Koji Yakusho  en 'Perfect days', de Wim Wenders.

Koji Yakusho en 'Perfect days', de Wim Wenders. A Contracorriente Films.

Letras

JOMO, radiografía de un fenómeno rebelde: el placer de perderse todo

Ante estos tiempos frenéticos, el JOMO (Joy of Missing Out) nos invita a parar.

Propone un arte antiguo: pasar de todo y no sucumbir a los algoritmos.

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El famoso cuestionario Proust comienza con una ambiciosa pregunta: ¿Cuál es tu idea de felicidad perfecta? Sin embargo, el ideal del autor de En busca del tiempo perdido era mucho más modesto: “Vivir en contacto con lo que amo, con las bellezas de la naturaleza y con una buena cantidad de libros y música”, respondió en 1886.

No fue el único que encontró en la sencillez el mejor aliado para la plenitud. En su día perfecto, Lou Reed se imaginaba tomando sangría en el parque, dando de comer a los animales del zoo, yendo al cine y volviendo a casa al anochecer.

Johnny Cash definió el paraíso como “una mañana con June, tomando café”. Y en la rutina también encuentra el bienestar el protagonista de Perfect Days (Wim Wenders, 2023), un limpiador de retretes de Tokio dichoso con su austera monotonía. Ni fiestas inolvidables ni viajes extraordinarios. Si la felicidad acaba dependiendo de lo más mundano, ¿por qué nos empeñamos en complicarla?

Hay quien, desde la pandemia, se siente cada vez más atrapado por el miedo a perderse algo: el nuevo restaurante viral, el próximo destino imprescindible, el enésimo macrofestival o la última película, serie, libro, reel o polémica de la que todo el mundo tiene una opinión.

Este sentimiento de ansiedad y estrés por “quedarse fuera”, denominado FOMO (Fear of Missing Out), fue acuñado en 1996 por el doctor Dan Herman y popularizado a partir de la década de los 2000, pero se ha convertido en un fenómeno en estos años pospandémicos y bajo la dictadura de las redes sociales.

No sufrirlo hoy, en una vorágine de eventos “históricos” y experiencias “únicas”, es una bendición y también tiene nombre: JOMO (Joy Of Missing Out), el placer de quedarse fuera del barullo.

Este concepto anglosajón lleva tiempo siendo objeto de investigación: desde el libro The Joy of Missing Out: Finding Balance in a Wired World, de Christina Crook (2014), y La alegría de perderse cosas (Koan, 2019), de Svend Brinkmann, hasta el recién publicado JOMO: El gusto de perder, de Juan Evaristo Valls Boix (Anagrama, 2026).

En él, este profesor de Filosofía de la Cultura de la Universidad Complutense reflexiona sobre la transición social del hiperestimulado síndrome del FOMO hacia su antítesis. “El JOMO designa un deseo nuevo, pequeño y valiente, poderoso y tranquilo: no consumir, no estar, no aparecer. Antes bien, quedarse, divagar, holgazanear, improvisar: vivir es decir no”, escribe Valls Boix, autor de ensayos relacionados como El derecho a las cosas bellas (Ariel, 2025) y Metafísica de la pereza (2022).

Portada de 'JOMO'.

Portada de 'JOMO'. Anagrama

“Practicar el JOMO significa recuperar la libertad de decir que no”, coincide el filósofo danés Svend Brinkmann.

“Buena parte de la vida contemporánea está impulsada por la idea de que debemos aprovechar cada oportunidad y posibilidad. Pero una vida con sentido no es la suma de todas las experiencias que logramos acumular. Se define por los compromisos que asumimos, y cada compromiso excluye necesariamente innumerables alternativas”, explica a El Cultural.

Un arte muy antiguo

En su libro, Brinkmann reflexiona sobre cómo el arte de la renuncia se remonta a la Antigua Grecia, aunque corrientes como el estoicismo o el mindfulness se hayan recuperado más como vía para optimizar nuestras vidas. “Muchas tradiciones filosóficas se venden hoy como herramientas de productividad. Perdemos algo importante cuando la sabiduría antigua se reduce a estrategias de superación personal”, lamenta. “La filosofía nunca trató principalmente de optimización, sino de preguntarse qué constituye una buena vida”.

Para Pedro Bravo, autor de ¡Silencio!: manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa (Debate, 2024), la respuesta a esa pregunta debe ser mucho menos compleja que cualquier tendencia o fenómeno: “Impugno llamar JOMO a algo que es mucho más sencillo y para lo que ya hay palabras: resistir, renunciar, pasar, abstraerse…”, apunta el periodista a esta revista.

