Poco antes de la confesión de 'Julito', Zapatero recomendó un libro a un amigo: "Acabo de leerlo y es un estudio apasionante". Su título, El cielo y las ruinas.
Se trata de un ensayo narrativo del historiador Juan Andrade subtitulado Guerra, fascismo y revolución en Europa, de 1914 a la guerra de España. Gran recomendación.
Aunque parezca un ladrillo de más de 800 páginas, su carácter de 'historia de los acontecimientos' lo convierte en un relato tan trepidante como los hechos que refleja.
Además, la contraposición entre "cielo" y "ruinas" no impone una perspectiva maniquea, por mucho que se trate de una mirada desde esa izquierda que evolucionó de la utopía al desencanto.
Como señala en el prólogo Enzo Traverso, todo sucede bajo las alas del 'Ángelus Novus' de Paul Klee, tal y como lo percibió Walter Benjamin.
Es el devenir humano, explicado "como una sola y única catástrofe que sin cesar amontona ruina sobre ruina, a los pies del ángel de la Historia… de tal manera que el montón de ruinas acaba por elevarse hasta el cielo".
En nuestra era el cielo ha servido de recurrente metáfora del idealismo revolucionario. Un poco antes de que el actual Pablo Iglesias se encaramara al trabuquete, Marx atribuyó el propósito de "asaltar los cielos" a los insurrectos de la Comuna de París.
Cuando Zapatero vivía en la Moncloa, yo mismo le describí como un "presidente nefelibata" que daba la sensación de 'estar en las nubes' siempre que se dirimían graves asuntos de Estado.
Durante la crisis financiera que le noqueó, imaginaba que por las noches quedaba colgado en el firmamento, convertido en el sonriente gato de Cheshire, en sustitución de una luna menguante.
Poco a poco iba desvaneciéndose en la oscuridad hasta que, desaparecidas las cejas, ya no quedaba más que el rictus melancólico de un Joker rasgando la noche.
Zapatero, entre el cielo y los escombros.
Parafraseando a Alicia, los españoles habíamos visto muchas veces "un gato sin sonrisa" —veníamos de los años de Aznar— pero era la primera vez que nos encontrábamos con "una sonrisa sin gato".
Creíamos que el destino de Zapatero como ex sería cazar ratones —reaccionarios o enrabietados— con el señuelo del diálogo. Ahora ha resultado que lo que cazaba eran contratos de asesoramiento y se dirime si sus prácticas fueron sólo reprobables o también delictivas.
Andrade nos advierte desde el principio de su obra que el cielo algodonoso puede englobar también las pesadillas de la mitología fascista. E incluso el espacio físico desde el que se lanzan las bombas sobre la población indefensa. Cuidado con la pureza peligrosa.
Más inesperada es la ambivalencia de las ruinas. Porque Andrade recuerda una línea de "La Internacional" que tanto Zapatero como Sánchez han escuchado y musitado miles de veces: "Del pasado hay que hacer añicos".
Eso significa: a) Que "la demolición del pasado produce la apertura a un futuro antes tapiado". b) Que "las ruinas sirven de atalaya". c) Que "las revoluciones también se arruinan".
¿A cuál de esas tres acepciones se refería Zapatero cuando, hablando del libro de Andrade, ahora ya tras la confesión de 'Julito', recurrió a la ironía de un "a mí ya sólo me quedan las ruinas"?
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A mi entender, el expresidente fue encaramándose a esas tres modalidades ruinosas durante su entrevista del jueves.
Lo que empezó como desafío, mutó en prospección y desembocó en lesivo bumerán. Sánchez y sus palmeros debieron quedarse tan satisfechos como el abogado de Zapatero desolado.
La comparecencia del 'Ecce Homo' habrá dado oxígeno veraniego a mindundis con cartera ministerial, como la que ha equiparado a Feijóo con Hitler. O a colegas cobardes que se aferran a la presunción de inocencia para obviar el repudio político que, de momento, debería producirles la conducta de su paladín.
Pero desde un punto de vista procesal, seguro que al catedrático Moreno Catena se le vino a la cabeza la recomendación de Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar, mejor callar".
Desde luego, eso es aplicable a las joyas. Según lo anticipado por el comunicador mañanero, el portavoz que deslustra al Ateneo y —pásmense— el propio Sánchez, Zapatero les habría dicho que fueron un regalo del rey Abdalá cuando visitó España en 2007. Eso excluiría el contrabando y disolvería el delito fiscal en la prescripción.
