Quienes lamentan que en España no se haya cultivado una literatura de tema marinero tienen en esta novela motivos de alegría. Su autor, poeta y novelista en asturiano, ganó con ella el premio Abril de narrativa para jóvenes que convoca ámbito Cultural en colaboración con esa feliz comunión de editores que es Editores Asociados, y que comprende a Llibros del Pexe, Elkarlanean, La Galera, Galaxia, Tàndem y Xordica, de modo que el premio tiene la peculiaridad de publicarse en las distintas lenguas peninsulares. Una iniciativa a aplaudir, desde luego.
La novela de Pablo Antón Marín Estrada es, ante todo, una novela de pasiones marineras. En ella se narra el proceso de iniciación a la vida de un adolescente asturiano que ha decidido, contra la voluntad paterna pero siguiendo los mismos dictados que llevaron al mar a su progenitor, hacerse marinero. Y lo hace: la suya es la crónica de una aventura, conectada con esas lecturas que a todos nos han marcado de adolescentes -de Moby Dick a La isla del tesoro- y jalonada de episodios épicos, en la más pura tradición del género. No faltan tampoco los viejos marineros retirados que guardan en su casa tesoros fabulosos, ni los parientes que narran historias de navegaciones extraordinarias. Pero hay otras iniciaciones en esta novela. La amorosa, por ejemplo; porque también el conocimiento del amor y sus espinas es un modo de dar un paso de gigante hacia la madurez.
Tal vez lo que más cojee en Los caminos sin fin sea el estilo. Algunas repeticiones fáciles de evitar, algunos descuidos, quizás debidos a la traductora -¿por qué si prefiere Xixón -topónimo asturiano- a Gijón prefiere el ibérico Méjico antes que México?- y cierto descenso hacia el tópico en las descripciones, acaso demasiado profusas.
Con todo, esta es una buena novela que sabe decirnos, parafra- seando a Cunqueiro, citado por el autor, "cómo é a mar".
La novela de Pablo Antón Marín Estrada es, ante todo, una novela de pasiones marineras. En ella se narra el proceso de iniciación a la vida de un adolescente asturiano que ha decidido, contra la voluntad paterna pero siguiendo los mismos dictados que llevaron al mar a su progenitor, hacerse marinero. Y lo hace: la suya es la crónica de una aventura, conectada con esas lecturas que a todos nos han marcado de adolescentes -de Moby Dick a La isla del tesoro- y jalonada de episodios épicos, en la más pura tradición del género. No faltan tampoco los viejos marineros retirados que guardan en su casa tesoros fabulosos, ni los parientes que narran historias de navegaciones extraordinarias. Pero hay otras iniciaciones en esta novela. La amorosa, por ejemplo; porque también el conocimiento del amor y sus espinas es un modo de dar un paso de gigante hacia la madurez.
Tal vez lo que más cojee en Los caminos sin fin sea el estilo. Algunas repeticiones fáciles de evitar, algunos descuidos, quizás debidos a la traductora -¿por qué si prefiere Xixón -topónimo asturiano- a Gijón prefiere el ibérico Méjico antes que México?- y cierto descenso hacia el tópico en las descripciones, acaso demasiado profusas.
Con todo, esta es una buena novela que sabe decirnos, parafra- seando a Cunqueiro, citado por el autor, "cómo é a mar".