Félix Bolaños, Elma Saiz y Óscar Puente en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

Félix Bolaños, Elma Saiz y Óscar Puente en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Zipi Aragón Efe

Tribunas

Aviso a los navegantes que visten toga

El detalle que tanto enfurece a don Félix, doña Elma y don Óscar es, precisamente, lo que marca la diferencia entre una democracia y una dictadura.

Publicada

Cuentan las crónicas que la mujer de Franco acostumbraba a recorrer anticuarios y almonedas, llevándose joyas y muebles a su antojo, sin que el propietario se atreviese a reclamarle su pago.

Y, menos aún, ante un tribunal: era la mujer del Caudillo y en España no había ni separación de poderes ni independencia judicial.

Según parece, esto es lo que añoran los tres ministros que participaron en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros celebrado hace una semana.

En vista de lo presenciado, está claro que la consigna de Pedro Sánchez a los miembros de su gabinete se ha endurecido: sólo puede quedar uno. Aquel que demuestre un mayor vasallaje a su señor. Los demás serán reemplazados por carne fresca y más entregada.

En breve, las ruedas de prensa ministeriales serán etiquetadas con la triple X de la violencia explícita. Cine gore en estado puro, aunque aquí los mutilados no serán jóvenes alelados perdidos en granjas demoníacas de Texas, sino talluditos ministros a manos de otros ministros.

El primero en hablar fue el ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes (nomenclatura típica de las viejas democracias populares de la Europa tras el telón de acero, que tan bien refleja la concepción sanchista de los tres poderes: concentrados y por su orden).

El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños.

El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños. Europa Press

Y don Félix Bolaños insistió en lo que ya había declarado por la mañana, explicando que tenía derecho, en ejercicio de su libertad de expresión, a calificar y opinar sobre las resoluciones judiciales.

Esta aberración democrática fue proferida por quien pertenece, precisamente, al grupo de los veintitrés españoles que, por formar parte del Gobierno, deben abstenerse de ejercer ese derecho porque sobre él prevalece su deber de respeto a la independencia judicial y a la separación de poderes.

Pero el disparate no terminó ahí, y a la aberración no tardó en seguirle la desvergüenza, arrogándose don Félix el respaldo de una amplísima parte de la sociedad española y de una muy buena parte también de la carrera judicial, y esto último después de que tres de las cuatro asociaciones judiciales, incluyendo a la mayoritaria, ya hubiesen condenado duramente las declaraciones que ahora reiteraba.

Finalmente, a la desvergüenza le acompañó la intimidación.

Si la Audiencia Provincial de Madrid, órgano judicial encargado de fiscalizar la labor del juez Peinado, se comporta conforme a Derecho, deberá corregir su resolución. Y si, por el contrario, la confirma, estará siendo cómplice de una resolución injusta y no fundada en Derecho.

A don Félix le siguió don Óscar Puente.

Pese a que no había sido interpelado por ningún periodista, el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible (no es un sarcasmo, sino la denominación oficial) quita la palabra a la ministra portavoz, probablemente angustiado por el temor de que se terminara la rueda de prensa sin haber participado en la defensa de la señora de su señor, y se pone a ello con la meta puesta en soltar aún mayores barbaridades que sus compañeros de mesa.

Desde luego, no era nada fácil destacar entre la jauría, pero lo consiguió.

Entre las risas nerviosas de don Félix y doña Elma Saiz, que temían que les fuese a arrebatar el primer puesto en el favor del jefe, el ministro de Adamuz salió en tromba de toriles.

Empezó sugiriendo que un juez de setenta y un años y a punto de jubilarse constituía una amenaza para el futuro de la democracia española.

Continuó arrogándose la condición de Tribunal y Jurado, dictando su propia resolución exculpatoria.

Y terminó emplazando a los tribunales superiores para que corrigiesen lo perpetrado por los jueces prevaricadores.

Naturalmente, nada de esto fue formulado explícitamente, sino bajo el escudo de la impunidad que proporciona callar los nombres de aquellos a los que se injuria y amenaza. Marca de la casa del aguerrido don Óscar.

Por último, doña Elma, autoproclamada "jurista" (sabido es que en este país hay tantos juristas como licenciados en Derecho) concluyó el aquelarre norcoreano con un conmovedor acto de fe en la inocencia de Begoña Gómez frente al auto de Peinado que, según su técnica y refinada calificación jurídica, tiene trámites, párrafos, aspectos, desde luego que son inéditos, que van más allá de lo jurídico (cita literal, aunque omitiendo interjecciones, onomatopeyas y vacilaciones varias porque ocuparían la mitad de esta columna).

Doña Elma terminó expresando su confianza en que la Justicia haga justicia. O sea, que la Audiencia de Madrid libere de toda culpa a la mujer de su jefe.

En realidad, esto último es lo verdaderamente importante.

Naturalmente que escandaliza la sumisión voluntaria de tres adultos que deciden libremente humillarse y perder su dignidad. Pero lo realmente preocupante, más allá de la degradación personal de cada uno, es el mensaje que lanzan los tres al unísono, ya que no puede deberse más que a una consigna impartida por su jefe: intimidar a los jueces que vienen detrás.

Hagan la prueba. Reduzcan el color hasta el blanco y negro e imagínense la sintonía del NODO. Lo que queda son tres ministros del Régimen defendiendo a doña Carmen.

Sólo despertamos de la pesadilla cuando caemos en la cuenta de que la Caudilla no puede ser la Caudilla por un detalle, por un único detalle: la de ahora está a punto de ser procesada.

El detalle que tanto enfurece a don Félix, doña Elma y don Óscar es, precisamente, lo que marca la diferencia entre una democracia y una dictadura.