¿Por qué Zapatero no ha cumplido con el compromiso que adquirió el 17 de junio ante el juez Calama de dar esas explicaciones "en una semana o diez días como máximo"?
Tan apropiado es pensar que los saudíes no están proporcionando a Zapatero los documentos corroborativos de esa tesis, como que se trata de una cortina de humo para tapar una verdad mucho más inconfesable.
Es cierto que el silencio erosionaba día a día la reputación de Zapatero, pero lo que acaba de hacer equivale a golpearse con un mazo en la cabeza durante ese momento de máxima audiencia.
Es imposible que a alguien tan sutil e instruido como él se le ocurriera decir que no podía hablar aun sobre su origen, pero que "las joyas no tenían ni uso, ni destino, ni afán patrimonial, estaban ahí y nada más". El creador de ese titular debe ser un infiltrado del PP. O un miembro del areópago de Koldo.
Casi hubiera sido un poco menos malo limitarse a decir que no eran producto de un atraco a mano armada. Eso se habría entendido.
En cambio, sus palabras sugieren que las joyas se habrían introducido subrepticiamente en la caja fuerte de Ferraz, sin saber siquiera la combinación. Como los juguetes del "Cascanueces" en el dormitorio de los niños, la noche de Navidad.
"Estaban ahí". Como si formaran parte del universo autogenerativo del jardinero que llegó a presidente bajo la piel de Peter Sellers. Muchas veces han comparado al ingenuo Mr. Chance con ZP. Así se llamaba la película: Being there.
Es imposible que a alguien tan sutil e instruido como él se le ocurriera decir que no podía hablar aun sobre su origen, pero que "las joyas no tenían ni uso, ni destino, ni afán patrimonial, estaban ahí y nada más".
Y lo de la falta de "afán patrimonial", como eximente no ya penal sino moral, debería entrar en la antología patológica de Oliver Sacks, al mismo nivel del "hombre que confundió a su mujer con un sombrero".
Tampoco tiene "afán patrimonial" quien hereda, recibe un valioso regalo de un cliente agradecido o acierta el gordo de la Lotería. Pero no por eso puede dejar de tributar o menos aún apropiarse de lo que corresponde a otro. Por ejemplo, al Patrimonio del Estado.
En cuanto a la falta de "uso" y "destino" puede decirse lo mismo de quien acumula relojes de lujo sin manos suficientes para ponérselos ni siquiera en rotación semanal. También "están ahí" por si acaso hay que venderlos, regalarlos o legarlos.
En ese 'por si acaso' radica la dicha de tener 'patrimonio ocioso'. O sea, collares 'echados a la bartola'. Resulta que Zapatero podía permitírselo.
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Pero el nuevo desastre comunicativo sobre los zafiros y rubíes —por aparatoso que parezca— no fue la clave de que la entrevista se convirtiera en la carabina de Ambrosio, esa copa de más, que dejó a Zapatero más perjudicado que al entrar.
Su error garrafal fue eludir la confrontación con quienes le acusan –'Julito' y los directivos de Plus Ultra— porque "cada uno tenemos nuestra estrategia de defensa".
Al recurrir una y otra vez a este concepto y presentar su escapismo como "respeto al procedimiento", Zapatero venía a sugerir que todos mienten en provecho propio. Y estaba reivindicando, claro, el derecho a hacer lo mismo.
Era inevitable además que esa insistencia en desdeñar los tres relatos presentados ante el juez como meras "estrategias de defensa" nos obligara a cotejar su consistencia. Y de ahí ha surgido la culebrilla que interpela a la UDEF, a la Fiscalía Anticorrupción y al juez Calama:
¿Qué motivación podían tener quienes intercambiaban mensajes hace seis años sobre sus conversaciones y encuentros con Zapatero —sin imaginar que pudieran formar algún día parte de un procedimiento penal— para escribir algo distinto a la verdad?
Si descartamos una diabólica preconstitución de pruebas, basada en el don de la videncia; si descartamos que alguien se hiciera pasar por Zapatero, imitando su voz en la conversación con Martínez Sola de abril de 2020 e implantándose sus cejas en el encuentro con Camilo Ibrahim de febrero de 2021, no cabe pensar sino que esos whatsapps reflejaban. fehacientemente lo ocurrido.
Hay además dos episodios que por analogía dañan mucho la credibilidad de Zapatero cuando eleva el tono y reitera que nunca hizo ninguna gestión en pro del rescate de Plus Ultra.
