Donald Trump.

Donald Trump. Reuters

Tribunas

Sobre el (hipotético) fin de la OTAN

El final de la OTAN (si llegara a producirse) sorprendería a los países europeos sin una estructura sólida ni unos cimientos firmes con los que afrontar un cambio súbito de las relaciones internacionales.

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El anuncio del presidente de Estados Unidos de estar meditando el abandono de la OTAN nos sitúa ante un escenario que rompe con la inercia y el statu quo de solución de los conflictos internacionales.

O, cuando menos, de la forma de enfrentarse a ellos.

El presupuesto de la OTAN es de 5.300 millones de dólares.

528,2 en el presupuesto civil; 2.420 millones en el presupuesto militar; y 5.300 millones en el programa de inversión en Seguridad OTAN, de los que la aportación financiera de Estados Unidos se sitúa en torno al 15%.

Su aportación es idéntica a la que realiza Alemania, seguida (con cuatro puntos menos) por Reino Unido y Francia; por Italia, que aporta la mitad de los dos grandes; y por España, que aporta un 5,7% frente a los casi quince puntos de Estados Unidos y Alemania.

Hay que distinguir entre dos cosas distintas: la financiación común de la OTAN y el gasto total en defensa de los países de la organización.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mantiene una reunión bilateral con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Foro Económico Mundial (FEM) en Davos, Suiza, el 21 de enero de 2026.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mantiene una reunión bilateral con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Foro Económico Mundial (FEM) en Davos, Suiza, el 21 de enero de 2026. Reuters

En la financiación común, Estados Unidos paga en torno a esa sexta parte del total.

Pero en el gasto militar agregado de todos los aliados, Estados Unidos representa la mayor parte. Alrededor del 60% según estimaciones de 2025.

Estos datos nos permiten indicar que, en lo que se refiere a la financiación estructural de la OTAN, el efecto de la aportación estadounidense no es esencial.

Los problemas se proyectan sobre lo que aporta como potencial militar. Ahí la cifra es mucho más representativa y hay pocas soluciones alternativas.

Sobre todo, por lo que supone de ruptura de un modelo institucional de afrontar las crisis entre Estados.

La agrupación de los países en la OTAN se asocia a la idea de las soluciones colectivas, mientras que el escenario de debilidad o de ruptura de la Alianza es un escenario de autarquía y de soluciones individuales.

Este escenario hace el panorama mucho más desequilibrado y menos armónico. Porque el potencial de defensa será el que se asocie a los propios medios. Y ahí las diferencias entre Estados son más que evidentes y la incertidumbre mucho más amplia.

Parece claro que la capacidad individual de defensa en un marco de tensión mundial como el presente es, sin duda, un elemento de debilidad que sólo podrá mitigarse con la transmutación de la relación orgánica e institucional que suponía la OTAN en un marco de relaciones bilaterales.

Infantes de marina durante el ejercicio 'Sea Shield 26' de la OTAN en Rumanía.

Infantes de marina durante el ejercicio 'Sea Shield 26' de la OTAN en Rumanía. EMAD

En este punto y, pensando en Europa, la pregunta es si, en un escenario como el indicado, será capaz de liderar un proyecto único que determine un marco general de relaciones con los países de otros continentes.

En su situación actual, ocupar esta posición exige un impulso y un liderazgo que Europa no ha demostrado ni en la guerra de Ucrania ni, en mucha mayor medida, en el conflicto de Oriente Próximo.

Europa está obligada a reformular sus relaciones con la OTAN (para impulsarla o sustituirla), pero no puede hacerlo sin una política de defensa creíble en su propio contexto.

Cualquier análisis que queramos hacer de la política europea de defensa nos lleva a concluir que es una política en construcción, tanto en el plano interno (el propio orden interno europeo) como en el plano relacional con el resto de los continentes. Y, específicamente, con Estados Unidos.

Por decirlo en términos coloquiales, el final de la OTAN (si llegara a producirse) no nos pilla con una estructura sólida ni unos cimientos firmes con los que afrontar un cambio súbito de relaciones internacionales.

La consecuencia inmediata es que el mundo será más aleatorio, menos previsible.

Que la existencia o la continencia en iniciar conflictos bélicos no dependerán de intereses colectivos, sino individuales.

Y que, por tanto, la capacidad de intimidación que para mantener el statu quo supone la existencia de la organización y su carácter institucional se perderá en favor de soluciones bilaterales o multilaterales. Pero no de carácter institucional, sino de carácter específico, y dirigidas por uno de los grandes actores del escenario político y económico.

El que tenga la capacidad de establecer esos consensos.

Este futuro diferente exige, al menos, la solidaridad del proyecto europeo. Porque la fragmentación o la incapacidad del mismo de nuclear una posición común sólo conduce a un mundo más abierto y de soluciones desiguales en función de la propia capacidad y de la posición que cada uno ocupe en la órbita mundial.

*** Alberto Palomar Olmeda es profesor titular de Derecho administrativo.