASALE) desde 1951.

Este espacio de encuentro y de conjunción estratégica ha logrado el indudable éxito de que el español se mantenga cohesionado en materia de léxico, gramática y ortografía, a pesar de su diversidad geográfica. Pero sus funciones no permiten ir mucho más allá.

Si el español mantiene todavía hoy cierta fuerza, se debe también a personajes como el venezolano Andrés Bello.

Bello, en lugar de ceder a las tentaciones de que ocurriera en América lo que sucedió en Europa con el latín (o, aún peor, que se sustituyera el español por el francés o el inglés), optó "por la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza como un medio providencial de comunicación, y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes".

Sin embargo, a diferencia de otras lenguas globales como el francés (Organización Internacional de la Francofonía), o el portugués (Comunidad de países de lengua portuguesa), el español no cuenta con un marco institucional que lo proteja de los ataques que recibe.

Tampoco cuenta con un marco que lo respalde políticamente a la hora de competir con otros esquemas lingüísticos. O que financie estrategias que fortalezcan de manera coordinada y efectiva su papel como instrumento de desarrollo comercial, económico, cultural o científico.

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, durante un acto público en febrero de 2025. Foto: Matias Chiofalo / Europa Press

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, durante un acto público en febrero de 2025. Foto: Matias Chiofalo / Europa Press

¿Quién lo defendió en julio de 2024, cuando Alemania, Italia y Francia se opusieron a que el español fuera obligatorio en las escuelas de Brasil?

¿Quién defiende a los 64 millones de hispanos en EEUU a la hora de mantener su lengua frente la expansión institucionalizada del inglés, o cuando se pretende que se perciba como un idioma de sirvientes, en lugar de una lengua de prestigio intelectual y de alta cultura (a pesar de Cervantes, Borges, Unamuno o Balmes)?

¿Quién lo defiende en organismos internacionales para que no quede fuera de juego o desplazado por el francés, una lengua muy minoritaria en comparación?

¿Quién se encarga de proteger la enseñanza de lengua y literatura españolas en las Universidades y escuelas, por ejemplo estadounidenses, en comparación con lo que hacen otros, como los franceses?

La Red Canoa, que nació con buenas intenciones en el año 2000 para defender la cultura en español, uniendo al Instituto Cervantes, el Instituto Caro y Cuervo, el Centro Cultural Inca Garcilaso, la UNAM de México y la Universidad de Buenos Aires, nunca ha tenido actividad. Lo que prueba que nos encontramos ante arenas movedizas.

El mismo Instituto Cervantes surge en 1991 para emular a centros como la Alianza Francesa, el British Council o el Instituto Goethe, pero queda limitado esencialmente a la enseñanza del español fuera de nuestras fronteras. E incluso aquí tiene que mantener un profesorado permanente dedicado a lenguas “cooficiales”, a pesar de que según su última Memoria institucional (2024-2025), de 124.919 alumnos matriculados en sus cursos, sólo 185 lo fueron en estas últimas.

¿Ocurre algo parecido en los otros tres países?

Nadie duda de que el catalán, el vasco o el gallego —como el quechua, el náhualt o el aimara— sean lenguas muy respetables y dignas de protección. Pero tienen un ámbito regional, no global.

Además, el español no es ajeno a esas culturas. Nace entre Álava, Burgos y La Rioja, es decir, dentro del propio País Vasco, por lo que se habló primero allí que en Madrid o Toledo. Por tanto, se trataría de una lengua vasca propia, adaptada a los tiempos modernos.

En cuanto a gallegos y catalanoparlantes, tampoco les puede resultar extraña una lengua que siempre se ha hablado en sus territorios, y con la que comparten una misma herencia latina y estructura gramatical, así como gran parte del léxico.

"Desde que el uso del castellano desbordó el territorio de Castilla, debería denominarse tan solo español. Del mismo modo que al italiano no se le llama hoy 'toscano', aunque sea ese su origen"

El español es también la lengua propia, internacional y mestiza de América, pues supo incluir, desde muy pronto, como hizo con el árabe, vocablos de otras lenguas amerindias: chocolate, tomate, cacahuete, coyote, chicle, tocayo… y tantas otras.