El primero es la llamada a Cendoya como secuela de una carta en la que, "siguiendo instrucciones del presidente don José Luis Rodríguez Zapatero", los directivos Martínez Sola y Roselli solicitaban un crédito al Santander.
Zapatero alegó el jueves que "el encabezamiento es un exceso". Sería una manera elegante de decir que dos personas a las que —según él— no conocía, con las que —según él— nunca había hablado, habían usado su nombre en vano. ¿Cómo iban a dar ese paso "siguiendo instrucciones" suyas, si le eran completamente ajenas?
De ahí lo contradictorio de la llamada. Zapatero no precisó si cuando habló con el vicepresidente del Santander ya sabía que esos desconocidos habían incurrido en "el exceso del encabezamiento". Pero hasta eso se puede soslayar.
"Yo lo único que hice fue llamar a ese directivo del Banco Santander para ver si podía recibir a unas personas y atenderlas. Punto". Cuando una explicación es poco convincente suele rematarse con ese tropo retórico. Fraga lo hacía mucho.
Zapatero siempre ha sido una persona empática y generosa que ha procurado echar una mano a quien consideraba que lo merecía. Pero, la más elemental prudencia indica que ni en la Moncloa ni fuera de ella esa buena disposición podía extenderse a "unas personas" a las que —según él—, no conocía.
A menos, claro, que intermediara alguien de su estricta confianza. Si hubiera dicho "me lo pidió 'Julito'", la gestión resultaría más comprensible, pero a costa, claro, de establecer un precedente que validaría el papel de aquel a quien Roberto Reyes llamaba "lacayo" de Zapatero.
En todo caso, si Zapatero no sólo no desautorizó a quienes decían "seguir instrucciones" suyas sino que llamó a Cendoya para respaldar de viva voz su petición, necesitará mucho más que elevar el tono con ofendidos aspavientos para convencernos de que no hizo una gestión equivalente ante Escrivá, Ábalos o el propio Sánchez para facilitar el rescate de Plus Ultra que tanto le benefició.
El segundo episodio que refuerza la imputación indiciaria del juez es el acreditado papel que desempeñó en Bolivia cuando cobró 200.000€ por reunirse con el presidente Arce, tres de sus ministros y el Procurador General para defender los intereses del grupo Gloria.
Sería un tráfico de influencias de libro. ¿Si lo hizo en Bolivia por qué no en España?
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Zapatero tiene en todo caso razón en una advertencia que apela a la cautela propia del Estado de Derecho. Estamos ante un "proceso contradictorio" en el que "quien acusa tiene que probar". Mientras eso no suceda, y no ha sucedido aun, su presunción de inocencia se mantiene intacta.
Aunque sólo fuera por honestidad intelectual, deberíamos contemplar la hipótesis de que Zapatero esté siendo víctima de una conjunción de acusaciones politizadas, testimonios falsos y deficiencias del sistema judicial.
A quien quiera emprender limpiamente ese camino le recomiendo que recurra a la serie "Portobello" como fuente de inspiración. Es la última obra maestra del matusalén del cine italiano Marco Bellocchio y puede verse en HBO.
Aunque sólo fuera por honestidad intelectual, deberíamos contemplar la hipótesis de que Zapatero esté siendo víctima de una conjunción de acusaciones politizadas, testimonios falsos y deficiencias del sistema judicial.
Tras su deconstrucción del asesinato de Aldo Moro en "Esterno Notte", lo que ha radiografiado ahora Bellocchio es la trama kafkiana de errores y manipulaciones judiciales que llevaron a la cárcel y a una dura condena en primera instancia al famoso presentador Enzo Tortora, acusado en falso de pertenecer a la Camorra.
Hay que reconocer que algunos de los episodios, personajes y conductas reflejados en la serie parecen trasuntos de situaciones que vivimos en España.
Me refiero en concreto al carácter extravagante de algunos testigos de cargo —en Italia se autodenominaban "disociados de la organización"— al ensañamiento de algunos jueces y fiscales o a la desproporción de sus medidas cautelares.
Pero también es muy alentador que la integridad del sistema judicial italiano terminara triunfando al corregir un tribunal superior la primera sentencia, algo que Zapatero ya parece entrever al menos como hipótesis.
En el caso de Tortora fue igualmente decisiva la intervención de dos políticos honestos a carta cabal, los líderes radicales Marco Pannella y Emma Bonino a los que tuve la suerte de tratar con cercanía.
