Las facilidades técnicas han venido a salvarnos. Un mail en el móvil, una red para desahogarnos, un WhatsApp que acelera la cita, la aplicación para ligar, para pedir pizza, para alquilar el piso, subir al avión, vender un sofá o afilarte la cara en cuestión de segundos para parecer delgado en la foto de IG. Todo facilito para hacerlo a golpe de clic desde la palma de la mano con el dedito índice. Hasta aquí todos de acuerdo. A priori, allana el camino, desenreda y abre puertas. Las usamos, las gastamos y presumimos de listos. Pero…

¡Ah!

El WhatsApp está matando las relaciones amorosas. Esa nueva felicidad que proporciona el saber que tu pareja está al otro lado del móvil es el limbo de los enamorados. Qué lejos queda Elizabeth Bennet enviando cartas al señor Darcy en Orgullo y Prejuicio. Qué maravillosa y turbadora era la espera en la ventana, el caballo corriendo con el sobre cerrado, el camino perdiéndose en las montañas y las noches consumiendo velas al ritmo de la incertidumbre. No sonaba el teléfono. Ni recibías un emoji como respuesta. Ni un jijiji tras la noche. En esa espera de Jane Austen, con todos sus problemas -que los había, obviamente- se mezclaban otras preocupaciones: los deseos, la ansiedad y también el amor. Ahora, con la rapidez que da la respuesta, agilizamos todo y, consecuencia: caduca pronto.

“Por qué” nos preguntábamos mi amigo Paco Tomás y yo ante un café. ¿Por qué las aplicaciones a priori parece que nos facilitan la vida pero empeoran las relaciones?

-El ser humano va más lento que las tecnologías- convenimos en la segunda copa. Las emociones no encajan con el lenguaje del WhatsApp y menos aún con la velocidad que genera. No da tiempo a pensar si te quieren, si aceptan la cita, o si hay una amenazadora nube sobre tus palabras. Luego vienen los jajaja, los emojis y las fotos para sofocar el incendio provocado. Las palabras pesan y fatigan mucho más cuando corren veloces sobre el caballo del WhatsApp.

Y si Lizzy Bennet esperaba la llegada de la carta del señor Darcy con sales medicinales para el ahogo y templanza decimonónica en los jardines, nosotros no aceptamos de ninguna manera la espera. Cualquier mensaje que tarda nos parece un plantón, estamos al acecho de la pérdida o de la excitación. Aguardamos segundos como si fueran horas y caemos en el error de la impaciencia. Y peor, en el descuido del “oye, no respondes”, “¿pasa algo?”, “te noto raro”, “no me preocupes”… (el lector sabrá reconocer este paréntesis). Y, claro, ¡plof!

No quisiera que el lector creyera que estoy en contra de las nuevas tecnologías -¡bienvenidas sean!- pero toda la esperanza que había depositado en ellas se desvanece cuando aguardas un mensaje no leído. Nuestro cuerpo no se ha adaptado todavía a la expectativa de la rapidez. Somos analógicos en el amor y en las emociones.

Cada vez que el WhatsApp no se ilumina se rompe el corazón de todas las hermanas Bennet, entramos en crisis, reprimimos los prejuicios y el carácter ingenuo que habita en nosotros -y no en las aplicaciones móviles- nos estalla en la palma de la mano. 

Otro vino, por favor. Y apago el móvil como si esperara una carta del condado de Oxfordshire.