Y si el español fue impuesto, no lo hizo ningún supuesto fiero conquistador, sino presuntos amables libertadores. Como instrumento global de 530 millones de hispanos, no compite con esas otras lenguas hispanas, sino con el inglés, francés, chino o árabe.

No es extraño, por tanto, que S.M Felipe VI, en su prólogo al informe Geopolítica del español, coordinado por la RAE y el Instituto Español de Estudios Estratégicos (CESEDEN), señale que estamos ante:

“Una lengua que ha desbordado ─reuniéndolos─ orígenes y nacionalidades, convirtiéndose en una identidad en sí misma. No una entidad excluyente, ni incompatibles con otras, no reñida con el particularismo o con la diversidad, pues nunca puede estarlo aquello que nos permite expresarnos, comunicarnos, elaborar pensamiento y belleza, crear cultura”

Difícilmente alguien sensato pueda discrepar de esas palabras.

De hecho, cuando el emperador Carlos, hace casi cinco siglos (17 de abril de 1536) dijo en Roma, en respuesta a las quejas del embajador francés, "Señor Obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana", ningún vasco, catalán o gallego de la época, ni tampoco ningún indígena, se molestó ni ofendió por tan valerosas y estratégicas palabras.

Si en algún momento tuvo sentido que se lo conociera con el nombre "castellano", desde que su uso desbordó el territorio de Castilla, debería denominarse tan solo "español". Del mismo modo que al idioma "italiano" no se le llama hoy "toscano", aunque sea ese su origen, o al francés no se le conozca más como lengua de "oïl".

Durante la Transición, se lanzó el discurso, aparentemente "conciliador", de que el español debía denominarse "castellano" para no ofender ni minusvalorar otras lenguas también españolas.

"Aquellos que no se sienten españoles ni hispanos han pretendido regionalizar lo que por historia y vocación era su lengua global y compartida, para facilitar su expulsión y reducción a zonas castellanas"

Sin embargo, bajo esta excusa, aquellos que no se sienten españoles ni hispanos han pretendido "regionalizar" lo que por historia y vocación era su lengua global y compartida, a fin de facilitar su expulsión y reducción hacia zonas castellanas. ¿Cui prodest?

La amenaza a las otras lenguas hispanas no viene del español, pues a ellas también beneficia como portaviones que les permite volar y sobrevivir. Siendo además el soporte de una cultura compartida de siglos que debemos defender frente a otros modelos culturales foráneos que, en las aguas turbulentas de la globalización, pretenden nuestro vasallaje y dominio.

Por eso, hay que felicitarse de que, desde la sociedad civil, surja una nueva iniciativa: Alianza por el Español.

Se presenta públicamente este 23 de abril, en el día del idioma español, declarado por la ONU desde 2010. Está dirigida por Gloria Lago, presidenta de Hablamos Español, que ha hecho una gran labor defendiendo, muchas veces en solitario, el derecho de los niños a estudiar en nuestro país en la lengua común.

Ahora, pretende, rodeada de un grupo de intelectuales e hispanistas, ir plus ultra. Y, de forma más estratégica y con un conjunto de iniciativas prácticas, defender la lengua compartida, dentro y fuera de nuestras fronteras.

No podía haber mejor carta de presentación e intenciones para tal alta misión. Conviene estar atentos.

Decía Gracián que "las personas no pueden estar sin algún idioma común para la necesidad y para el gusto".

No puede existir ni progresar una comunidad que no hable bien su lengua común. De eso son muy conscientes los que pretenden fragmentarla y dividirla, aunque presuman de progresistas.

El ataque al español nos perjudica a todos y beneficia sólo a los que temen que 530 millones de ciudadanos saquemos el debido partido a todo su potencial económico-político-comercial-tecnológico-cultural.

¡Es la lengua común, estúpidos!

*** Alberto G. Ibáñez es autor de 'Hispanoterapia. Un tratamiento de choque para hacer frente a nuestros traumas'.