“Lo que ahora llamamos aburrirnos es lo que antes llamábamos estar, pasear, charlar, escuchar lo que nos dicen otras personas y lo que nos cuenta la naturaleza, tocar, observar, leer, meditar sin necesidad de que te obligue una app, dibujar, escribir… ¿En serio no sabemos que todo esto es no sólo sanísimo sino divertidísimo?”.

“Impugo llamar JOMO a algo que es mucho más sencillo: resistir, renunciar, pasar, abstraerse", Pedro Bravo

Ese mismo espíritu lo encontramos en la rebeldía de El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (1880), y la Apología de los ociosos (1877), de Robert Louis Stevenson, así como en el Elogio de la lentitud, de Carl Honoré (Koan, 2004), o en el Gozo (Siruela, 2023), de Azahara Alonso, una suerte de diario de viajes sobre el placer y el privilegio de parar.“¿En qué momento mi vida empezó a ser accesible solo en vacaciones?”, se pregunta en este libro, ambientado en una isla maltesa.

Y es que el descanso estival parece haber perdido su esencia original: hoy las vacaciones no se entienden como reposo, sino como un tiempo obligado para hacer viajes, cuanto más lejos y exóticos mejor, y acumular experiencias. “El miedo a aburrirse es mayor en vacaciones, cuando nos encontramos ante un tiempo a nuestra disposición y con toda la adrenalina del estrés que copa el resto de nuestra vida. Creímos que el viaje se había democratizado, pero solo nos han forzado a consumir masivamente”, explica Alonso a El Cultural.

Sobre el verano como generador de expectativas desproporcionadas gira asimismo el reciente Melón con jamón, de Enrique Rey (Temas de Hoy, 2026). Pero los más plácidos y memorables suelen ser los más sencillos, esos que rinden culto al “más fiesta y más siesta” que reivindicó en 2025 el filósofo Byung-Chul Han.

El Premio Princesa de Asturias y autor de Vida contemplativa: elogio de la inactividad (2023) y La sociedad del cansancio (2010) –que sigue colándose cada semana en las listas de los libros más vendidos– es uno de los pensadores más críticos con esta era de autoproductividad en la que estamos inmersos.

Si en lo profesional la precarización laboral y la Covid-19 provocaron una Gran Renuncia y la reorientación de nuestros proyectos de vida, en el plano personal ese mismo impulso inoculó un tiránico carpe diem cuyas dinámicas bulímicas están empezando a pasar factura.

Hastío, hartazgo, cansancio hedónico, rechazo. Nos hemos dado cuenta de que nada de eso es divertido ni agradable, solo produce ansiedad y obligaciones hipócritas”, asegura Valls Boix a esta revista. “Tenemos una mayor conciencia social de que el ocio mediado por el consumo genera ansiedad, y de que es inherente a la concepción neoliberal del tiempo libre”.

Además, eso de no perderse una cuesta cada vez más dinero. “En España y en el resto del mundo se está ampliando la brecha de la desigualdad y son los privilegiados los que pueden permitirse ese hiperacceso”, puntualiza Pedro Bravo. “Salirse de esos imperativos de consumo compulsivo de experiencias y contenidos es transformador porque nos devuelve algo que nos ha hecho sobrevivir como animales: la atención”.

La pandemia inoculó un tiránico carpe diem cuyas dinámicas bulímicas están pasando factura

Las redes sociales y su falsa sensación de cercanía son uno de los grandes disparadores del FOMO. “Pensamos que estamos en las redes para ver cosas y entretenernos, pero estamos ahí para consumir”, señala Bravo.

A través de las pantallas desfilan mil oportunidades perdidas: desde ese concierto al que decidimos no ir hasta ese adosado con jardín que quizá jamás nos podremos permitir. Si en el pasado nos comparábamos con vecinos, amigos o compañeros de trabajo hoy podemos compararnos cada día con momentos cuidadosamente seleccionados de miles de personas en las redes.

“El problema no es solo la envidia, sino que nuestra atención queda dirigida de forma permanente hacia vidas que no estamos viviendo. En lugar de estar presentes donde estamos, estamos mentalmente en otra parte”, matiza Brinkmann.

Portada de 'La alegría de perderse cosas'.

Portada de 'La alegría de perderse cosas'. Koan

¿Y si no voy?

Las nuevas generaciones son las más expuestas a esta presión por su condición de nativos digitales, pero precisamente por ello son muy conscientes de sus consecuencias.

“Quien está enganchado al consumo compulsivo de contenidos y experiencias no es un hedonista, porque sufre, como cualquier otro adicto”, opina Bravo. “Muchas personas jóvenes están agotadas por la presión de tratar la vida como un ejercicio de marca personal. La exigencia constante de parecer interesante, exitoso y realizado resulta psicológicamente agotadora”, añade el pensador danés.