Qué buena prueba de la utilidad de un centro político que decante la balanza, profundizando en los asuntos, sin dejarse arrastrar por el prejuicio de la polarización.
Hasta el físico del actor Fabrizio Gifuni que interpreta a Tortora en su viaje al fondo de la noche empuja a imaginar a un Zapatero inocente. Pero hay una diferencia esencial en los sumarios que les atañen.
A Tortora le implican en citas clandestinas, ritos de iniciación y hasta distribución de droga encubierta como envío de "mantelitos". Sin embargo, nunca aparece el menor atisbo de pago por sus servicios.
Contra Zapatero no hay una pistola humeante que acredite presión sobre alto cargo alguno, pero hay un rastro insoslayable que obliga a buscar esa arma dentro de lo humanamente posible: el olor a pólvora del dinero.
Porque esos directivos y accionistas de Plus Ultra a los que —según él— ni siquiera conocía le pagaron cientos de miles de euros por unos servicios ficticios. Y lo enfatizo así, porque si no hubieran sido ficticios, necesariamente habría tenido que tratar con ellos para materializarlos.
Nunca ha habido un asesor que no conociera a sus asesorados durante cinco años de servicios.
¿Les pagaban por nada? Es imposible que la pregunta del juez Calama a 'Julito' no atormente a Zapatero hasta que logre responderla de forma convincente.
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En su epílogo a "El cielo y las ruinas", Juan Andrade hace suya la propuesta de María Zambrano de dirigir "una mirada catártica" hacia lo destruido.
Porque "las ruinas son lo más viviente de la historia", ya que en ellas crecen "la hiedra y el musgo" como "delirio de vida que nace de la muerte".
Así es como probablemente debe estar examinando Zapatero lo que le ha ocurrido. Por eso dice que sus joyas ahora le producen "alergia" —lástima que no se diera cuenta antes— y que, de poder volver atrás, "seguramente hubiera tomado otra decisión".
Zapatero sostiene que lo que más le preocupa es defraudar a quienes han confiado en él. Especialmente a los que forman parte de la familia socialista, empezando por "el Secretario General del partido".
Contra Zapatero no hay una pistola humeante que acredite presión sobre alto cargo alguno, pero hay un rastro insoslayable que obliga a buscar esa arma dentro de lo humanamente posible: el olor a pólvora del dinero.
Es el mismo estricto cisterciense que hace menos de un lustro dijo que "ser socialista es normalmente tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho".
Pero nada de lo que ocurre "normalmente" tiene que ver con ZP.
Por algo advierte Andrade que "esa mirada catártica podría elevarse al cielo como metáfora de una ingenua pretensión de trascendencia… de un afán terrible de superioridad".
Es el problema de quien se siente en el lado correcto de la Historia, incluso en la inesperada condición de ángel caído.
Conozco lo suficiente a Zapatero como para estar convencido de que, ocurra lo que ocurra, afrontará su destino con dignidad. Y de que nadie podrá arrebatarle el ropaje de la complejidad que le convirtió en un político singular.
Por eso transcribo la cita que él incluyó en la página 25 de su pequeño ensayo sobre Borges, con una adición ad hoc.
"No hay una sola cosa en el mundo que no sea misteriosa, pero ese misterio es más evidente en determinadas cosas que en otras. En el mar, en el color amarillo, en los ojos de los ancianos y en la música..."
…Y en los incorruptibles que presuntamente se corrompen a medida que van permitiendo que los errores de juicio y la lasitud de un entorno de creyentes en su religión verdadera tuerzan el rumbo de su biografía.
Tal vez porque, como él mismo añade, citando de nuevo a su ídolo literario en la página 95 de ese opúsculo tan 'zapateril', "un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto".
Zapatero está empezando a escribir su 'contralibro' con la misma técnica de "Pierre Menard, autor del Quijote". No trata de copiar la realidad por él percibida, sino de producir unas páginas coincidentes con su propia biografía.
Su problema es que, como advirtió Umberto Eco al leer el legendario relato de Borges, una obra no se agota en lo que dice, sino en la red de ecos e interpretaciones que activa.
Por eso, al llegar al temprano monólogo en el que don Quijote evoca una Edad de Oro que "no turbaban ni ofendían los del favor y los del interés" porque no se practicaba "la ley del encaje", será inevitable que la pluma de ZP rasgue el manuscrito.