Image: Historias de Winnie de Puh
Winnie de Puh no es una obra para leer en silencio, ni siquiera para leer en voz baja. Cuando un chaval tiene el nivel oportuno para acometer esta lectura por cuenta propia ya ha perdido la candidez y frescura necesarios para gozarla al máximo. Es probable que un adulto pueda disfrutar por sí mismo del libro, pero sólo podrá participar de su maestría al leérselo en voz alta a un niño. Entonces descubrirá los matices que imprime en la obra la entonación de cada personaje, el ritmo ágil y divertido de los diálogos, el sentido de las canciones insertadas y el vínculo profundo que existe entre la obra y un ritual que sirve de preámbulo a las "buenas noches".
Una vez que compartimos estas historias advertimos otro rasgo que las distingue de otros clásicos susceptibles de ser leídos antes de dormir: la escritura de A. A. Milne (1882-1956) ofrece intencionadamente dos lecturas: una, para el niño y otra para el adulto. El niño Christopher es a Winny lo que un padre es a su hijo o lo que un chaval es a sus juguetes. Por su parte Winny es un osito que, además de tontorrón, torpe y goloso, es aventurero, valiente y ocurrente. Como se observa, la obra abre un nutrido conjunto de referencias con las que el pequeño se puede identificar. Y también el adulto: la imagen de la pérdida de la inocencia o del inexorable crecimiento del hijo no deja de ser un motivo de fondo que subyace en la lectura a la luz de la mesita de noche. Por último, destacar la magistral traducción de Isabel Cortázar y Juan Ramón Azaola.
Una vez que compartimos estas historias advertimos otro rasgo que las distingue de otros clásicos susceptibles de ser leídos antes de dormir: la escritura de A. A. Milne (1882-1956) ofrece intencionadamente dos lecturas: una, para el niño y otra para el adulto. El niño Christopher es a Winny lo que un padre es a su hijo o lo que un chaval es a sus juguetes. Por su parte Winny es un osito que, además de tontorrón, torpe y goloso, es aventurero, valiente y ocurrente. Como se observa, la obra abre un nutrido conjunto de referencias con las que el pequeño se puede identificar. Y también el adulto: la imagen de la pérdida de la inocencia o del inexorable crecimiento del hijo no deja de ser un motivo de fondo que subyace en la lectura a la luz de la mesita de noche. Por último, destacar la magistral traducción de Isabel Cortázar y Juan Ramón Azaola.