Susana Abaitua, Iria del Río y Natalia de Molina, amigas más allá de la ficción.

Susana Abaitua, Iria del Río y Natalia de Molina, amigas más allá de la ficción. Esteban Palazuelos

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Dios creó a Adán y a Eva. Y a sus amigas, también

La Historia no se habría escrito igual sin las amigas. Y la nuestra, tampoco.

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Hay quien dice que no se fía de quien no toma una copita de vino en la comida.

Discrepo. Puedes pasar una velada maravillosa sin que la persona de enfrente beba lo mismo que tú.

A mí me gusta el tinto, y me caerás igual de bien si no me acompañas en el brindis. Y me fiaré, por supuesto, de ti.

Sin embargo, recelo de quien no tiene un grupo de amigos. Y, en nuestro caso, permítanme hablar de amigas. Pero no de las compañeras puntuales de café, paseo o pádel. De esas hay muchas, como los copos de avena, que inflan la barriga en el momento y desaparecen sin que recuerdes a qué saben.

Me refiero a las amigas con las que duermes con la pierna encima, a las que les has quitado un pelito de la barbilla y a las que llamas de vuelta del trabajo en el coche para contar que te apetece prepararte un bol de chía y arándanos.

La conversación se alarga hasta que te desmaquillas y sacas la cuchara.

Aquellas con las que no existen excusas para juntaros porque, si no cuadran las agendas, te cuelas en su casa para que te dedique unos minutos.

Aquellas con las que te has reído a las 8:00 de la mañana y a las 2:00 de la madrugada.

A la que le has pintado la raya del ojo en el coche y a la que le has dicho innumerables veces lo estúpida que es por creerse las bobadas de un cretino.

Son aquellas de las que conoces hasta el complejo más íntimo que solo ellas se ven. Porque para ti son las mejores. Las más bonitas. Las más guapas.

Quien tiene amigas las guarda con el puño bien cerrado, como si la misión fuera no desparramar ningún granito de arena. Apretar fuerte como si se dijese para sí misma: "si se escapa uno, mueres".

En este mundo que corre más que anda y que exige más que concede, aparece ese grupo que te ancla en el puerto. Me tomaría un largo chupito de licor café con Thomas Hobbes en Juan Bravo para explicarle que no todos los seres humanos son egoístas, como pintó. Este señor nunca conoció una amistad de verdad y por eso sus teorías son tan tristes.

Amigas en la Historia

Toda la historia se ha escrito entre amigas. Catalina II no habría llegado al trono de Rusia sin el apoyo de la princesa Catalina Cáshkova, amiga, confidente y pieza clave en el golpe que la llevó al poder. Una amistad de esas intensitas que sólo la muerte (y, en ocasiones, el hastío de la vida palaciega) separó.

Más unidas estaban Isabel la Católica y Beatriz de Bobadilla. La reina encontró mucho más que a una dama de confianza. Se llevaban once años de diferencia, pero fueron amigas, consejeras y confidentes desde que compartieran infancia en el castillo de Arévalo.

Hasta Beatriz sufrió un atentado musulmán en Málaga al ser confundida con su compañera. Dicen que le salvaron los adornos de oro de su traje.

Y me las imagino a las dos vistiéndose juntas y escogiendo abalorios y telas en esa coreografía íntima que se comparte con quien no se tienen secretos: "Esto te queda mejor así", "ponte el broche en el lado izquierdo para tapar esta arruga de la camisa".

Una mide el grado de confianza en función de la ropa interior que lleve en el momento de vestirse. Si las has visto cómo respiraron por primera vez en el mundo, enhorabuena, tienes una gran amiga. Y será la más bonita. La más guapa. La mejor.

A veces, este papel está en la propia familia. Cassandra Austen fue la gran confidente de su hermana Jane: conocía sus códigos, leía sus obras antes que nadie y protegió su intimidad con una discreción casi obsesiva, según relata Espido Freire en Dos tardes con Jane Austen.

Incluso la amistad puede transformar el mundo. Así lo hicieron Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony en una alianza política que cambió el pulso feminista estadounidense gracias a la revista que fundaron, The Revolution, y al movimiento sufragista que levantarían entre sudor, risas y mucho hate.

Como el que vivieron Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, dos poetas que se convirtieron en intimísimas a través de mensajes epistolares. Ambas estaban amenazadas por el estalinismo más feroz, pero este no logró tumbar la resistencia íntima de estas dos literatas. "Y dicen que más estrechamente ya no es posible unirse. Y que más irreversiblemente ya no se puede amar", escribía la primera. Amén.

Las que están

Quién tiene amigas torea la vida por muy grandes que sean los cuernos. Ríe más alto, imagina más fuerte y siempre gana, aunque pierda.

Porque ellas son la tranquilidad de ese abrazo cómplice en la playa, cuando la sal y la arena aún siguen pegadas al cuerpo, pero ya no prestas atención. Esa medicina rica de niños que tomas de adulto. Ese chiste malo que te viene a la cabeza y carcajeas mientras la gente te mira de reojo.

Esa almohada sobre la que llorar sin taparse los ojos porque te da igual que se te afee la carita. Ellas te siguen viendo siempre la más guapa. La más bonita.

Son quienes te dicen lo que está bien y señalan cuando te has pasado de la raya. Las que advierten, pero no demasiado. Las que acompañan, pero no atosigan. Las que celebran sin eclipsar el triunfo. Las que arrancan la piel a quien te hace llorar.

Con las que te descalzas y desnudas la mente.

Con quien te permites seguir siendo niña sin reloj ni deberes.

Tener a una amiga es como creer en Dios. Es sentir un lleno emocional planetario, esa existencia que pone algo de sentido a la alarma de las 7:00 de la mañana.

El premio Nobel de Física Max Planck decía que toda la materia encuentra su origen y existe solamente sobre la base de una fuerza que hace vibrar las partículas. Y que se debe suponer que, detrás de esa fuerza, estaría la existencia de una mente inteligente o Espíritu.

Natalia de Molina, Iria del Río y Susana Abaitua, juntas y revueltas.

Natalia de Molina, Iria del Río y Susana Abaitua, juntas y revueltas. Esteban palazuelos

La fuerza son ellas, porque mueven hasta las placas tectónicas.

Dicen que Dios creó a Adán y Eva. Pero también creó a sus amigas.

Siempre habrá quienes crean que en los ratos libres nos despelucamos o despellejamos como las brujas de Roal Dahl. Y quienes intenten dividir y separar. Pero todo tiene una explicación. Se sienten pequeñitos ante un grupo que sorbe a sí mismo, que se empacha y que, aun así, siempre repite su postre favorito.

Desconfíen de quien desconfíe de los que no beben vino. Y fíense de quien tiene amigos de verdad.