Recuerdo haber leído apasionadamente, tan pronto se publicó en español, Mi travesía de los Pirineos (1985), de Lisa Fittko (Muchnik, 1988). Esta activista antifascista de origen húngaro cuenta allí sus andanzas como guía de refugiados que huían de los nazis.

Ella misma los conducía a pie por una ruta alternativa a la controlada por los alemanes, desde Banyuls-sur-mer hasta Portbou, en la frontera española. Fue ella quien acompañó hasta allí a Walter Benjamin, quien padecía del corazón e hizo el camino a paso muy lento, tomándose un descanso cada diez minutos, aferrando el portafolios negro en que llevaba un manuscrito que, al decir de él mismo, era “más importante que mi propia persona”.

Desde que leí ese libro me propuse recorrer algún día el camino hecho por Benjamin, un proyecto que, tanto tiempo después, sigue pendiente, vaya uno a saber por qué. Seguramente por aquello que decía Cortázar de la vida, “siempre al alcance del salto que no damos”. El caso es que entretanto el “Camino de Walter Benjamin”, como se lo conoce, es una ruta profusamente señalizada por la que transitan un montón de excursionistas y de admiradores de Benjamin, que peregrinan hasta el imponente memorial del escritor levantado en Portbou.

En 2024, el realizador argentino Jacobo Sucari estrenó sobre esta ruta el documental Walter Benjamin, el aura del camino, trenzando la memoria histórica con una reflexión sobre el exilio salpicada de múltiples calas en la obra de Benjamin. Antes, el fotoperiodista y escritor chileno Patricio Salinas había publicado en 2018 Los últimos días de Walter Benjamin (Saposcat), un bellísimo reportaje fotográfico de la ruta, precedido de tres notables ensayos de aproximación a Benjamin a partir de la misma.

El mismo Patricio Salinas recién acaba de publicar 563: Walter Benjamin y la estética del derrumbe (Björkö Project, 2025), un precioso volumen –bilingüe, como el anterior (inglés-español)– en que profundiza su propia aproximación al autor de Dirección única. En esta ocasión ya no se trata del camino de montaña hasta Portbou, sino de la localidad misma de Portbou, la que iba a ser la “estación final” para Benjamin. De ella se brindan un puñado de estremecedoras fotografías a blanco y negro en las que el arte de Salinas parece haber atravesado el tiempo, se diría que imbuido de la mirada trágica del Ángel de la Historia, que según Benjamin sólo veía ruinas.

Desde que leí ese libro me propuse recorrer algún día el camino hecho por Benjamin, un proyecto que, tanto tiempo después, sigue pendiente

Lo que propone Salinas esta vez es una especie de “ensayo fotográfico”, dado que cada fotografía se presenta acompañada de una cuña ensayística que retoma, explora y glosa algún elemento del pensamiento de Benjamin, del que Salinas demuestra ser un profundo conocedor. El resultado es un libro sorprendentemente afín a la poética benjaminiana, y una excelente escenificación –además de un incitante comentario– de algunas de sus ideas-clave, leídas desde la perspectiva de la actualidad.

563, por cierto, es el número del nicho del cementerio de Portbou en que fue sepultado Benjamin en 1940, hasta que, cinco años después, al no ser reclamados por nadie, sus restos fueron arrojados a una fosa común.

La travesía de Benjamin hasta Portbou es una de las historias que recoge Uwe Wittsock en otro libro recién publicado: Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo (Galaxia Gutenberg), una interesante y bien armada crónica de esta ciudad francesa durante los meses en que se convirtió en un hervidero de gente de toda procedencia que trataba de escapar rumbo a América.

Wittsock enhebra su relato tomando por hilo la personalidad del periodista estadounidense Varian Fry, empeñado en salvar al mayor número posible de intelectuales, artistas y escritores, entre ellos Hannah Arendt, Heinrich Mann y su mujer, Anna Seghers, André Breton, Max Ernst, Lion Feuchtwanger, Alma Mahler y Franz Werfel.

La fatalidad quiso que Walter Benjamin no se contara finalmente entre ellos.