En su ensayo, Valls Boix recopila algunos de los memes que circulan por internet relacionados con el placer que da ese “¿Y si no voy?”. Cancelar planes como el culmen de la libertad y la desconexión, el no ser nadie y tener tiempo para ir al parque a dar una vuelta como algo valioso.

"Creíamos que el viaje se había democratizado, pero solo nos han forzado a consumir masivamente", Azahara Alonso

“Por supuesto, no todas las personas pueden desconectarse, rechazar un empleo o reducir su jornada en las mismas condiciones. Pero precisamente por eso no debemos tratar la renuncia como una virtud individual, sino convertir el derecho a parar en una reivindicación colectiva”, insiste Valls Boix.

Su ensayo, así como el Gozo de Azahara Alonso, se enmarca más en el planteamiento político que en cualquier movimiento slow o contemplativo. “Mi intención al escribir Gozo era proponer que un personaje de clase trabajadora pudiera disfrutar, aunque fuese de manera muy limitada, del tipo de tiempo libre habitualmente solo accesible a las clases privilegiadas, aunque las condiciones que se lo permitían fuesen mucho más precarias y no liberasen de la preocupación material a corto, medio y largo plazo”, matiza la filósofa y poeta.

Aun así, la renuncia social puede seguir viéndose como un rasgo de carácter huraño, de outsider. “Nos cuesta normalizar el perdernos las cosas en lo social porque la conectividad constante se ha convertido en una de las principales condiciones para sentirse socialmente presente”, opina Valls Boix.

Sin embargo, añade el pensador ilicitano, este tipo de socialidad “donde nunca estamos genuinamente solos, ni tampoco genuinamente acompañados, sino en el no-lugar perpetuo del centro comercial digital”, provoca malestar y la necesidad de buscar alternativas “que nos permitan estar juntos –que es lo contrario de estar conectados– y que antepongan el tiempo holgado, el descanso y la tranquilidad a los delirios de la excitación y el estrés”.

Portada de 'Antes todo esto era ciudad'.

Portada de 'Antes todo esto era ciudad'. Debate

“Y no tiene por qué ser quedarse en casa. Puede ser pasear por la ciudad o por el monte, estar con amigos en un parque, dedicarle tiempo a la familia”, señala Bravo, autor también de Antes todo esto era ciudad (2026), un lúcido ensayo donde desgrana cómo nuestras urbes se han metido en “una competición absurda por atraer eventos” y cómo podemos recuperarlas.

Meses y semanas como las que viven a menudo las grandes capitales, donde se encadenan festivales, ferias, maratones masivos, visitas institucionales y “residencias” musicales, son el ejemplo de cómo la aglomeración empuja a la saturación.

El Papa y Bad Bunny me dan mucho JOMO; prefiero pensar en cómo vivir en la ciudad antes de destrozarla con mil espectáculos”, asegura Valls Boix, quien cree que la clave está en organizar nuestras ciudades en torno al descanso y el habitar, y no al trabajo y el consumo.

Aunque insuficientes, los llamados refugios climáticos, espacios gratuitos y acondicionados donde descansar del calor del asfalto, van cogiendo popularidad; y museos, galerías y otros espacios se reivindican como sitios donde pasear y poder escapar de las altas temperaturas. Incluso el Círculo de Bellas Artes de Madrid tiene en su refugio climático un “siestódromo” para dar cabida a ese menospreciado “derecho a la pereza”.

Para todos los preguntados en este reportaje, esa resistencia urbana no pasa por el aislamiento individual, sino por la reconquista colectiva de nuestro tiempo y espacios. “La alegría más profunda de perderse algo no se encuentra en retirarse de la sociedad, sino en pertenecer a algún lugar”, agrega Brinkmann.

Jóvenes en el refugio climático del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Jóvenes en el refugio climático del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Miguel Balbuena / Círculo de Bellas Artes

“Pasar de las exigencias es precisamente lo contrario de aislarse, es conectar: con uno mismo y con los demás. Ser comunidad no es un acto de consumo, es ser y estar con otras personas, relacionarse, implicarse, escuchar, atender, empatizar. Es todo lo contrario a esa necesidad de conexión permanente que exigen estos tiempos y que se manifiesta en eso que se llama FOMO”, concluye Bravo.

A riesgo de que el JOMO acabe convertido en otra tendencia de estilo de vida de usar y tirar, en sí ya refleja una necesidad de cambio, de defender que una vida con sentido no depende de lo extraordinario. Puede ser, simplemente, algo muy parecido al Buen Día que cantaban Los Planetas: “Me he despertado casi a las diez / me he quedado en la cama más de tres cuartos de hora / y ha merecido la pena”.