El gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, junto a Donald Trump durante los últimos incendios de California el pasado mes de enero.

El gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, junto a Donald Trump durante los últimos incendios de California el pasado mes de enero. Reuters

Tribunas

El Estado Dorado ya no brilla

California no es para los demócratas un fracaso sino un modelo: lo que han hecho en este Estado es lo que quisieran hacer en el resto del país.

Publicada
Actualizada

Mi tía abuela Kate llegó a Los Ángeles en los años cuarenta con su familia y cuando, exactamente cincuenta años después, le pregunté cómo había sido aquella experiencia, me respondió sin dudarlo: como haber llegado al paraíso.

No exageraba. La California de aquella época era probablemente el lugar más extraordinario de la tierra.

Los Ángeles se había convertido en el segundo mayor centro de fabricación de automóviles del país, apenas detrás de Detroit.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la región produjo ella sola alrededor de 300.000 aviones y empleó a cerca de dos millones de personas en la industria aeroespacial.

Douglas, Lockheed, Hughes, Northrop: los gigantes de la aviación mundial tenían su sede en el sur de California. Entre 1920 y 1960, la población del estado se cuadruplicó.

Millones de personas llegaron al Estado Dorado en busca de un futuro mejor y lo encontraron. Era la América de América.

Una fila de tiendas de campaña de sintecho en las calles de Los Ángeles.

Una fila de tiendas de campaña de sintecho en las calles de Los Ángeles.

Cuando yo llegué a California, con 13 años, el Estado todavía era un lugar extraordinario. Había alternancia política — durante la mayor parte del siglo veinte California eligió gobernadores republicanos con la misma naturalidad con que hoy elige demócratas.

Y aunque el Partido Demócrata controlaba la Asamblea Estatal de manera prácticamente ininterrumpida desde 1971, la riqueza natural e industrial del estado absorbía el mal gobierno con la misma facilidad con que un organismo sano absorbe un veneno en dosis pequeñas.

California era todavía, bien entrado el siglo veintiuno, uno de los mejores lugares del mundo para vivir.

Pero el veneno se fue acumulando. Y llegó un momento en que ya no había suficiente salud para compensarlo.

Hoy California es la quinta economía del mundo —dato que sus gobernantes repiten con orgullo—, pero ese número es un espejismo sostenido por Silicon Valley.

Por debajo de esa capa reluciente, el panorama es otro: la clase media huye hacia Texas, Arizona, Nevada y Tennessee; las empresas siguen el mismo camino; la población empezó a reducirse por primera vez en la historia del estado.

Las calles de San Francisco y Los Ángeles, otrora símbolo del sueño californiano, hoy acogen campamentos de indigentes y drogadictos que deambulan libremente por las aceras. Las políticas más disparatadas de la izquierda se han implementado aquí como en un laboratorio ideológico sin frenos.

"Las calles de San Francisco y Los Ángeles, otrora símbolo del sueño californiano, hoy acogen campamentos de indigentes y drogadictos que deambulan libremente"

No es casual que Gavin Newsom, el gobernador que presidió este deterioro con una sonrisa de anuncio de dentífrico, aspire a la presidencia.

California no es para los demócratas un fracaso sino un modelo: lo que han hecho aquí es lo que quisieran hacer en el resto del país.

Y el Estado ya no es el mismo demográficamente.

California era púrpura (competitiva, disputada), y hoy es un feudo demócrata de una sola pieza.

El mal gobierno y el fraude electoral son parte de la explicación. Pero sólo parte.

Lo que nadie quiere decir en voz alta es que décadas de inmigración masiva sin integración ni asimilación cambiaron el electorado para siempre. Los demócratas lo buscaron deliberadamente. Y les salió de maravilla.

La carrera para gobernador de este año tiene, en ese contexto, algo de milagro en ciernes. Hay que entender cómo funciona el sistema electoral californiano para apreciarlo.

Aquí no hay primarias separadas por partido. El 2 de junio todos van juntos en lo que llaman jungle primary (primaria abierta) y los dos primeros pasan a noviembre. Da igual si son del mismo partido. Y resulta que los demócratas metieron ocho candidatos en la carrera.

Si se reparten el voto entre ellos, existe la posibilidad (remota pero real) de que dos republicanos queden primero y segundo, dejando a los demócratas completamente fuera del desempate.

Nunca ha ocurrido. Por eso tiene algo de milagro.

El candidato republicano que lidera las encuestas es Steve Hilton. Empresario, expresentador de Fox News, y británico de nacimiento: otro inmigrante europeo en la tradición de Schwarzenegger, aunque con un perfil muy distinto.

Hilton no es un actor reconvertido en político. Fue asesor estratégico de David Cameron en Downing Street. Sabe lo que es gobernar desde adentro. Trump lo ha respaldado, lo cual en California es complicado (el presidente genera rechazo intenso entre los independientes y eso puede costarle votos en noviembre).

"Una victoria republicana en California no sería solo un triunfo electoral. Sería una señal de que algo está cambiando en el Estado"

Su rival republicano, Chad Bianco, es el sheriff del condado de Riverside. Más convencional, más arraigado en la base del partido. En la reciente convención en San Diego los delegados se dividieron casi en partes iguales: 49% para Bianco, 44% para Hilton, ninguno con el 60% necesario para el endorsement oficial.

Y en medio de todo esto, el favorito demócrata se desintegró.

Eric Swalwell, que lideraba las encuestas entre los candidatos de su partido, se retiró el 12 de abril después de que el San Francisco Chronicle publicara las acusaciones de una exasistente que lo acusa de agresión sexual. CNN encontró a tres mujeres más. Pelosi y Schiff le pidieron que se bajara de la carrera.

No era su primer problema: hace años salió a la luz que Christine Fang ("Fang Fang"), agente de inteligencia china, lo había cultivado durante años cuando era concejal en Dublín, financiado su campaña y colocado una becaria en su oficina.

Nunca se probó nada en su contra, pero la ironía es demasiado buena para no mencionarla. El congresista que más insistió en que Trump era un agente de potencia extranjera fue también el que más íntimamente fue trabajado por los servicios de inteligencia de una potencia extranjera.

Con Swalwell fuera, los demócratas están en barrena: ocho candidatos, votos dispersos, sin nadie que pueda aglutinar al partido en lo que queda de campaña.

Tom Steyer, el multimillonario que ya intentó ser presidente, asoma como la opción menos mala, aunque sin despertar demasiado entusiasmo. Los republicanos, mientras tanto, hacen lo que mejor saben hacer en California desde hace veinte años: pelearse entre ellos.

Porque esa es quizás la mayor amenaza para el escenario republicano: ellos mismos.

Una victoria en California no sería solo un triunfo electoral. Sería una señal de que algo está cambiando en el Estado.

Para que eso ocurra, harían falta candidatos dispuestos a hablar de reforma electoral (sin identificación para votar ni controles serios, cualquier ventaja republicana puede evaporarse en el recuento), y con una visión concreta para que California vuelva a ser lo que fue hace no tanto tiempo.

La tía Kate no la reconocería hoy.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.